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MAX STIRNER, «el único» y «su propiedad» (II): Lo que hay detrás de la materia:

EL MUNDO ESPIRITUAL Y SUS FANTASMAS

Datos de la edición de "El Único y su Propiedad", de Max Stirner, a que se refiere el artículo: Editorial Valdemar [Enokia S.L.], octubre de 2005. Letras Clásicas nº3 Traducción de José Rafael Hernández Arias. 


1. El devenir del Hombre.

En la primera parte de El Único y su Propiedad, Stirner nos muestra una especie de esquema que me recuerda mucho a esas maravillosas palabras sobre el camello, el león y el niño de Así Habló Zaratustra. En ambas, tanto en la representación de Stirner como en la alegoría de Nietzsche, creo que el devenir está implícito aunque el mensaje sea diferente. Para Stirner existe un acontecer que va del niño al adulto, pasando por el joven. Parecerá muy lógico, pero según las definiciones de Stirner la dimensión de las palabras «transmutan».


 El niño es realista, el joven es espiritual y el adulto ha descubierto su egoísmo, hace suyos los pensamientos y las cosas: «Sólo cuando se ha tomado a sí mismo un cariño personal y, al sentirse como su vivo retrato, encuentra placer en sí mismo (pero esto ocurre en la edad adulta del hombre)» (Pág. 42). El niño ve la materia, forma parte del mundo, su única realidad existe en cuanto que puede sentir las cosas con sus cinco sentidos: «Los niños tenían intereses materiales, esto es, sin pensamientos y sin ideas» (Pág. 43). El joven, sin embargo, es espiritual, se nutre de pensamientos, de cosas que no son cosas, ni siquiera vapores, de cosas que no se pueden tocar, que pertenecen al mundo de las ideas: «el joven se encontró como espíritu y volvió a perderse en el espíritu general, el perfecto espíritu santo, el Hombre, la humanidad, en suma, todos los ideales; el hombre se encuentra como espíritu corpóreo». (Pág. 42-43). Posteriormente el espiritual llegaría al egoísmo y controlaría las cosas y los pensamientos, sería dueño de todo lo que él quisiera para sí.

Las diferencias entre los tres estados del Hombre señalados son ajenos al tiempo y a la edad. Si algo diferencia por ejemplo al ser espiritual del ser egoísta es el «entusiasmo», porque al «enloquecerse» pierde el dominio de sí mismo, mientras que el egoísta sabe lo que le interesa, sabe cuáles son sus prioridades, es decir, está más «centrado». Por ello, no es difícil encontrar a jóvenes con sesenta y cinco años y a adultos con veinte años.

Toda esa evolución se consigue con esfuerzo, es sin duda -según Stirner- una esquematización del proceso de madurez del ser humano. El egoísta es por lo tanto un paso más en el proceso de elevación pero no el último escalón. Stirner deja entrever un paso más allá, un paso que te lleva más alto. Hablamos del anciano. El propio Stirner no nos dice nada del anciano porque aún no lo ha vivido. Así que ¿qué es ese esquema sino el propio devenir de Stirner? Stirner habla de sí mismo en El Único y su Propiedad, es su yo herido el que protesta, el que critica y desnuda los engaños secularizados que tanto detesta.

Si llegara al estado de «ser anciano», y esto es una divagación, tal vez nos encontraríamos con un ser que ha superado el egoísmo, es decir, con alguien que simplemente no obedece ni a su propio capricho, que sirve a Nada, que se ha liberado del interés espiritual y material, de todo tipo de interés; es el hombre que ya ha vivido, es el hombre que ya no vive: la muerte es la superación de «todo», hasta del «Yo».■ 


2. El mundo espiritual.

Mucho es el daño que ha hecho a las conciencias la creación de mundos espirituales, es decir, de mundos subyacentes. Es cierto que todo pensamiento es espiritual, pero es muy diferente construir con el pensamiento una sólida base conceptual para entender el propio mundo ya existente que instituir un universo paralelo invisible, divino y quimérico. Pero en la realidad se ha anquilosado un concepto de lo verdadero, y lo verdadero es hoy ese mundo imaginario de las ideas, de lo espiritual (el dualismo).

Espíritu es entonces todo pensamiento, el hombre es espíritu en cuanto que piensa. Por ello los paganos también eran espirituales, aunque todo su pensamiento lo aprovechaban para el mundo y lo construían desde el mundo para sacralizarlo. Sin embargo, lo divino son pensamientos del más allá, revelados, imposibles para el hombre porque no puede acceder a ellos con las manos.

Stirner, bajo la premisa de un mundo espiritual, describe el mundo como un paisaje fantasmagórico repleto de espíritus, de fantasmas. La idea es un fantasma, el mundo está lleno de terror y muerte, es un mundo sin sombras. «El desgraciado Peter Schlemihl, que ha perdido su sombra, es el retrato de ese hombre convertido en espíritu, pues el cuerpo del espíritu no arroja sombra». (Pág. 51) Pero «el espíritu tiene que crear su mundo espiritual y, antes de crearlo, no es espíritu». (Pág. 60) ¿Qué ha sucedido entonces? Algo muy extraño debe ocurrir para que el niño se convierta en joven, que es quien dota de alma a las cosas, que es quien hace las cosas espirituales. El espíritu nace cuando el Hombre reniega de este mundo, el joven es una especie de sacrílego. La idea emanada de un pensamiento es «verdaderamente verdadera» si no se intenta alterar el mundo real, sin embargo, es inventada e irreal cuando el pensamiento y su idea no forma parte del mundo. Por ejemplo, esa casa, esa otra casa, aquella otra de allí, son reales, sin embargo, la idea de casa… ¿alguien ha visto una idea? La idea existe en cuanto pensamiento, como emanación espiritual, pero como es algo imaginado, algo que no puede ser real en el mundo… al mundo no se le pueden aplicar conceptos absolutos y cerrados porque el mundo es plural y cambiante. Los antiguos eran pensadores realistas, no eran ni niños ni jóvenes, creo que se le ha pasado esto a Stirner, jajaja…■


3. El Hombre espiritual y el egoísta.

El Hombre espiritual es casi el antagonista del egoísta: «¿Qué entiendes tú por egoísta? Un hombre que en vez de vivir una idea, esto es, en el espíritu, sacrificando así su beneficio personal, sirve a este último». (Pág. 61) Por ello los hombres espirituales, quienes viven de las ideas, unas ideas que siempre tienen un carácter universal y absoluto, son seres dogmáticos y odiadores de todo aquello que haya sido producido por uno mismo para el goce personal. El amor propio no patológico (no hablo de narcisismo o de egocentrismo) es denostado, tú debes odiarte porque eres un cuerpo, eres materia: ¡oh!, el hombre espiritual no soporta que el mundo no sea espíritu. El egoísta no obedece a una idea, sólo se obedece a sí mismo, obedece a su propio capricho. El egoísta no es ajeno al mundo y sin embargo se piensa único, es absoluto como ser pero relativo en cuanto existe una relación con el exterior. Pero lo dicho no impide que el egoísta no tenga intereses no materiales, por el contrario también persigue intereses espirituales, pero para su goce, para su provecho: «Os diferenciáis en que tú pones en primer plano al espíritu, él, en cambio, a sí mismo, o en que tu disocias tu «propio yo», el espíritu, y lo elevas a soberano del resto carente de valor, mientras que él no quiere saber nada de esa disociación y persigue intereses espirituales y materiales según su propio placer». (Pág. 62) En definitiva, el hombre espiritual trabaja para la idea y se alimenta de ella, mientras que el egoísta trabaja para sí mismo. Al egoísta no le interesa el prójimo, sino él mismo; el egoísta trabaja para sí y lo hace para conseguir todos sus propósitos: no espera nada de las ideas y de los espíritus, menos de los demás, sino que lo espera todo de su propio esfuerzo y entrega. Él es su causa.

La entrega a uno mismo y la entrega a algo ajeno, ya sea a Dios o a cualquier idea, es lo que diferencia a un hombre aristocrático de un esclavo. El primero sufre pero no se detiene, el segundo sufre y pide consuelo. El primero tiene dominio de sí, el segundo pide que le guíen. El primero se basta consigo mismo y sus iguales (intereses comunes), el segundo anhela un mesías y formar parte de un rebaño que le cuide. El primero quiere que se le respete su interés personal, el segundo procura un desinterés denominado «interés general» o «interés común o comunitario», pretende derogar su propio interés para conseguir aún más beneficio del esfuerzo de todos los demás: ¿Quién es entonces el más egoísta, tomando el término egoísta, claro está, en su acepción más común, no bajo la terminología de Stirner? El «egoísta» es una designación que se le da al YO, pero el egoísmo es propiamente una cualidad del débil, del esclavo, del pordiosero, que pretende no conseguir nada con su propio esfuerzo; en definitiva, niega su propio valor, su propio interés propio. Y cuando hablo de esclavo no me refiero a alguien que es víctima del látigo de su amo, sino de alguien que ya puede estar en un palacio o en un campo de concentración. El esclavo es quien solamente obedece, quien es dominado, quien no es «único» ni «propietario» de sí mismo.■

MAX STIRNER, «el único» y «su propiedad» (I): EL SUPERHOMBRE:

HE FUNDADO MI CAUSA EN NADA

Datos de la edición de "El Único y su Propiedad", de Max Stirner, a que se refiere el artículo: Editorial Valdemar [Enokia S.L.], octubre de 2005. Letras Clásicas nº3 Traducción de José Rafael Hernández Arias.

No os engaño si os dijera que descubrir a Max Stirner ha sido todo un gran acontecimiento para mí. Su obra El Único y su Propiedad ha abierto en mí nuevas miras, nuevas pistas para una nueva reivindicación: entreveo la insurrección de un nuevo tipo de ser, el egoísta. Pero el egoísta no es aquel hombre avaricioso que lo quiere todo para sí, de este tipo lo son «los menos»; o también podría serlo, pero lo que quiero decir es que no estamos hablando del significado convencional que suele tener dicha palabra. El egoísta es ante todo aquel que se reconoce a sí mismo, aquel que tiene «plena conciencia de su unicidad, de su ser como algo completo»: lo exterior le es ajeno, con «lo impropio» sólo existe una «relación». Uno mismo es absoluto, el ser mismo de cada uno es absoluto, a eso es a lo que llamamos «unicidad». Con esta conciencia nace el egoísta, él es su propia cima, él mismo es su causa, no sirve «nada» que no sea él mismo; ni pone a ídolos, a dioses, a Dios, una causa ajena, etc. por encima de sí. El egoísta, reconocido a sí mismo como soberano, se libera de las convenciones establecidas (y si las aceptara sería porque ve en ellas un provecho y de dichas convenciones se «apodera»), de la masificación, de la simplificación y reducción sociales: él es único entre todos, es el ser que se reivindica, aquel que quiere ser él mismo, aquel que persigue sus causas, su propio camino, sus propias ideas, su propio capricho y no el de otros… «Yo no soy nada en el sentido de vacío, sino que soy la nada creadora, la nada de la cual yo mismo lo creo todo como creador» (Pág. 35). Atisbo la idea precursora del superhombre de Nietzsche… ¿precursora? No, tal vez no, en Stirner encuentro la propia idea de superhombre, Nietzsche la engrandeció y enriqueció aún más. Rescató esa idea como muchas otras ideas de Max Stirner de la burla y de la ignominia a la que fueron sometidas al ser tratadas como una broma o una burla, y eso que El Único y su Propiedad ha sido una obra que se ha vendido bastante bien.

El soberano individual, el hombre aristocrático moderno, un ser lo más parecido a un ser «libre» de forma real (ser libre es servirse a uno mismo, lo demás es charlatanería: ¿qué libertad encuentro trabajando para el prójimo -o el Estado y demás formas de prójimo-?, ¿acaso el prójimo trabaja para mí? Todo se ha construido bajo la falacia descuidando la realidad egoísta de todo ser), resurgió en aquella época donde los énfasis modernos -los nacidos de la Ilustración y de los Utilitaristas- empañaban hasta hacer invisible todo ánimo de elevación, de grandeza, de individualidad verdadera: el derecho a uno mismo, el derecho a no ser reducido a la mayoría, a una plebe, a una canaille, a un grano de «harina» más de la «masa», etc. (Si la Ilustración universalizó las ideas de Hombre y Humanidad reduciendo a todos a lo mismo, el utilitarismo redujo todo al «interés general»).

«Dios ha fundado una causa en él mismo», diría Stirner. El resto de los seres le siguen, su causa y el propio Dios están por encima de todo ser humano, de todo ser hombre, de todo ser inhumano, etc. Durante siglos, al menos durante dos milenios (veo cierta generosidad en los dioses griegos y romanos -y en casi todo politeísmo-, al menos ellos hacían que el hombre se viera igual de grande y valioso que ellos, conseguían que lo humano, el Hombre, ¡el individuo!, se elevara… ¿por qué si no los dioses ponían a prueba a los Hombres? Su tiranía para con nosotros era su generosidad, mostraban su amor a base de catástrofes para que nos hiciéramos fuertes) los hombre se han postrado ante una idea imaginaria que hemos llamado Dios (Único). Un Dios no menos imaginario que cualquier otro Dios, pero este Dios tenía la particularidad de humillar al Hombre, de condenar toda belleza y exceso de vitalidad y fuerza mediante el «pecado». Un Dios así que humilla al Hombre no merece ser depositario de fe, un Hombre que se deja humillar no merece ni siquiera vivir. El egoísta no ve a ese Dios de origen «abrahámico» por encima de sí, sino que tal como dicha idea se proclama a sí mismo su propia causa, su propio objeto de veneración y amor. No hablo de ateísmo o de laicismo, quien es soberano se apropia de lo que le interesa… ¡hablamos de independencia del YO, de soberanía individual, una mirada post-ilustrada que reivindica al individuo en lugar del universalismo y el aborregamiento!: « Mi causa no es ni la divina ni la humana, no es la verdadera, buena, justa, libre, etc., sino solamente la mía, y no es ninguna causa general, sino que es… única, como yo soy único. ¡No me interesa nada que esté por encima de mí!» (Pág. 36)

Pero claro, las ideas no se sitúan por encima nuestra solas, el propio Hombre es quien las inventa: su necesidad de algo superior lo hace sí. El Hombre no sabe mandarse, no sabe ser soberano, necesita una disculpa, un asidero aunque sea irreal y metafísico. Ante esta necesidad, que igual puede beneficiarte o perjudicarte, hemos creado monstruos que nacieron de nuestro entusiasmo y de nuestro apasionamiento: así surge toda espiritualidad. ¿Y a qué llama Stirner espiritualidad? Pues a todo pensamiento, al pensamiento mismo. Dios es espiritual en cuanto es pensamiento. Un Hombre es espiritual en la medida en que basa su vida en la creación de pensamientos, en cuanto que vive de pensamientos y para los pensamientos. El «Hombre espiritual» aún no es el egoísta para Stirner, pues en su jerarquía personal no se ha vislumbrado como «único» y «propietario» de su propio ser y de su propia voluntad, sino que se subyuga a las ideas, ante todo lo que cree que le es superior: este hombre aún no ha hecho de sí mismo su propia causa, aún no se ha elevado sobre todas las cosas: no se ve como creador (ni de valores ni de nada), sino como hombre que sigue a algo superior a él -incluso si eso superior a él es su propia creación: las ideas se convierten en su Señor, por lo que no es Señor y Dueño de sus ideas.

En definitiva, unos siguen a Dios, otros al Hombre y a la Humanidad, otros a la Ley y al Estado… Sin embargo «el egoísta» se sigue a «sí mismo», y ese «sí mismo» no está por encima del propio sujeto, del propio individuo, sino que es el sujeto mismo, forma parte de su unicidad como ser absoluto. Por otro lado, el egoísta no es por necesidad menos espiritual, ¿Qué es sino «espíritu» ese «sí mismo»?, ¿qué no es sino esa voluntad creadora la forjadora de espíritus?

En los siguientes artículos profundizaré más en todos estos planteamientos sobre la filosofía de Stirner, pues sin duda sus planteamientos no son claros por sí mismos (es decir, no se deducen fácilmente), sino que requieren de la reflexión y de la matización.■ 


Enlaces de Interés:
- El Único y su Propiedad
- Max Stirner
- Soberanía Individual
- Utopía Libertaria 

Textos utilizados para éste y futuros artículos dedicados a este ciclo de artículos:
 - EL ÚNICO Y SU PROPIEDAD (PRIMERA PARTE / EL HOMBRE)
- EL ÚNICO Y SU PROPIEDAD (SEGUNDA PARTE / YO)

HISTORIA, IDEOLOGÍA Y MUCHO MÁS (II)

«Reflexiones surgidas de una lectura»
HISTORIA, IDEOLOGÍA Y MUCHO MÁS (II)
LOS TOTALITARISMOS

(…) La comparación entre comunismo y nazismo es, de hecho, no sólo legítima, sino indispensable, porque sin ella ambos fenómenos resultan ininteligibles. La única manera de comprenderlos –y de comprender la historia de la primera parte de este siglo– es «tomarlos juntos» (Furet), estudiarlos «en su época» (Nolte), es decir, en el momento histórico que les es común. (…)■

Alain de BENOIST, COMUNISMO Y NAZISMO - «25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)». Ediciones Áltera, S.L., enero de 2005. Pág. 20. Traducción de José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella.

Alain de Benoist nos presenta en su obra «Comunismo y Nazismo» las dos tendencias ideológicas que se deducen del título de dicha obra como fenómenos producidos por la modernidad. Tanto es así que se atreve a delimitarlo en el tiempo entre los años 1917, triunfo del bolchevismo en la llamada Revolución Rusa, y 1989, caída de la URSS - aunque es bien sabido que en la actualidad existen países como Corea del Norte que pueden denominarse como un residuo de un período pasado: el régimen de Pyongyang es un anacronismo. Por supuesto, en todo aquel tiempo, el totalitarismo soviético convivió con el nacionalsocialismo alemán, señalado igualmente como totalitario. Pero no son solamente «modernos» en sentido temporal, sino que son denominados un fenómeno único en la Historia: se perseguía el «control total» y absoluto del Hombre, nada podía escapar del control estatal; es decir, no eran ideologías que pretendían controlar los cuerpos nada más (lo que puede denominarse o traducirse en «fuerza de trabajo»), sino controlar igualmente el pensamiento (o alma, o espíritu, etc. - llamarlo como queráis), la conciencia, al propio ser interior e íntimo.

Podéis pensar que no es así, que el totalitarismo puede ser un fenómeno con antecedentes ya en el pasado. Sin embargo, el control del ser era potestad de la religión. De esta forma puede entreverse que lo religioso, encargado del control de las «almas», daba un servicio al poder político. No obstante, el poder político gobernaba los cuerpos de las personas. Ambos poderes son aliados en el PODER emanado de Dios, aunque manteniendo un «statu quo». Por supuesto, esto se ofrece a múltiples matizaciones, soy consciente de ello; porque al final si existía un totalitarismo era el basado en la figura de Dios, pues de él emana todo Hombre y toda Institución: ya sea de forma más o menos solapada la teocracia siempre ha estado ahí, contralando nuestra conducta y pensamientos.

En definitiva, el totalitarismo pretende dominar el cuerpo y el pensamiento, el cuerpo y el alma, el cuerpo y… lo sensible y lo mental, al ser completo. El nacionalsocialismo y el comunismo ofrecían su propia visión del mundo, su propia «espiritualidad», ya sea ésta mesiánico-esotérico-pagana (nazismo) o materialista-universalista-igualitaria-postcristiana (comunismo). Estas ideologías se entrometen en todos los ámbitos de la vida cotidiana haciendo imposible la libertad individual y la propia realización personal. Cada ser es «propiedad» del Estado, la causa es el Estado, cada individuo es sólo un medio para satisfacer al Estado: el Estado sustituye a Dios, el líder al mesías, el más acá al más allá. De esta forma, el comunismo y el nazismo se presentan como religiones profanas (religiones para no crucificados) que prometen una realización en el propio mundo: un paraíso en la tierra. Y cuando se equipara ideología totalitaria con religión es por compartir ciertos rasgos comunes: dogmatismo, certidumbres absolutas, mistificación, etc.

Y dichos rasgos totalitarios se dan en el comunismo y en el nazismo, por lo que no es descabellala su relación y hacer un análisis compartido, pues ambas perseguían un mismo fin: el control total y absoluto; ¡y ambas existían como socialismo (uno marxista, otro pseudomarxista)!, ¡ambas fueron impulsados por el proletariado y creadas para el proletariado!, ¡ambas fueron movimientos obreros!, ¡ambas fueron en sus formas e ideas anticapitalistas y antiliberales aunque el comunismo se promulgue como heredero de la Revolución Francesa!... Son casi gemelos, su disputa en la Segunda Guerra Mundial fue un malentendido, jajajaja…

El totalitarismo o «ideología total» pretende como se ha dicho anteriormente controlar todo, hasta el más mínimo detalle, solamente así podría explicarse la impresionante maquinaria burocrática soviética. Este control también puede situarse en el plano de la Historia. Para ellos la historia, el acontecimiento, debe ser calculable. Nada puede escapar al Estado. Para ello se hace necesario que todos los seres se reduzcan a un producto estándar y homogéneo. Todo totalitarismo aspira a homogeneizar a las masas, pretende, como diría Benoist, «reducir a las masas a un único modelo». Hablar de totalitarismo es hablar de «determinismo social» y de la pretensión del «fin de la Historia». Por supuesto, los regímenes totalitarios se diferencian del resto de regímenes por la existencia de un partido único que será el encargado de promulgar el dictado que han de seguir «todos» y que controlará los medios de producción, los medios de comunicación, los medios de combate, etc.

(…) En 1956, por último, el estudio de Carl Friedrich y Zbigniew Brzezinski, Totalitarian Dictatorship and Autocracy, ejerció una profunda influencia en los Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, al enumerar seis criterios formales que caracterizan a los regímenes totalitarios:
1. una ideología oficial que abarca todos los sectores de la vida social,
2. un partido único enraizado en las masas,
3. un sistema político organizador del terror,
4. un control monopolístico de los medios de información y de comunicación,
5. un monopolio de los medios de combate
6. y una dirección centralizada de la economía. (…)■

Alain de BENOIST, COMUNISMO Y NAZISMO - «25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)». Ediciones Áltera, S.L., enero de 2005. Pág. 100. Traducción de José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella.


DEMOCRACIA Y TOTALITARISMO

Las democracias occidentales no están libres del totalitarismo, de hecho tienden a él. Y es que existe cierto parentesco entre el comunismo y la democracia, de ahí que en el «presente» sea menos condenable el comunismo y si motivo de persecución e ignominia filiaciones nacionalsocialistas, a pesar de que el primero triplique (y son datos históricos aproximados veraces) en víctimas -75 millones- al nacionalsocialismo -25 millones de víctimas. ¿Por qué existe entonces un trato de favor hacia una tendencia ideológica que ha demostrado ser poco respetuosa con la vida humana? ¿No es acaso igual de aberrante e inhumano que el nacionalsocialismo? (Me gustaría que hicieran la misma contabilidad de cadáveres a los abanderados de la «democracia», el dato no sería pequeño). Si no se ve igual de aberrante el comunismo es por la sencilla razón de que ambas, democracia y comunismo, se sienten herederas de la Revolución francesa (universalismo, igualitarismo, etc.), distinguiéndose sólo en su realización (la primera el progreso se hace por sí mismo, mientras que en la segunda mediante la revolución).

Para no repetir las palabras de Benoist os transcribo literalmente otro texto más de «Comunismo y Nazismo» donde se expresa muy bien esa tendencia totalitaria del liberalismo y de la democracia y que dice demasiado bien todo aquello que a mí me gustaría escribiros de mi puño y letra sin lograr el mismo grado de claridad:

(…) La sociedad liberal sigue reduciendo el hombre al estado de objeto, cosificando las relaciones sociales, transformando a los ciudadanos en esclavos de la mercancía, reduciendo todos los valores a los de la utilidad mercantil. Lo económico se ha adueñado hoy de la pretensión de lo político al poseer la verdad última de los asuntos humanos. De ello se deriva una progresiva «privatización» del espacio público que amenaza conducir al mismo resultado que la «nacionalización» progresiva del espacio privado por los sistemas totalitarios. (…)

(…)También se constata que, en las sociedades liberales, la normalización no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. La censura por el mercado ha sustituido a la censura política. Ya no se deporta o fusila a los disidentes, sino que se les marginaliza, ninguneándolos o reduciéndolos al silencio. La publicidad ha tomado el relevo de la propaganda, mientras que el conformismo toma la forma de pensamiento único. La «igualización de las condiciones» que le hacía temer a Tocqueville que hiciese surgir un nuevo despotismo, engendra mecánicamente la estandarización de los gustos, los sentimientos y las costumbres. Las costumbres de consumo moldean cada vez más uniformemente los comportamientos sociales. Y el acercamiento cada vez mayor de los partidos políticos conduce, de hecho, a recrear un régimen de partido único, en el que las formaciones existentes casi sólo representan tendencias que ya no se oponen sobre las finalidades, sin tan sólo en los medios aplicar para difundir los mismos valores y conseguir los mismos objetivos. No ha cambiado el empeño: se sigue tratando de reducir la diversidad a lo Mismo. (…)■

Alain de BENOIST, COMUNISMO Y NAZISMO - «25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)». Ediciones Áltera, S.L., enero de 2005. Pág. 154-156. Traducción de José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella.

Para concluir, es de la lamentar que Benoist no se fijara en el carácter totalitario de las teocracias, ya sean éstas islámica, cristiana o judía, aunque en el presente es más patente el totalitarismo islámico o islamista.

El islamismo es también una ideología, y una ideología totalitaria en toda su plenitud, pues aspira a anular completamente la voluntad y la conciencia y domeñar el cuerpo del Hombre mediante la fe y un rígido y controlado sistema de valores. También es una ideología por el hecho de que aspira a gobernar y juzgar a los Hombres: el poder político es perseguido. Lo que ocurre es que aquí se pone como gobernador a Alá, a Dios; el totalitarismo no surge pues de un Estado que lo conforman Hombres, sino que se pretende un totalitarismo emanado de Dios donde los Hombres sean un medio para su glorificación: es un totalitarismo de tinieblas inspirado en las imaginaciones de un más allá y en el odio a lo sensible: el totalitarismo revelado.

La teocracia como ideología totalitaria sería un gran descubrimiento, de hecho son muchos ya los investigadores que lo señalan, también políticos como Geert Wilders. Esta visión nueva del totalitarismo le habría dado a Benoist una nueva perspectiva, estableciendo así el totalitarismo como un fenómeno mucho más amplio con delimitaciones temporales más duraderas.■

TEXTOS UTILIZADOS:
- http://docs.google.com/View?id=dfjqmwcs_88gxjcgmfp

«Reflexiones surgidas de una lectura»: HISTORIA, IDEOLOGÍA Y MUCHO MÁS (I)

SOBRE EL PASADO Y LO PASADO

(…) El pasado ha de pasar, no para caer en el olvido, sino para hallar su lugar en el único contexto que le conviene: la historia. Sólo un pasado historizado puede, en efecto, informar válidamente al presente, mientras que un pasado mantenido permanentemente actual no puede sino ser fuente de polémicas partidarias y de ambigüedades.■
Alain de BENOIST, COMUNISMO Y NAZISMO - «25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)». Ediciones Áltera, S.L., enero de 2005. Pág. 11. Traducción de José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella.

No sé qué pensarán de Alain de Benoist, pero me parece un intelectual muy cuerdo, inteligente y justo. Me parece muy cuerdo porque las reflexiones que plasma en su libro «Comunismo y Nazismo», que es de donde surge mi inspiración para escribir esta serie de artículos, son muy lógicas y racionales y se alejan de lo puramente emotivo y la censura moral; me parece inteligente porque ve el problema del totalitarismo en su nacimiento sin detenerse ahí, pues hurga en el pasado y por supuesto en el presente: no sólo duda sobre si estamos realmente ante una democracia, sino que pone en duda la democracia, de la misma forma que pone en duda que los totalitarismos fueran totalitarios aunque su afán fuera de tal idiosincrasia; finalmente, me parece justo, pues es capaz de ver lo positivo y lo negativo de cualquier sistema político, sea este el Nazismo o el Comunismo o… el «democratismo». Sus juicios de valor, su condena a cualquier ideología, ya surjan éstas de buenas o de menos buenas -o de malas o de más malas- intenciones, son en todo caso serios, meditados y no gratuitos, es decir, no llevados por la pasión o el fervor ideológico, que en este caso no existe.

En este primer punto de este trabajo hablaré sobre el "problema de la Historia". El problema de la Historia es el mismo que existe entre la ciencia en su sentido real y la divulgación científica; en el caso que tratamos la relación sería entre la Historia (aunque debería utilizar el término «historiografía» -concepto polisémico y muy discutido-, que es la ciencia que se dedica del estudio del registro histórico, algo semejante a como la ética se ocupa de la moral) y la Literatura. ¿Cómo es posible esto? La Historiografía (apliquemos a partir de aquí este término como estudio de la Historia y a la Historia como "los hechos del pasado") debe ser objetiva y basarse en hechos y solamente los hechos: la historiografía se encarga de aplicar el método de estudio del pasado. De esta forma la Historiografía puede tratarse como una ciencia, de hecho es una ciencia social que necesita de lo demostrable y a partir de ahí un «método» de trabajo.

Pero si la historiografía no es vista como ciencia por muchos o se ha puesto en duda dicha categoría es debido a la tendencia de aliñar la Historia con la moralidad y las emociones: de esta forma la historiografía pasa a dedicarse casi a algo más bien literario, su objeto no es la historia, sino algo parecido a la historia. Así, nos encontramos con que en la actualidad la historia ha sido sustituida por la divulgación histórica novelada, y eso es una gran ofensa contra nuestro pasado, pues se supone que se aspira a conocer los hechos tal como sucedieron, no tal como se sintieron. Tal vez sirva este tipo de novelas y de historia divulgativa como estudio de una Historia de las Emociones, pero no para un estudio serio de la Historia. Por supuesto, en una «Historia Total» (un concepto «moderno»; podéis buscar información sobre Fernand Braudel o la Escuela de Annales, aunque el concepto se atribuye a Pierre Vilar) los sentimientos son válidos para entender a los «protagonistas» de la Historia -el Hombre-, para ver el calado humano de la Historia (la historia es un fenómeno exclusivamente humano, solamente el Hombre puede hacer Historia y forjársela para luego aplicarle un método de estudio científico mediante la historiografía), pero siempre para someter esos sentimientos al análisis objetivo e imparcial que requiere todo estudio e investigación histórica. Por lo tanto, el testimonio de una persona que ha vivido un momento histórico y que lo cuenta, como es natural, con sus emociones y sentimientos y bajo su escala de valores y moralidad, es también una gran aportación para el estudio de la Historia (y del Hombre), pues su uso equivale al de una estadística o a un papiro, por muy duro que parezca decirlo.

Asimismo, la historia nacida de la literatura contribuye a mantener el pasado en ebullición, en hacerlo vigente, ¡provocando polémicas y contextos anacrónicos en el… «ahora»! Los hombres y mujeres de hoy no nos escapamos del pasado entonces, incluso hay quienes echan la culpa del pasado a los que viven en el presente… ¿no es absurdo? ¿Acaso existen herederos de la culpabilidad? ¿Acaso existe un resentimiento secularizado? ¡La Guerra Civil Española parece que aún no ha terminado! ¡La Segunda Guerra Mundial parece que terminó ayer! (Esto es serio porque parece que se quiere criminalizar a los alemanes y europeos de por vida, ¡cuán desproporcionado es el resentimiento judeocristiano!). De tanto vivir en lo pretérito olvidan construir el futuro: hay quienes viven de las rentas de los abuelos, de los luctuosos padecimientos de generaciones anteriores; incluso hay quienes se siente culpables por lo pasado (y no de su pasado): en una ideología de progreso es obvio que sea la Historia la que genere la culpa, en lugar de lo sensual -como ocurre en el cristianismo-, pues no se olvide que en el Universalismo vigente el Yo no existe y es como si lo que hiciera un Hombre debiera ser pagado por el resto de los Hombres: la Historia convertida en «Pecado Original», «la causa» del Hombre… la causa de todos.

La política hace de lo anterior una bandera mediante la Memoria Histórica. La Memoria Histórica pretende revivir emocionalmente el pasado, celebrar a los héroes de una ideología concreta, además de buscar rédito electoral bajo la escusa de que quieren hacer justicia; y por supuesto, las fosas han de levantarse, pues todo ser se merece un entierro y un homenaje digno- pero eso no me obliga a ceder a las exigencias de consideración, pena y piedad que me piden: yo no soy quien está en deuda. He ahí que toda la emotividad que despierta todo esa parafernalia, unida a esa tendencia de hacer presente el pasado, por lo que el pasado no se va, sino que aún es presente (se consuma así un resentimiento ideológico constante), hace imposible el estudio histórico objetivo: la sociedad y los poderes políticos han establecido unas pautas de conducta, una moralidad y unas vías de investigación determinadas que prohíben sin prohibirlo que la verdad surja en toda su majestuosidad; en cambio, se favorece el trato de favor hacia cierta facción o ideología. En España es patente esta situación entre los Republicanos y los Nacionales, los dos bandos que combatieron en la Guerra Civil Española: ¿no es lo que se hace en la actualizar reescribir la Historia? ¿No es un crimen contra el pasado defenestrar estatuas, borrar calles, etc. para sustituirlos por los héroes del presente, o mejor dicho, los héroes que son venerados por los hombres del presente, llámense estos Azaña, Carrillo o Stalin? Hoy, los primeros -los republicanos- merecen todos los honores, su derrota se vende como una calamidad que solamente ha desencadenado en victimismo, un victimismo que quiere hacer culpable a todos; de hecho la sociedad lo entiende así y siente… pena (sentir pena me parece deshonroso). Sin embargo, los nacionales, que vencieron, son vistos como los malos, y por supuesto sus fallecidos como víctimas de la facción perdedora no merecen el mismo trato en cuanto a Memoria Histórica se refiere (debido a que son considerados por ellos un mal necesario), pues digámoslo ya, ¡la Memoria Histórica es el «Historicismo progre» que pretende cantar sus virtudes sin reconocer sus excesos de sangre! No quieren la verdad histórica, sino su «victoria final», reescribir la historia para aparecer ellos como «los que tenían razón».

La Memoria Histórica, y espero que todos sepan y entiendan a que memoria me estoy refiriendo, se cree pues en un estado de superioridad moral que se abandera con los ideales universalistas (Humanidad, derechos humanos, Justicia, etc.) de la Ilustración y su ideología obrera y social (Marxismo): es una Inquisición moderada que está claro que no te va a matar ni mandar al exilio, pero te hará el vacío y te denostará, te dilapidará como ciudadano con las palabras inmoral, inhumano, egoísta, etc. En definitiva, quien se salga de todo esto -de «la norma»- sufre el desprecio y el descalificativo y, sea dicho de paso, esto provoca que la discusión y el estudio crítico de la Historia sea muy difícil, ya que debido a la existencia de un bando bueno y un bando malo (prejuicio histórico), al situar la moral en la Historia, se pretende determinar ya el juicio sobre la misma: y en la Historia no deben existir «juicios finales», sino un constante dudar y un constante plantearse los hechos para analizarlos de la forma más perfecta posible.

La comprensión del pasado no puede efectuarse desde el horizonte del juicio moral. En el terreno de la historia, la moral se condena a la impotencia, porque se basa en la indignación –definida por Aristóteles como una forma no viciosa de envidia–, una indignación que, al proceder mediante el descrédito, impide el análisis de lo que desacredita. «La descalificación por razones de orden moral –escribe Clément Rosset– permite evitar todo esfuerzo de la inteligencia para entender el objeto descalificado, de forma que un juicio moral traduce siempre un rechazo de analizar e incluso un rechazo de pensar». (…)■
Alain de BENOIST, COMUNISMO Y NAZISMO - «25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)». Ediciones Áltera, S.L., enero de 2005. Pág. 61. Traducción de José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella.

En la Historia no hay buenos ni malos, sino hechos, consecuencias y efectos y por encima de todo Hombres que siempre actuaron bajo sus propios valores: y por supuesto, todos esos hombres te dirían que lucharon por algo «bueno» y por el mismísimo «BIEN» (¿Y qué es el Bien? Pues Dios). Así pues, no es de necesidad llamar asesino a tal o a cual, o dilapidar un sistema político completo por muchos campos de concentración que hubiera y cosas por el estilo, pues ¿acaso se reconocen los llamados "buenos" en toda su maldad? No, pues ellos no son objetivos, ellos no quieren escribir una historia veraz, sino hacerse autobombo y glorificarse en la mayoría de los casos en el presente, pues en el pasado no supieron vencer y ganarse la gloria; y las cosas llamadas "malas" las justifican para convertirlas en un mal necesario… ¡Los perdedores son los vencedores morales del futuro! Al final los vencedores escriben la Historia, pero los perdedores también. No obstante, la Historia no justifica a nadie, o no debería, simplemente pone las cosas en el sitio que le corresponden: para calificar algo hay que demostrarlo… ¡y a ver quién se salvaría de calificativos que suenan moralmente malos en «oídos morales»!

Por supuesto, es de reconocer que si en el caso español los derrotados hubieran sido los nacionales se habría vivido (¿quién sabe?) lo mismo pero a la inversa, pues el cristianismo y su moral han inculcado al hombre el sentimiento de piedad frente al perdedor: de esta forma el cristianismo y sus formas "sin Dios" o "ateas" tienen por méritos propios el carácter de ser una "forma de pensamiento o de vivir la vida" como esclavos.

En definitiva, la Historia científica es objetiva e imparcial, hace una «justicia histórica amoral» (al presentar la realidad tal como es, no como algo interiorizado por el Hombre) al no centrarse en las emociones, en los llantos y en la moral, sino en los testimonios, los hechos, las fechas, las estadísticas y los documentos. Sólo una Historia basada en estos preceptos puede, como dice Benoist, «informar válidamente al presente» sin hacer de ella un instrumento político, religioso o lucrativo.■

(…) Los sistemas políticos tienen que ser juzgados por lo que son, no mediante la comparación con otros, cuyos defectos atenuarían los suyos. Cualquier comparación deja de ser válida cuando se convierte en una excusa: cada patología social tiene que ser estudiada por separado.■
Alain de BENOIST, COMUNISMO Y NAZISMO - «25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)». Ediciones Áltera, S.L., enero de 2005. Pág. 157. Traducción de José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella.

La clase trabajadora nativa española es la auténtica víctima de la inmigración

Observamos día a día como el inmigracionismo es una ideología sostenida por diversos actores sociales. No sólo es la filosofía común a todos los partidos sistémicos y a todos los lobbies inmigracionistas, cuyo inmigracionismo y exaltación general del inmigrante es, obviamente, razón sine qua non de su existencia y recurso privilegiado de generosa financiación pública. También es la ideología del poder empresarial.

Existen una serie de razones económicas para que esto sea así. Como es de sobra conocido, en este sistema capitalista, basado en la explotación y en la usura, el beneficio empresarial, la plusvalía, es el vector que explica el comportamiento empresarial. Y la inmigración masiva es un factor que influye directamente en este beneficio empresarial, siempre en sentido favorable. Veamos esto.

En un primer nivel de análisis, en cualquier país europeo que sufra un proceso de inmigración masiva, España por ejemplo, al incrementarse aceleradamente el número total de trabajadores disponibles, los salarios tienden a descender. Es una ley económica sobradamente demostrada (1). Al haber más trabajadores para cada puesto de trabajo, las exigencias salariales (y de otro tipo) de éstos decrecen. En un segundo nivel, tenemos que, dado que los inmigrantes están acostumbrados a un nivel de salarios netamente inferior al existente en nuestro país, aceptarán de buena gana salarios que desde la perspectiva del trabajador nacional son bajos. Estos trabajadores nativos, a su vez, y por esta causa, si quieren trabajar se verán obligados a aceptar unos salarios más bajos de los habituales en el país. También juega en contra del trabajador nativo la habitual ausencia de cultura obrera y organizativa en los trabajadores inmigrantes. De la bajada de salarios sólo se beneficiará el empresariado, con incremento de la rentabilidad de sus empresas y, consiguientemente, de sus beneficios. Los puestos de trabajo que una mayor inversión empresarial, producto de esta mayor rentabilidad, pueda generar, tan sólo alimentarán, presumiblemente, el ciclo descrito. Además, estos puestos de trabajo serán de mala calidad, precarios. Y aquí tenemos una primera y sencilla explicación del inmigracionismo empresarial. Como contrapartida al citado incremento de la inversión y del empleo que los menores salarios pueden producir, hay que tener en cuenta también las cuantiosas remesas que los inmigrantes envían al extranjero y que suponen una pérdida neta de recursos para España, recursos que si se quedaran aquí incrementarían el consumo, la inversión y el empleo.

Un dato de no pequeña importancia en el análisis es el hecho de que la mayoría de inmigrantes que recibe España son trabajadores no cualificados. Luego la más brutal competencia laboral con el trabajador nativo va a tener lugar precisamente en este estrato del mercado de trabajo. Serán los trabajadores nativos menos cualificados los que más sufrirán la inmigración, si bien, a la larga, la competencia y la consiguiente bajada de salarios para los trabajadores nativos tienden a extenderse a todos los niveles de cualificación y salarios. También sufrirá la competitividad, si tenemos en cuenta la escasa cualificación de los inmigrantes respecto a los nativos incluso en relación a puestos de trabajo de poca cualificación per se. Si incorporamos otro elemento al análisis, como es el hecho de que recientemente en España la producción se ha centrado en los sectores de la construcción y la hostelería, muy sometidos a los flujos y ciclos económicos y con una evolución caracterizada por un fuerte carácter coyuntural, tenemos que el proceso de inmigración masiva sólo puede complicar más las cosas y alimentar crisis económicas y sociales y la inestabilidad.

Pero la presencia masiva de inmigrantes supone un grave perjuicio para el trabajador nativo también por razones distintas al desplome de salarios. Es sabido que la clase trabajadora es la que mantiene casi en exclusiva el estado del bienestar, del que se beneficia la sociedad en su conjunto. Triquiñuelas, resquicios y argucias legales deja el legislador por todos los sitios para que el empresario y toda una pléyade de técnicos a su servicio logren burlar a la fiscalidad. El trabajador está pagando en la práctica todas aquellas prestaciones que el estado proporciona al conjunto del país. Ahora le toca, no sólo mantener por partida doble (es decir, vía plusvalías y vía estado del bienestar) al empresariado y afines, sino también a todo un amplio conjunto de inmigrantes que está en la economía sumergida, o incluso al margen de toda actividad económica, no cotizando ni aportando nada al estado, pero beneficiándose grandemente de lo que éste ofrece. De esta manera, muchos inmigrantes no sólo toman de aquello sobre lo que no han cotizado ni aportado nada, sino que privan de estos escasos recursos a los estratos más desfavorecidos de la clase trabajadora nativa española.


(1) A estas alturas es algo aceptado en la ciencia económica que la afluencia de inmigrantes tiene el efecto de abaratar la mano de obra dado el aumento en la oferta del factor fuerza de trabajo y el consiguiente descenso de su precio, el salario. Esta merma salarial afecta especialmente a los trabajadores menos cualificados. Puede consultarse al respecto la obra de los teóricos del Mercado Dual Peter B. Doeringer y Michael J. Piore, Mercados internos de trabajo y análisis laboral. Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, Madrid, 1985. También para una perspectiva desde las tesis de la teoría del Mercado de Trabajo el estudio de Michael Todaro, El desarrollo económico del Tercer Mundo. Alianza Editorial, Madrid, 1988. Son escasos los materiales publicados que hacen referencia al caso español, lo cual hace más valioso el trabajo de José Vicéns Otero, Impacto económico de la inmigración sobre el mercado laboral. Una revisión. UAM, Madrid, 2003.