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Ciclo Carl Schmitt y El Concepto de lo Político (IV)

EL PLURIVERSO Y LA HUMANIDAD
por Carl Schmitt


Del rasgo conceptual de lo político deriva el pluralismo en el mundo de los Estados. La unidad política presupone la posibilidad real del enemigo y con ella la existencia simultánea de otras unidades políticas. De ahí que, mientras haya sobre la tierra un Estado, habrá también otros, y no puede haber un «Estado» mundial que abarque toda la tierra y a toda la humanidad. El mundo político es un pluriverso, no un universo. (…) Por su esencia la unidad política no puede ser universal en el sentido de una unidad que comprendiese el conjunto de la humanidad y de la tierra. (…)Yo no sé si semejante Estado de la humanidad y del mundo se producirá alguna vez, ni cuándo. De momento no lo hay. Y sería una ficción poco honrada darlo por existente, y una equivocación que se desharía por sí sola creer que, porque hoy en día una guerra entre las grandes potencias se convierte fácilmente en una «guerra mundial», la finalización de esa guerra tendría que representar en consecuencia la «paz mundial» y con ella ese idílico Estado final de despolitización completa y definitiva.

La humanidad como tal no puede hacer una guerra, pues carece de enemigo, al menos sobre este planeta. El concepto de la humanidad excluye el del enemigo, pues ni siquiera el enemigo deja de ser hombres, de modo que no hay aquí ninguna distinción específica. El que se hagan guerras en nombre de la humanidad no refuta esta verdad elemental, sino que posee meramente un sentido político particularmente intenso. Cuando un Estado combate a su enemigo político en nombre de la humanidad, no se trata de una guerra de la humanidad sino de una guerra en la que un determinado Estado pretende apropiarse un concepto universal frente a su adversario, con el fin de identificarse-con él (a costa del adversario), del mismo modo que se puede hacer un mal uso de la paz, el progreso, la civilización con el fin de reivindicarlos para uno mismo negándoselos al enemigo. «La humanidad» resulta ser un instrumento de lo más útil para las expansiones imperialistas, y en su forma ético-humanitaria constituye un vehículo específico del imperialismo económico. Aquí se podría, con una modificación muy plausible, aplicar una fórmula acuñada por Proudhon: el que dice humanidad está intentando engañar. (…) La humanidad no es un concepto político, y no le corresponde tampoco unidad o comunidad política ni posee status político. El concepto humanitario de la humanidad constituyó en el siglo XVIII una negación polémica del ordenamiento aristocrático-feudal o estamental vigente en aquel momento y de sus privilegios. La humanidad de las doctrinas iusnaturalistas y liberal-individualistas es universal, esto es, una construcción social ideal que comprende a todos los seres humanos de la tierra, un sistema de relaciones entre los hombres singulares que se dará efectivamente tan sólo cuando la posibilidad real del combate quede excluida y se haya vuelto imposible toda agrupación de amigos y enemigos. En semejante sociedad universal no habrá ya pueblos que constituyan unidades políticas, pero tampoco habrá clases que luchen entre sí ni grupos hostiles.

Carl Schmitt, EL CONCEPTO DE LO POLÍTICO (Texto de 1932). Ciencias Sociales, Alianza Editorial. Quinta reimpresión, 2009. Versión de Rafael Agapito. Pág. 82-84.■

Ciclo Carl Schmitt y El Concepto de lo Político (III)

LA MORAL POLÍTICA

La desaparición de la división derecha-izquierda no quiere, en efecto, decir que todas las distinciones políticas vayan a desaparecer, sino únicamente que esta distinción, tal y como la hemos conocido hasta un tiempo reciente, ha perdido lo esencial de su significado. Reflejo de una época que concluye, su tiempo pasó.
(Alain de Benoist, Más allá de la derecha y de la izquierda)


Me río de aquellos que dicen que la Falange es la extrema derecha o un partido capitalista

¿Qué es la moral política? Cierto es que me he tirado meses pensando en este concepto y a decir verdad lo tenía muy claro hasta que leí a Carl Schmitt. Bien definí anteriormente el concepto como una política sacerdotal en el que las variantes bien y mal o bueno y malo mutaban en forma de derecha y de izquierda. La derecha dice que la izquierda es mala y se cree con la superioridad de imponernos todo aquello que les parece bueno, la izquierda hace lo mismo, y en eso consiste la política (de haberla) en este país. Esta significación parece valida, pero si nos adentramos en la lógica de Schmitt podemos apreciar que pierde todo su significado, pues como bien he intentado demostrar en los anteriores artículos de esta serie inspirada en el el jurista prusiano, ni siquiera existe lo político en nuestro país, ni confrontaciones reales, sólo cortinas de humo; me explico: esas discusiones no entran dentro de lo político porque no dan soluciones políticas. Esas peleas sobre que la derecha es buena o mala o que la izquierda es buena o mala sirven para charlas de sobremesa en Intereconomía o en la barra de un bar, pero eso no es estrictamente lo político, como he dicho antes. Son peleas absurdas entre hombres autodenominados de izquierda o de derecha que al final actúan de la misma forma a favor del sistema y que piensan más en el pasado que en el presente: si en algo se caracterizan los moralistas de la izquierda y de la derecha es en que se creen herederos de las pugnas habidas en el pasado histórico de nuestro país. No es más que parte del espectáculo mediático en que se ha convertido el escenario teatral de lo supuestamente político. Hoy el PP no parece menos de izquierdas que el PSOE ni el PSOE menos de derechas que el PP, por ejemplo. Además, ambos partidos se han incrustado en una misma línea moral y si bien pueden divergir en lo económico, sólo discuten en las formas sobre cómo llevar un mismo caballo, pero no discuten sobre cambiar de caballo.

Que no te digan por dónde tirar, al final acabarás en el mismo punto
Bien es cierto que esta significación pueda tener alguna importancia en una mente actual y distraída que realmente vea una antítesis clara entre ciertos partidos del sistema porque aprecia en ellos una línea de derechas y en otros una de izquierdas. Pero si por algo me planteé el concepto de “moral política” es porque un partido político realmente revolucionario debería despojarse de la idea de la izquierda y de la derecha (y he de reconocer que Benoist me ha ayudado mucho en esta cuestión) y simplemente amoralizarse políticamente, despojarse de la bidireccionalidad derecha e izquierda para tener toda libertad de maniobrabilidad política: estar por encima de la derecha y de la izquierda. Ahora bien, el que yo diga que el PP o el PSOE u otros partidos del sistema ya no son ni la derecha ni la izquierda no quiere decir nada, simplemente que esos partidos han convergido y avanzan ahora juntos a la espera de que surja una nueva unidad que les haga frente y vuelva a constituirse un escenario político español según amigos y enemigos.

Si bien la derecha ha consistido en cierto conservadurismo moral y políticas económico-liberales más o menos rígidas (posiciones conservadoras, capitalistas, religiosas, burguesas o simplemente opuestas a la izquierda política), si la izquierda se ha caracterizado por políticas sociales ya sea bajo un prisma económico-liberal (Social Liberal), económico-socialista (desde una óptica marxista y progresista, obrerista y proletaria o para con los necesitados) o socialdemócrata, en qué lugar situamos fenómenos como los fascismos o el nazismo, mal encasillados en el extremo de la derecha política. Los fascismos y el nazismo demostraron no ser de extrema derecha pese a muchos, pero ojo, tampoco demostraron estar por encima de la derecha y de la izquierda o ser exclusivamente de izquierdas, sino más bien situarse en la izquierda y en la derecha desde un extremo al otro, recorriendo todo el espectro político en una amalgama de ideas muy interesantes (en esto profundizaré en un futuro ciclo sobre los hermanos Strasser). El propio partido NAZI sería considerado de izquierdas en su época a pesar de su fuerte calado conservador: patriotismo, raza... El propio Erik Norling, en su obra “Los Hermanos Strasser y el Frente Negro” publicada por Ediciones Nueva República, diría lo siguiente:

«Con respecto al nacionalsocialismo, una realidad sobresalía: el NSDAP había sido –fundamentalmente entre 1925 a 1930- un partido de izquierdas; nacionalista sí, pero ante todo socialista» (Pág. 20)

«Insistimos: es erróneo seguir con la vulgata que el NSDAP era un partido de extrema derecha. Para sus contemporáneos, se trataba de un partido nacionalista de izquierdas. Los calificativos “socialista” y “obrero” no fueron nunca un señuelo con el que engañar a incautos. Y, por supuesto, si Hitler era la izquierda, los disidentes del nacionalsocialismo hay que situarlos en la extrema izquierda» (Pág. 22)

El Frente Negro
«Un aspecto sobre el que han insistido –no pocas veces de manera morbosa – los historiadores de la Escuela marxista de la segunda mitad del siglo XX es su rechazo de que el fascismo pueda haber sido un movimiento de izquierdas o, al menos, procedente o con raíces ideológicas en la izquierda. En el caso del nacionalsocialismo –y de buena parte de los fascismos europeos de la primera mitad del siglo XX–, esto fue realmente así. Uno de los afluentes que convergen en el nacionalsocialismo procede de la izquierda y es inequívocamente socialista. Se trata de un socialismo nacionalista –no internacionalista, no marxista–, pero ese socialismo no es, en modo alguno y como se ha repetido hasta la saciedad, un burdo señuelo con el que engañar a obtusos incautos». (Pág. 232)

Así qué ¿cómo calificar al nazismo, al fascismo o al sindicalismo como movimientos de extrema derecha si precisamente su componente nacionalista los convertían en anticapitalistas por un lado y antimarxistas por otro, al renunciar al carácter internacionalista de ambas, y demostraron hacer por su pueblo mucho más que cualquier movimiento socializante marxista o atomizante liberal? Conocer más a fondo la naturaleza de los fascismos, del nazismo y del sindicalismo fue lo que me motivó a replantearme los conceptos de derecha y de izquierda desde un extremo al otro. Como dice Benoist “las ideas no valen por la etiqueta que les pongamos encima. Más que las ideas de derecha o de izquierda, lo único que cuenta es defender las ideas justas”.

La moral política, es decir, la calificación de derechas y de izquierdas, tuvo su auge en su momento, durante el siglo XIX y parte del XX, pero hoy dicha distinción es absurda. Antes si existía una configuración entre amigos y enemigos basado en la burguesía contra el proletariado, en movimientos liberales contros otros socializantes… hasta la llegada de los fascismos. La historia política debería replantarse introducir en la lucha de aquellos años veinte, treinta y cuarenta la variante fascista, sindicalista o nazi como un fenómeno distinto a la derecha y a la izquierda que gozaba de cierta transversalidad, pues bien mezclaban ideas conservadoras con políticas socializantes que se distinguían plenamente por su antiliberalismo y defensa a ultranza de su identidad. ¿Es posible calificarlos como de derechas o de izquierdas? No, hacerlo sería una imprecisión, como mínimo una ambigüedad. Y hoy, en perspectiva, vemos que no tiene ningún sentido.

Durante la Segunda Guerra Mundial hubo una confrontación entre dos formas de internacionalismo aliados (liberalismo y marxismo) contra el fenómeno nacionalista (fascismos, nazismo...). Actualmente esos dos viejos aliados internacionalistas parecen volver a converger, pero carecen de la necesaria oposición que les haga frente: y el terrorismo internacional no es un sujeto político, me niego a darle ese estatus a un “enemigo” casi virtual que hace más por el sistema (pues lo justifica) que contra él. Incidiremos más en estas ideas aun a riesgo de redundarme.

Así que si durante varias décadas la lucha política se configuró según amigos y enemigos en un binomio burguesía contra proletariado y posteriormente en una lucha a escala casi mundial entre internacionalismos y nacionalismos para a posterior triunfo del internacionalismo volver al binomio capitalismo contra marxismo (Guerra Fría), hoy observamos cómo el capitalismo liberal ha triunfado en lo económico y el marxismo en lo cultural, convergiendo: ¡el liberalismo ha ganado el combate económico y el marxismo el cultural! Eso ha conseguido que la derecha y la izquierda pierdan significado, que se desvaloricen, que no tengan un sentido para la actualidad, por mucho que se empeñen en reivindicar dichos conceptos. Son conceptos que deberían estar en desuso, lo mismo que están hoy en día en desuso las palabras “jacobino” y “girondino” o “bolchevique” y “menchevique”.

Pero bien, la lectura de Schmitt me ha ayudado a entender que no existe en la actualidad un ejercicio de moral política en realidad, es decir, una configuración según amigos y enemigos desde lo moral. Hoy, sin duda, se sigue una línea moral específica, que es la marxista cultural. Quien no sigue esa línea queda condenado al ostracismo. Triunfa la neutralidad y el colaboracionismo y toda queja es sólo una apariencia (Ej. Las manifestaciones convocadas por los sindicatos el año pasado). Digamos que la política se ha hecho imposible. Pero los nacionalistas, si nos constituyéramos en un sólido bloque, olvidando las diferencias, podríamos desde lo ético y lo cultural constituir una gran fuerza y devolver a este país su estatus político. Nosotros debemos constituir el enemigo real del sistema y no un chivo expiatorio, nosotros debemos ser esa fuerza de choque revolucionaria que despierte las mientes de nuestros compatriotas. Tenemos que explicarles a nuestros compatriotas quiénes son nuestros enemigos, quieran o no; hemos, por ejemplo, decirles que Mohamed no es nuestro amigo, que el senegalés que vende bolsos tampoco es nuestro amigo,  que el chino que vende bonito y barato no es nuestro amigo, que los independentistas no son gente con la que negociar, sino enemigos de la patria que deberían estar en la cárcel y sus correspondientes partidos ilegalizados, que las feministas y sacerdotes de la "tolerancia" son también unos traidores, bufones subversivos, máximos exponentes de la degradación de nuestra cultura; hemos de afirmar que la chica blanca que se va con un ser extraño a su herencia genética es una traidora y una cualquiera, que quien se casa con un extranjero no eurodescendeiente es una mujer devaluada y que aquella que no dé hijos blancos a Europa es una mujer fracasada; hemos de ser firmes y mostrarnos con dureza y convicción, hemos de concienciarnos de que estamos ante una lucha aun por hacer. La confrontación del futuro hemos de llevarla a cabo nosotros los disidentes contra el sistema, hemos de encumbrar a la disidencia a nuevo modelo de sistema atacando desde lo ético, desde lo cultural y desde lo económico (generando de esta forma lo político, encumbrándonos a lo político como nueva fuerza que es capaz de declarar una lucha, unas intenciones y la guerra a su enemigo). Disidencia contra Sistema es la nueva configuración posible según amigos y enemigos, y en ella no juega papel alguno la derecha y la izquierda. Es de nuevo el nacionalismo contra el internacionalismo, el anticapitalismo contra el capitalismo, es la proposición de banca pública contra la banca internacional, es la invitación de un estado corporativista y nacional contra un modelo mundialista que crece a costa de la soberanía de las naciones, es una guerra a favor de la identidad contra la destrucción de las identidades, es la defensa de la raza contra el mestizaje, es la metapolítica contra la politiquería… Y quien quiera definir eso en conceptos de derecha y de izquierda que lo haga, pero a mi modo de ver caerá en un gran error: no existen los conceptos eternos.■

Ciclo Carl Schmitt y El Concepto de lo Político (II)

UN FENÓMENO MODERNO: 
LA NEUTRALIDAD POLÍTICA

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La edición manejada es la siguiente:
Carl Schmitt, EL CONCEPTO DE LO POLÍTICO (Texto de 1932). Ciencias Sociales, Alianza Editorial. Quinta reimpresión, 2009. Versión de Rafael Agapito

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«Si sobre la tierra no hubiese más que neutralidad, no sólo se habría terminado la guerra sino que se habría acabado también la neutralidad misma, del mismo modo que desaparecería cualquier política, incluida la de la evitación de la lucha, si dejase de existir la posibilidad de una lucha en general.» (Pág. 64-65)

Si bien Schmitt nos delimita el área de acción de lo político, que se circunscribe a las categorías de amigo y enemigo, hoy en día se da la situación de que dicha conceptualidad política ha sido sustituida por lo estrictamente moral, pero moral desde una línea de pensamiento único que no da cabida a confrontaciones reales, sólo a acusaciones vacías. En un escenario no-político como el actual (hablaré del ejemplo español) no está del todo clara cierta constitución de hombres y mujeres en agrupaciones de amigos y enemigos. Más bien se percibe un escenario de “colegueo”: todos forman parte de un mismo sistema, todos trabajan por el sistema, por lo que la única oposición posible y esperanza para lo político se daría gracias al ascenso a las cámaras de representación parlamentaria de miembros de partidos antisistema que propiciaran una confrontación aunque fuera moral, es decir, la confrontación de dos concepciones de lo bueno y de lo malo. No obstante, otra opción sería la aparición de una weltanschauung amoral del mundo, que supondría la confrontación radical entre una ética crítico-moral (por encima del bien y del mal) contra la otra ética estrictamente moral (situada en el bien y en el mal que se delimita a decir lo que es bueno y lo que es malo), y que es la que domina el mundo.

Tanto el de la derecha como el de la izquierda son enemigos de España
Así que nuestros políticos se sitúan en la atalaya del bien para decirnos a todos lo que está mal y lo que es malo. Y eso lo hace, en el caso español, la mayoría de la cámara (por no decir toda, quién sabe lo que cada cual dice en privado), y todos los partidos sin excepción, ya sean marxistas, liberales… Por lo tanto la unidad política del caso español, más que en la constitución del 78, se esgrime en cierto pensamiento correcto, lo que hemos llamado mil veces marxismo cultural; pensamiento que si no predicas (sic) el sistema te condena al ostracismo “político”, te despide como figurante del teatro. No existe una realidad política bajo el concepto de Schmitt, todas las formaciones políticas obedecen un mismo segmento moral. Si discuten sobre lo económico, lo hacen bajo un prisma liberal y sólo sobre qué camino es mejor para el sistema liberal, asumiendo que es el único sistema viable: lo bueno. Y lo mismo ocurre con la moral, si discuten es sólo porque discrepan que esta medida u otra perjudica más o menos la consecución de unos mismos fines. Y que no os engañen los juegos de Izquierda Unida, un partido aburguesado y nada antisistema u otros partidos que siguen predicando cierto marxianismo. Por lo tanto, ciñéndonos a la teoría de Schmitt podemos afirmar que no existe en el panorama político español tal panorama político español. Nuestras cámaras, donde debería discutirse de gran política, se habla de asuntos cual curillas en una Iglesia, pues todos sin excepción ya saben lo que está bien y mal, qué es lo correcto e incorrecto, aunque sólo bajo su óptica, pues sobre lo bueno y lo malo hay muchas posturas, y no sólo la marxista cultural. Por lo tanto, qué paradoja, en España hay unidad política interior y al parecer la sociedad se identifica con dicha unidad (acostumbrada a la neutralidad, por lo que cualquier cosa que se salga de esa neutralidad será calificada de hostil y de radical), pues voten lo que voten, con matices, será lo mismo. Así que se vive una neutralidad pavorosa de pensamiento y acción desde la sociedad y las supuestas esferas políticas donde las agrupaciones entre amigos y enemigos son un mero espejismo: nuestro escenario político es simplemente un espectáculo, haciéndose imposible lo político. Y es por esto que la democracia tal como se entiende por parte del vulgo no es tal, sino una mera ilusión: el pueblo ni decide ni se beneficia el poder. Lo que vemos no es, en consecuencia, una política real, ni una lucha real. La situación actual no es por lo tanto culpa de los "políticos" nada más, sino de un pueblo que ha renunciado a la lucha, es decir, a lo político.

No obstante, este estado de “neutralidad” no puede durar permanentemente y, por supuesto, lo que yo he dicho no es lo que ocurre exactamente, pues la realidad es más compleja; he construido una aproximación a la realidad, descrito en parte el ambiente del politiqueo español. Bien sabemos que los verdaderos grupos de oposición, al menos en un terreno moral y ético –también en lo económico- están bien machacados por el sistema (los buenos): me refiero a los partidos nacionalistas (los malos). Éstos, siendo una minoría, por ahora, son el gran demonio del sistema. Pero por ejemplo, los disturbios causados por la inmigración en Salt durante el mes de enero u otros disturbios parecidos (e imaginaros que no cesan y se hacen cada vez más afanosos, lo cual no sería descabellado) podrían catapultar a estos partidos nacionalistas como poder político de primer orden (con auténtica capacidad de), al verse buena parte de la sociedad autóctona identificada con dichos partidos. Constituyendo ya estos grupos nacionalistas un enemigo real y no irreal (como ahora, chivo expiatorio) podría reaparecer en la escena española la política, habiendo una clara confrontación y una clara distinción entre “enemigos públicos”. Pero esto es sólo un ejemplo, pues bien sabemos que en el área nacionalista no existe la ansiada unidad: bien harían los líderes de los diferentes partidos nacionalistas leerse a Schmitt o a Thiriart, pues ambos propugnan la “unidad política”.

Sin embargo, recuerdo que en España volvió lo político durante el año 2003 gracias a la Guerra de Irak. Si, ese “a favor” y “en contra” de la guerra favoreció ese regreso a la acción política, esa agrupación según amigos y enemigos ¡a escala planetaria! Para que se constituya lo político da igual que sea por algo moral, o por una confrontación religiosa, simplemente es necesaria esa agrupación según amigos y enemigos y entonces se da lo político:

«Nada puede sustraerse a esta consecuencia de lo político. Y si la oposición pacifista contra la guerra llegase a ser tan fuerte que pudiese arrastrar a los pacifistas a una guerra contra los no pacifistas, a una «guerra contra la guerra», con ello quedaría demostrada la fuerza política de aquella oposición, porque habría demostrado tener suficiente fuerza como para agrupar a los hombres en amigos y enemigos. Si la voluntad de evitar la guerra se vuelve tan intensa que no retrocede ya ante la misma guerra, es que se ha convertido en un motivo político, esto es, que ha acabado afirmando la guerra e incluso el sentido de la guerra, aunque sólo sea como eventualidad extrema». (Pág. 66)



- - Si bien el gobierno de Aznar metió a España en una guerra innecesaria e injusta, vean cómo los opositores, el enemigo político del PP -que en realidad no es tal- de aquellos tiempos (tanto desde las calles como desde la cámara), se pusieron el pañuelo y pasearon las banderas de Palestina, Irak y alguna Gay (es bueno ser palestino o irakí o homosexual, pero no español para esos traidores), paseando igualmente banderas republicanas y banderas rojas con hoces y martillos. Interesantes las pancartas y sus mensajes, incluso hay una que califica de miopes tanto a la izquierda como a la derecha. - -

Y bien, sé que existen diversos episodios pasmódicos en los que se ha dado también el deseado fenómeno de lo político en nuestro país, pero desgraciadamente a lo que se aviene el escenario español es a la neutralidad, a discusiones fútiles y a la asunción de un pensamiento único: para paliar esta carencia de lo político en nuestra vida actual se recurre a regenerar las sempiternas guerras del pasado en lo referido, por ejemplo, a la II República, el franquismo, etc.; a la vez que se soslayan de forma descarada problemas que requieren decisiones precisas y valientes: la inmigración o el independentismo, por ejemplo. Eso “de ir al pasado” es un intento desesperado por mantener en España una especie de escenario político, cuando ese ir al pasado es terreno de estudio de los historiadores y no de cuatro resentidos que se han afiliado a un partido político para dirimir las disputas de sus abuelos o bisabuelos. Y no digo que se deba obviar el pasado, nuestra historia, simplemente digo que es inútil hacer siempre presente el pasado; lo político debería tener otras prioridades, muchas de ellas con la necesidad de una respuesta política inmediata.

Nuestro país -ya refiriéndome al estado como la unidad política y dejando de lado las diferentes unidades políticas que podrían darse dentro de la suprema unidad, el susodicho Estado- ni siquiera tiene enemigos en el exterior. Nuestro país no encuentra enemigos fuera de sus fronteras, el mundo parece para nuestros gobernantes una bella utopía, un mundo armónico donde todos son amigos. Nuestro Estado se lleva demasiado bien con Marruecos, enemigo natural de España, de la misma forma que le está cogiendo el gusto al velo y al islam, por ejemplo. Unos gobernantes que no reconocen a sus enemigos han renunciado a lo político, y todo sea dicho, han dejado a todo un estado despolitizado a merced de lo “extraño”. Y es que las exigencias del mercado no hacen posible dicha hostilidad, hay que llevarse bien y hacer el idiota:


- ESPAÑA VENDE Y REGALA ARMAS A MARRUECOS
- España regala a Marruecos ocho lanzabombas como prueba "de hermandad" 

Pero claro, ¿cómo van a reconocer nuestros gobernantes a su enemigo exterior si ni siquiera son capaces de reconocer enemigo interior alguno? Yo si sé cuáles son mis enemigos, muchos si reconocen al enemigo, pero nuestra lucha carece de la fuerza para constituirse en enemigo de, nuestra lucha carece de la fuerza para constituir lo político.

Sé que se me podrían decir que ETA constituye un enemigo reconocido por nuestros “políticos”. Sin embargo, en mi opinión –que no debe ceñirse con la realidad de otros- ETA no constituye un sujeto político, ni su lucha una guerra. ETA no es más que cualquier mafia de delincuentes. Me niego a otorgar a ETA el estatus político, eso sería reconocer legitimidad al independentismo por un lado y a sus acciones por otro. Las pretensiones de ETA son ilegítimas.

Empero, si tienen estatus político ciertos partidos independistas que deberían estar ilegalizados y sus respectivos líderes metidos en la cárcel por traición a la patria. Estos enemigos de la nación no son vistos como tales por nuestros gobernantes a nivel nacional, depositarios del poder que obliga el ejercicio del Estado; son, por otro lado, enemigos con los que negocian porque no reconocen en ellos a su contrario. No nos sorprenda que hablen de unidad y fortaleza institucional cada vez que se negocia con partidos contrarios a la unidad nacional:


Nótese como el PP, pésimo opositor, simplemente, por inercia, está en contra de la medida del PSOE -sin aportar ningún arguemento, y la indignación no es un argumento-, como el que lleva la contraria a su padre, cuando el PP no puede presumir siquiera de defender la unidad nacional. Mienten como bellacos: el PP también vendió y negoció parte de la soberanía nacional para beneficio de sus intereses con partidos separatistas:


En el estado de la neutralidad, en el estado cuyos gobernantes no reconocen a sus enemigos, los enemigos exteriores vienen a hacer botín a nuestras tierras, los independentismos se hacen fuertes para constituir la más alta unidad política: la creación de un estado-nación nuevo… a la vez que la nación española, poco a poco, pierde soberanía territorial, pierde su identidad, deja de ser España… mientras la banca, como siempre, gana.

«Sería una torpeza creer que un pueblo sin defensa no tiene más que amigos, y un cálculo escandaloso suponer que la falta de resistencia va a conmover al enemigo. (…) es mucho menos imaginable que un pueblo, por renunciar a toda decisión política, pueda llevar a la humanidad a un estado puramente moral o puramente económico. Porque un pueblo haya perdido la fuerza o la voluntad de sostenerse en la esfera de lo político no va a desaparecer lo político del mundo. Lo único que desaparecerá en ese caso es un pueblo débil». (Pág. 82)


Enlaces de interés:
- ¿Qué es metapolítica?
- Manifestaciones globales contra la guerra de Iraq
- SOBRE EL PASADO Y LO PASADO

Ciclo Carl Schmitt y El Concepto de lo Político (I)

AMIGO Y ENEMIGO

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La edición manejada es la siguiente:
Carl Schmitt, EL CONCEPTO DE LO POLÍTICO (Texto de 1932). Ciencias Sociales, Alianza Editorial. Quinta reimpresión, 2009. Versión de Rafael Agapito

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Lo político puede extraer su fuerza de los ámbitos más diversos de la vida humana, de antagonismos religiosos, económicos, morales, etc. Por sí mismo lo político no acota un campo propio de la realidad, sino sólo un cierto grado de intensidad de la asociación o disociación de hombres. (…)
(Carl Schmitt)


I. EL ESTADO Y LO POLÍTICO

El Congreso en plena sesión plenaria
Para Schmitt “el Estado representa un determinado modo de estar con el pueblo” (Pág.49) para sostener posteriormente que “el Estado se muestra como algo político, pero a su vez lo político se muestra como algo estatal” (Pág. 50-51). Es por ello que si bien el Estado es el modo de estar con un pueblo, lo político es el modo de estar con un Estado o el Estado es el modo de estar concreto con lo político. Pero esta concepción un tanto reduccionista parece no ceñirse a la realidad democrática, donde Estado y Sociedad interactúan. El propio Schmitt diría: «Así ocurría allí donde, como en el siglo XVIII, el Estado no reconocía "sociedad" alguna como antagonista, o al menos donde (como en Alemania durante el XIX y parte del XX) el Estado, como poder estable y distinto, se encontraba por encima de la "sociedad"» (pág. 53).

La ecuación Estado=lo-Político carece de la variante “sociedad”, a pesar de ser evidente que en el mundo moderno la sociedad juega un papel político. No obstante, la ecuación de Schmitt adquiere toda su plenitud en el momento que se consigue que la sociedad se identifique plenamente con el Estado. De esta forma el Estado conforma la unidad política sin fisuras y obtiene la autosuficiencia y la capacidad para constituirse en fuerza capaz de determinar quiénes son “amigos” y “enemigos” (endógena y exógenamente) y emprender la “lucha”. Sin duda, esta concepción tiene connotaciones totalitarias y sin duda este texto de Schmitt parece un aporte teórico y doctrinal del totalitarismo en ciertos aspectos. Pero en realidad no es así del todo, por lo que categorizar que Schmitt fue un ideólogo del totalitarismo es una temeridad intelectual (•→), pues como veremos, no hay que analizar el concepto de unidad política bajo la premisa de identificación radical de la sociedad con el estado, lo cual no se da en las democracias, siendo éstas un medio de participación de la sociedad en lo político (siempre que hablemos de democracias parlamentarias con derecho a voto, pues bien sabemos que existen diversos modelos de democracia, algunos calificados de antidemocráticos por lo políticamente correcto) que no propician la cohesión social, demostrándose ineficientes para el desarrllo de una nación, al propiciar el auge de intereses particulares. Podemos decir que la democracia que conocemos -por ejemplo- en lo que ha devenido como Occidente –o así lo llaman- hace muy complicada la unidad política (España es un ejemplo perfecto), mientras que otros sistemas puede que sean mucho más democráticos, como ciertos totalitarismos, donde la plenitud de la sociedad, el pueblo, se reconoce en su estado, por lo que el significado etimológico de democracia (poder del pueblo) alcanza, paradójicamente, un significado más justo, pues seamos realistas: democracia no es que el pueblo decide quién debe tener el poder, sino que el pueblo se atribuye el poder.

II. LAS CATEGORÍAS POLÍTICAS: AMIGO Y ENEMIGO

Aunque lea y parezca buen lector, no es nuestro amigo
«Si se aspira a obtener una determinación del concepto de lo político, la única vía consiste en proceder a constatar y a poner de manifiesto cuáles son las categorías específicamente políticas. (…)

»Supongamos que en el dominio de lo moral la distinción dominio es la del bien y el mal; que en lo estético lo es la de lo bello y lo feo; en lo económico la de lo beneficioso o lo perjudicial, o tal vez de lo rentable y lo no rentable. El problema es si existe alguna distinción específica (…) que se imponga por sí misma como criterio simple de lo político; y si existe, ¿cuál es?

»Pues bien, la distinción política específica, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción de amigo y enemigo. (…)

» Si la distinción entre el bien y el mal no puede ser identificada sin más con las de belleza y fealdad, o beneficio y perjuicio, ni ser reducida a ellas de una manera directa, mucho menos debe poder confundirse la oposición amigo-enemigo con aquéllas. (…) El enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo, no hace falta que se erija en competidor económico, e incluso puede tener sus ventajas hacer negocios con él. Simplemente es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intensivo. (…)» (págs. 56-57)

Carl Schmitt propone una concepción de lo político para su estudio y comprensión, pero sobre todo para clarificar y delimitar lo político. Schmitt quiere establecer los dominios de lo político y es ahí que lo encierra bajo el binomio amigo-enemigo. Y ¿qué es el enemigo?; bien claro lo deja Schmitt: lo extraño, lo diferente; simplemente eso, no es ni un competidor económico ni alguien moralmente malo. Analizando lo político desde esta perspectiva sin duda evitamos equiparar lo político a otro tipo de categorías, como las de bueno y malo, potestad de la moral. El análisis de lo político debe desmarcarse de lo emocional, no es un estado de ánimo ni forma parte del coto privado y personal (la política es cosa pública y por ello el enemigo es también público), sino que es aquello que establece y configura a diversos grupos de hombres en amigos y enemigos, ya surja esta confrontación de lo económico, de lo moral, de lo religioso... Es decir: sólo cuando un grupo de hombres consigue la suficiente fuerza como para poder organizarse en concepto de amigos y enemigos respecto a otros grupos de hombres análogos se alcanza la dimensión política; si por el contrario un grupo de hombres carece de la fuerza para confrontarse, para oponerse realmente a otra fuerza, la dimensión política no existe o al menos no es perceptible. Tal como explicaría el jurista prusiano sin circunloquios: “Todo antagonismo u oposición religiosa, moral, económica, étnica o de cualquier otra naturaleza se transforma en oposición política en cuanto gana la fuerza suficiente como para agrupar de un modo efectivo a los hombres en amigos y enemigos” (Pág. 67)

Sin embargo, es el concepto “enemigo”, más que el de amigo, el que marca la pauta de lo político, la posibilidad de una oposición: qué es la política sino oposición. Para Schmitt “es constitutivo del concepto de enemigo el que en el dominio de lo real se dé la eventualidad de una lucha”. Al incorporar en el terreno de lo político la “lucha” hacemos ya referencia al elemento volitivo de lo político, es decir, aquello que empuja a la acción. De esta forma podemos determinar que no existe lo político sin enemigos ni enemigos sin la posibilidad real de una lucha.

III. LA UNIDAD POLÍTICA Y LA GUERRA

Imagen tomada tras finalizar la Guerra Civil española
«Guerra es una lucha armada entre unidades políticas organizadas, y guerra civil es una lucha armada en el seno de una unidad organizada (que sin embargo se vuelve justamente por ello problemática).» (Pág. 62)

La Guerra procede de la enemista”, sentencia Schmitt. En la guerra el concepto enemigo tiene su significado y sentido obvio pero en la misma lo referente a la “lucha” alcanza un significado pleno.

Como se vislumbra en la cita de más arriba, Schmitt hace una distinción de la guerra. Habla de “guerra” a secas contra otra unidad política, pero también de “guerra civil” dentro de la propia unidad política, lo que es un contrasentido, pues si algo revela una guerra civil es la ausencia de unidad política. Sin embargo, las reflexiones al caso son acertadas y en este momento conviene que así sean para mi posterior reflexión. En la exposición de Schmitt se hace evidente cómo equipara radicalmente política con estado: lo político es el estado y el estado es algo político, podría parafrasearse. También puede deducirse, ya sin confusión, que es el estado la unidad política organizada. Pero lo más importante: en el seno de la unidad política suprema (el Estado) puede sucederse la antítesis amigo-enemigo, es decir, constituirse otras unidades.

Volviendo al principio, hay que reconocer que el hecho de que dentro de un estado pueda darse la lucha armada, es decir, la constitución de diversos grupos de hombres según amigos y enemigos, resulta algo problemático si tenemos en cuenta que todo ello concurre dentro de una misma unidad política, por lo que creo que este asunto es merecedor de su análisis. Si bien en una guerra civil lo que está en juego es el poder del Estado, podemos sacar dos conclusiones:

1. Los dos contendientes luchan por hacerse con la unidad política suprema: el Estado. Lo cual refrendaría la reflexión de Schmitt.

2. Cada uno de los contendientes se constituyen como unidades políticas independientes, es decir, como dos estados. La unidad política sigue existiendo, pero relativo a cada contendiente: los dos contendientes nunca formarán una sola unidad política. La derrota de una de las partes decidirá qué unidad política, es decir, qué forma de estado, prevalecerá, concluyendo así la guerra civil.

-Imaginemos un púlpito sobre el que reposa una manzana. En el caso 1 dos contendientes luchan por hacerse con la manzana. En el caso 2 no hay manzana en el púlpito, cada contendiente tiene una manzana y luchan para que sea su manzana la que repose sobre el púlpìto. En el caso 1 el Estado parece inamovible, algo que siempre está ahí y que busca pretendiente. En el caso 2 el estado es algo mutable y sustituible por cualquier otro tipo de Estado. En el caso 1 luchan por hacerse con la manzana, en el caso 2 por su manzana.

No obstante, el hecho de que en una misma unidad política pueda darse lugar a la configuración de grupos de hombres según amigos y enemigos, y ya dicho esto desde un plano no bélico, deriva inevitablemente al “problema democrático” (que es una guerra civil no-violenta), aunque bien sabemos que en los estados no-democráticos (en realidad me molesta utilizar la palabra democracia para referirme al significado que ha adquirido actualmente según la neolengua) también existen luchas intestinas y agrupaciones de hombres según amigos y enemigos, lo que considero algo muy natural: poco valor puede tener aquello que no genera opositores.

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