Busca y encuentra

SOBRE LIBREPENSADORES



Al escéptico verdadero no le interesa la verdad, pues ni siquiera la busca –cree que no la encontrará, porque ¿qué es la verdad?, ¿qué es verdad?–. Es una actitud de extravío, de desorden, de debilitamiento y volatimiento, de falta de voluntad… semilla de un nihilismo nefasto donde nada es sostenible: debido a tal padecimiento han caído todas las civilizaciones que han sido alguna vez fuertes. Y son críticos, sí, pero no construyen nada sólido: si bien no creen en poder hallar verdad, por ello se encuentran más cerca de la mentira. Sin embargo, frente al que “rebate sin cesar hasta el infinito”, existe un tipo de hombre “crítico” nada moderno, que en busca de la verdad y de sus verdades –y de las mentiras y de sus mentiras– es capaz de construirse a sí mismo y construir alrededor, además de verse a sí mismo y de ver también lo que le rodea; es un modelo de hombre que aunque siembre la duda y la lleve como arma, se le haría poca justicia llamándole escéptico, sonaría a mofa y a insulto; se hace llamar librepensador. Este tipo de hombre tampoco se ajusta al dogmatismo, pues no cree en verdades reveladas, ni en verdades absolutas; tampoco es relativista, porque no hay ni esto ni lo otro, cree que en realidad hay nada o muy poco y que eso es mucho. La verdad se manifiesta en el vacío de las cosas, en lo impenetrable de las esencias, a veces lo superficial puede calar más hondo, por ello quizá sea lo más cierto. Pero entonces, ¿qué es el librepensador? Aquel que ve más allá de cualquier moral, aquel que ve más allá de cualquier justicia, aquel que sospecha de todos, hasta de sí mismo; y téngase a sí mismo como su peor enemigo, pues todo sea dicho: nos engañamos constantemente y lo aceptamos crédulamente.

Ser librepensador no es incompatible con tener ciertas simpatías ideológicas –que manifiesto libremente a veces–, tampoco significa quedarse de brazos cruzados, significa todo lo contrario, significa la constante lucha. Ser librepensador es pensar sin miedo con toda la libertad que sólo uno es capaz de darse. El librepensador no espera que le dejen ser libre para pensar, no cree en las libertades de pacotilla, ni siquiera es aquel que tolera todo. Porque con libertad respeta las demás ideas y a veces hasta quiere aplastarlas e imponerse a ellas. También el librepensador es el más crítico de los críticos, pues critica todo, hasta a lo que se adhiere por momentos: y séase el librepensador el modelo de crítico entre los críticos más peligroso, pues declara la guerra a todos y a sí mismo; proclama abiertamente que no se adhiere ni a nada ni a nadie y que su voluntad actúa a su capricho; así se defiende de engaños y embustes del exterior para poder librar su propia batalla solitaria.■

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA, de Pío Baroja


Pío Baroja (1872-1956) es uno de los más destacados miembros de la denominada Generación del 98 y es considerado por muchos como el mayor exponente literario del siglo XX en el terreno de la novela española. En este artículo nos centraremos en su obra El Árbol de la Ciencia (Ediciones Caro Raggio/Cátedra, 19ª edición, 2004, nº225), publicada en 1911, y concretamente en la transcripción que podréis leer más abajo, de la que extraeremos ciertas ideas y reflexiones, donde se narra la historia de un estudiante de medicina que acabaría ejerciéndola profesionalmente…

En el famoso portal Wikipedia me he encontrado con una numeración que destaca ciertas Características del 98 que se desprenden de la novela que aquí tratamos. Dichas características se resumen en seis puntos:

1. La amargura existencial
2. El hastío
3. La angustia
4. La melancolía del pasado
5. La incertidumbre ante el futuro
6. El cosmopolitismo

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/El_%C3%A1rbol_de_la_ciencia

Dichas características se desprenden claramente en el libro que glosamos, especialmente «la amargura existencial» y «la angustia», que se condensan en la lectura a modo de imágenes desalentadoras y trágicas. Y no es nada extraño, España es mostrada como un país diferente al resto del mundo civilizado, casi incivilizado y absurdo, agarrotado por la moral judeocristiana y por el odio a la inteligencia y el ingenio, donde la vileza y el egoísmo son atributos dominantes. Sin duda, Baroja muestra una España descompuesta y atrasada, ya propensa al desastre y bajo la sombra de un pasado glorioso, dirigida por instintos animales o por la superstición. La patria española, enfrascada en la península ibérica, parece un cadáver político a finales del siglo XIX, cuando ya pierde sus últimas colonias y la poca gloria que les quedaba. Baroja es un hijo literario del desastre del 98, y de ahí nace la angustia, el hastío, la incertidumbre y la amargura, de ahí surge en cierto modo toda una generación de escritores que nos han regalado una de las mejores y mayores literaturas a nivel mundial.


Los parajes de la novela más penetrantes e interesantes son sin duda -al menos para mí-, más que la radiografía que pretende hacer Baroja del populacho desde la narración de la relación de Andrés Hurtado con Lulú o el paraje manchego, las conversaciones entre el protagonista y su tío Iturrioz. Hay retazos de gran filosofía, bajo el influjo de Schopenhauer y Kant, expresados con una gran claridad. La causalidad, el empirismo, el racionalismo, la fe…; por supuesto, todo ello bajo la mirada de un hombre existencialista que asume la realidad como nacida del propio yo y la verdad como unanimidad («Es unánime porque es verdad, no es verdad porque sea unánime» – Ver Pág. 162-165). Casi se deduce que la realidad es una opinión cerebral o de la inteligencia y de los propios sentidos y que la verdad sonsacada de dicha realidad es una voluntad democrática de consenso entre los hombres: el empirismo pasa necesariamente filtrado por la inteligencia o razón puras, y no importa si el resultado es erróneo o falso, sino que sea útil. Me fascina, para qué negarlo, que la realidad tal como la conocemos sea una mera opinión de los hombres, un relativismo o escepticismo que produce vértigo y que dinamita toda esperanza y todo esfuerzo por conocer la cosas tal como son. Es trágico y hermoso esa “invalidez” del hombre; ante el Universo casi parecemos parapléjicos, inmóviles en un punto, inmóviles en el espacio y en el tiempo universales.

Por las múltiples reflexiones del libro a nivel filosófico (cabe destacar la cuarta parte de la novela, Inquisiciones, donde prevalece el diálogo directo –ver nota 74, pág. 180), que dan relieve a las inquietudes del protagonista de la novela, merece ser leído El Árbol de la Ciencia; sin duda, lo que Baroja nos ofrece es algo más que una novela y algo más que su aprecio por la filosofía alemana, es su propia cosmogonía y visión del mundo, además de su particular visión de España y del ser español.

«Poco a poco y sin saber cómo, se formó alrededor de Andrés una mala reputación; se le consideraba hombre violento, orgulloso, mal intencionado, que se atraía la antipatía de todos.

»Era un demagogo, malo, dañino, que odiaba a los ricos y no quería a los pobres.

»Andrés fue notando la hostilidad de la gente del casino y dejó de frecuentarlo.

»Al principio se aburría.

»Los días iban sucediéndose a los días y cada uno traía la misma desesperanza, la seguridad de no saber qué hacer, la seguridad de sentir y de inspirar antipatía, en el fondo sin motivo, por una mala inteligencia.

»Se había decidido a cumplir sus deberes de médico al pie de la letra.

»Llegar a la abstención pura, completa, en la pequeña vida social de Alcolea, le parecía la perfección.

»Andrés no era de estos hombres que consideran el leer como un sucedaneo de vivir; él leía porque no podía vivir. Para alternar con esta gente del casino, estúpida y mal intencionada, prefería pasar el tiempo en su cuarto, en aquel mausoleo blanqueado y silencioso.

»¡Pero con qué gusto hubiera cerrado los libros si hubiera habido algo importante que hacer; algo como pegarle fuego al pueblo o reconstruirlo!»

Pío Baroja. El Árbol de la Ciencia. Ediciones Caro Raggio/Cátedra, 19ª edición, 2004, nº225. Pág. 218


He elegido este texto porque refleja al hombre de voluntad precursora, al incomprendido, a aquel que debe lidiar con las mentalidades pobres, toscas y simples de su tiempo. Un hombre así está abocado a observar atónito la emanación de odios y envidias "sudadas" de los seres periféricos de su vida de forma incomprensible e injustificada. Por parte del incomprendido, o bien nace igualmente el odio o la más guerrera de las indiferencias y se encierra en sí mismo o en los libros; sí, en los libros, un espacio de ideas y pensamientos donde poder encontrar comprensión y fortaleza intelectual. Y es que el hombre reflexivo se demuestra peligroso, pero peligroso en el buen sentido, peligroso para los farsantes, explotadores y déspotas, pues no es un esclavo, sino un librepensador, un aristócrata en el mundo de las ideas.

El texto refleja la vida de los pueblos, donde las habladurías y mala conciencia eran denominador común y el mejor demagogo o charlatán el líder indiscutible, a quien se le hacía más caso que al cura en una misa: ¡cómo no en una España donde la fe estaba por encima de la razón! O al menos así era en Alcolea, pero no seamos piadosos, esa maldad existía y aún sigue existiendo, sólo que soterrada, más sublimada; ahora hay fe, pero en otras cosas: la ignorancia de hace cien años era analfabeta, la de hoy academizada o desenseñada.

Mismamente, la fe es útil porque ofrece un asidero existencial y hace más sencillo el gobernar a los hombres. A Andrés Hurtado le fastidiaba esta idea de sumisión y de mortificación, era un problema para aquella España orgullosa y atrasada, hastiada y sin voluntad: no había laboratorios, ni investigaciones, no había una voluntad por el descubrimiento y la ciencia y por lo tanto, no había voluntad de progreso. España era bastión del cristianismo, pero también de la ignorancia.

La verdad es que me siento muy identificado con Andrés Hurtado. En un pueblo alejado de su tierra natal debió sentir con gran pesadez la hostilidad de los nativos de aquel pueblo manchego de nombre Alcolea. Es difícil describir esa hostilidad por lo foráneo, esa desconfianza por el sincero –cuando de tal ser no habría precisamente que desconfiar nada, es el más noble de los seres-; es, en definitiva, indescifrable -pues uno no sabe por qué surge realmente- esa mentalidad semítica de doblez, prejuicio y picardía en el peor de sus sentidos; y con esto no digo que los foráneos sean sinceros, sino que Andrés Hurtado era foráneo y sincero en Alcolea. Por más que lo intento no encuentro esa mentalidad semítica en la naturaleza, lo que demuestra lo anómalo de tal mentalidad. El hombre español de aquella época, que aún existe, se mostraba semíticamente natural, como si un mono hablara como Pablo de Tarso o las hormigas construyeran Iglesias de forma autómata e instintiva, es decir, sin conciencia: la naturaleza fue sustituida por otra naturaleza edificada por el hombre que acabó siendo igual de natural que la propia naturaleza, pues perdió "su razón de ser primigenia" para convertirse en un "así porque sí", en un incuestionamiento de las cosas, amoral en el peor sentido (por debajo del bien y del mal, pues hablamos de una mentalidad de esclavos). El español era por instinto absurdo y grotesco, infame perpetrador del retraso de la nación, que con tanta vanidad aplaudía defendiéndolo como modestia e insignia de la raza española. ¡Cuánto mal ha hecho la Iglesia a este país!

Sin duda, Baroja moraliza al hombre y a su propio pueblo, lo juzga por el hecho de mostrarse ilógico e irracional como la vida misma e incapaz de comer del árbol de la ciencia. Y lo hace con razón, pues vivir mostrándose de forma natural en un sucédaneo de naturaleza es un error.

Pero bueno, dicho todo esto, animarles a que se lean la novela, pues de ella puede extraerse muchísimo más. Yo, a pesar de toda mi elocuencia discursiva, prefiero pasar a la acción, por lo que me quedo con el “Baroja gamberro y subversivo” -jeje-, y es que ¿a quién no le seduce prenderle fuego a un pueblo (o un banco, o un hipermercado... -jeje-) entero o reconstruirlo?■

PEDRO PÁRAMO, de Juan Rulfo


Juan Rulfo (1918-1986) no fue un escritor muy prolífico, aún así está considerado una de las cumbres de la literatura latinoamericana y mundial. Destacado miembro de la denominada "generación del 52", fue, junto con Borges, una figura de indiscutible referencia literaria. En Pedro Páramo, la obra que nos aventuramos a "hacer comentario", brilla por sí mismo el realismo mágico, género muy dado en la literatura latinoamericana durante todo el siglo XX, en especial a mediados de dicha centuria, donde destacaron figuras como Borges, Carpentier, García Márquez, el propio Juan Rulfo y otros como Reinaldo Arenas. Así pues, Pedro Páramo surge estilísticamente afín a su tiempo; su contenido es otra historia.

Los temas tratados en Pedro Páramo son varios; desde la venganza, encarnada en la voluntad de una madre que le pide a su hijo que se cobre lo que se les debe, la muerte, como elemento omnipresente en cada párrafo, lo sobrenatural, el caciquismo y la religión. Pero si podemos hablar de un tema en concreto hemos de referirnos a "lo rural", elemento temático que impera como tema propiamente dicho y por el que transcurre todo lo demás.

Como es habitual en este blog no voy a desentrañar nada de la historia, sino que me encargaré de abrir el apetito literario, ese apetito que nos empuja al engullimiento de páginas y páginas. Se trata de una obra bastante corta aunque de una dificultad notable en la lectura si tenemos en cuenta su estructura y forma narrativa, que puede despistar al lector primerizo de Pedro Páramo. De hecho, ésta es una obra que requiere de varias lecturas y, como paladar que se adapta a un buen vino, el buen lector debe acomodarse al libro para así saborear toda su belleza y espíritu trágico. Así que, como queda patente, Pedro Páramo es una novela exigente que le pide al lector cierto esfuerzo.

Pedro Páramo es una tragedia, la tragedia de una Comala viva y una Comala muerta. En sí, la muerte no es más que el reverso de la vida, una vida invertida donde aún resisten la memoria y los recuerdos. La pena, el dolor, la infelicidad, la maldad, la revolución… sobre todo ello y más nos habla Juan Rulfo con maestría literaria y una gran imaginación. Es un libro, por así decir, eminentemente emocional, o al menos así me lo parece. Es una historia dura, una historia de muertos que anduvieron vivos, una historia difícil por su calado humano, una historia que va más allá de lo respirable, una historia que narra la realidad de los a priori paraísos rurales... en definitiva, una cita ineludible para el lector con lo real y lo fantástico.■

SOBRE LIBERTAD Y REVOLUCIÓN

Sembrando el terreno para la paz


(Escena creada por el caricaturista cubano Arístides Esteban Hernández Guerrero "ARES")

(...)
- ¡Vaya un mérito!- murmuró Iturrioz
- Enorme, Kant prueba que son indemostrables los dos postulados más trascendentales de las religiones y de los sistemas filosóficos: Dios y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son indemostrables a pesar suyo.
- ¿Y qué?
- ¡Y qué! Las consecuencias son terribles; ya el universo no tiene comienzo en el tiempo ni límite en el espacio; todo está sometido al encadenamiento de causas y efectos; ya no hay causa primera; la idea de causa primera, como ha dicho Schopenhauer, es la idea de un trozo de madera hecho de hierro.
(...)

Pío Baroja. El Árbol de la Ciencia. Ediciones Caro Raggio/Cátedra, 19ª edición, 2004, nº225. Pág. 160.


Siempre he vivido pensando que era libre o que lo que hacía era por una decisión propia, pero al final me he dado cuenta de que todo lo que hago y he hecho ha sido provocado por algo y por lo tanto no ha sido una acción puramente libre. La libertad, siempre tan sobrevalorada por mí, tan sobrevalorada por todos. No hay libertad, y cuando uno entiende eso ya puede, sin embargo, empezar a ser libre, o al menos, más libre que aquellos que padecen la ceguera causada por esa idea, contenida hasta lo más profundo de pasión y por la que tantos mueren y tantos han muerto para nada. Este desengaño me hizo madurar sobrenatura, me hizo ver las mentiras de las democracias, de los ideales, de los salvadores… Si alguien me viene con ideas libertadoras en abstracto sospecho de él, casi cogería una pistola para aniquilarle. El sentirse libre debe entenderse y asumirse como una actitud que reconoce la carencia de tal, así como la capacidad de discernir lo verdadero de lo falso. De esta forma, sólo de esta forma, podremos ser conscientemente libres y realistas. En la vida únicamente se pueden tomar las decisiones que causen un efecto menos dañino o más beneficioso, pues la causa ya viene dada por otros factores, razones o derivaciones. Nuestra vida es, en definitiva, un proceso, un proceso en el que el pasado es una carga demasiado pesada, demasiado inamovible, ¿y cómo se cambia el pasado? El pasado nos determina ya en el presente, incluso cuando ese pasado se ha olvidado. El futuro puede verse, pero siempre en la medida en que se tiene una consciencia y un conocimiento colosal. Así, no fue difícil predecir la crisis actual, de la misma forma que no es difícil predecir la hambruna que acompaña y sigue a todo conflicto bélico. En nuestra vida individual y en la historia, que es el tiempo con sujeto y verbo, es, de esta forma, aplicable esa máxima de causa y efecto. No somos libres, sino una reacción.

Por lo tanto nuestra única libertad viene determinada por la decisión que tomemos, una decisión que a su vez nos determinará aún más y nos hará desembocar a un precipicio, o al mar, o a quién sabe dónde. De lejos, la muerte nos espera alegre. La muerte tampoco es libre, se rige por los mismos mecanismos de la vida, es simplemente un efecto definitivo; su causa: el nacimiento. Esta libertad no es de hecho absoluta, sino totalmente condicionada: ¡o la libertad es total o no hay libertad!

Los demagogos que hacen uso de labia de mercader, abusadores de la «verborrea libertariana», políticos y demás clase carroñera de "guturalidad" estólida, venden ideales al pueblo o, para ser modernos, a la masa. La masa es un concepto totalmente autoritario en el terreno de la opinión, pues en la actualidad se da una situación excepcional si tenemos en cuenta un análisis materialista de la historia, y es que ya no parece haber una antítesis dominante o clara, al menos en Occidente. La masa engloba a todo tipo de seres de diferentes rangos sociales y económicos. Eso sí, hay diferentes clases sociales, pero la masa se ve homogénea e indiferenciable. Y a todos les cala con mayor o menor pasión el concepto libertad. Cuidado con los políticos, cuidado con los mercaderes poseedores de los capitales, si hablan de libertad mejor irse a casa y esconderse debajo de la cama, seguramente bombardearán un país tercermundista.

Y bien, con lo anterior vengo a manifestar que no existe una antítesis entre pobres y ricos, clase media y clase alta o proletariado y burguesía en Occidente, simplemente una mera contradicción, una paradoja de la masa, que salida del horno tiene trozos más tostados o quemados que otros, y, sin embargo, sigue siendo la misma unidad. Una actitud revolucionaria debería salir a quemar el rodillo y exigir o provocar una ruptura de la masa con la tijera, forzar una antítesis, hacer que la historia de occidente se mueva. En la actualidad, Europa vive de su pasado, y por lo tanto está inmovilizada, rendida. Hay que mirar al futuro, pero desde el presente. Es lo que diferencia al utópico del realista activo; ambos miran hacia delante, pero uno desde su lugar, el otro ya tiene los pies donde miran sus ojos. El utópico, de esta forma, sufre de gran incapacidad para transformar el mundo, de esta forma el utópico será el eterno perdedor, el eterno romántico acaparador de novelas, de poesías, de cantos y de películas. Grandes hombres los utópicos, grandes hombres trágicos y grandes paradigmas: ¡victoriosos a su manera pues dan fuerzas a los demás hombres!; pero el mundo de hoy necesita una voluntad triunfadora, una voluntad que no vuele, sino que, con los pies sobre la tierra, haga que todo gire en torno a él. Y aún así, deberíamos tener un mayor espíritu trágico, aunque sea solamente en la esencia, pues avanzar siempre va acompañado de sangre y lágrimas: el sacrificio parece inherente a toda revolución, a toda transformación. Con una mentalidad realista habría sido posible el triunfo del movimiento obrero, hoy en día aniquilado y subyugado al Estado, hoy materializado en sindicatos hambrientos de subvenciones; lo que ha desembocado en el fin de la antítesis que favorecía una lucha por ideales más nobles y en una sociedad profundamente egoísta, enferma y apestada. Y todo sea dicho, olvídense de la derecha, del centro y de la izquierda, eso es otra mentira, otra falsedad demagógica, el enemigo es la clase política en general, que es lo mismo que señalar a la banca, a las multinacionales... ¡sea necesaria una revolución por encima del bien y del mal donde triunfe el sentido común y no una ideología que no abarque la totalidad de la realidad!

La democracia aniquila la voluntad del hombre triunfador. Demasiado carroñera es nuestra clase política, demasiado demagoga, demasiado ser innoble y pútrido. Esto es lo que nos ha dado la democracia. Nos engañan con que el pueblo es depositario del destino de un país, pero es todo mentira, la opinión pública está demasiado manipulada, los bolsillos vaciados o llenos a convenir; de una u otra forma veo que la clase política soborna a la masa. La masa quiere ser panadero o pizzero… El sistema, de esta forma, desde el aceite hasta el agua y la harina, está totalmente corrompido. El revolucionario cismático que recorte la masa y genere la antítesis necesaria para que la historia de occidente se mueva, deberá tener en cuenta el mal estado de los ingredientes. En definitiva, quien dice: “el pueblo es lo peor”, está en lo cierto, pues es el verbo de la clase política, su opinión, su ideal, y por lo tanto, igual de corrupta y carroñera. La civilización occidental es una selva de cemento sin inocencia. En ella, el ideal mercader ha triunfado. Derechos, ideales, pacifismo, políticas de igualdad… ¿Qué es eso? Contradicciones, sólo eso, o, mejor dicho, una bonita mentira, una estratagema para hacer callar.


La única antítesis posible en la actualidad está en manos de aquellos que ven el fin de Europa, aquellos que ven causa y efecto, es decir, antecedentes y sus posibles consecuencias en los movimientos demográficos y económicos. Europa está lejos de parecer triunfadora, sin embargo, se la ve cansada, se vislumbran saqueos de bárbaros como en Roma hace ya más de un milenio y medio. Aunque esto ya sería otro tema, ya desarrollado en parte en mi polémico (para los progres, asimilacionista y demás masa pseudoizquierdista) artículo American Spanish History X, por lo que no entraré en “pelea”.

Volvamos al hombre que habla sobre la libertad. La mayoría de las veces habla el ignorante, convencido de que es libre o de que no lo es y cree en la posibilidad de serlo… ¡quimeras! ¡Pruritos de un esclavo! Como ya hemos dicho, la única forma de ser libres es admitiendo que no es posible, que estamos encerrados en un mundo de causa y efecto. Por ello, creo que es necesario ahondar en la naturaleza de ese utópico sumido en la falsedad, el salvador, el revolucionario demagogo. Es curioso cómo su “causa” es la libertad pero simplemente desemboca en sangre (el “efecto”). Y no seamos ilusos, ¿quiénes luchan por la libertad? Socialistas, comunistas, hasta Franco luchó por una España grande y libre… En fin, qué quieren que les diga, eso de la libertad está ya no solamente sobrevalorado, sino sumamente devaluado. ¡No valdría más la pena que la causa fuera la guerra y el efecto la paz y la libertad entendida bajo mis palabras! De esta forma la paz será duradera, de esta forma un pueblo o una nación o un hombre tendrá una base histórica y una victoria que festejar durante los siglos de los siglos. Sin embargo, hoy luchamos por otros y le hacemos la guerra a otros, y a eso le llamamos libertad, ¡mentira! ¡¿No os dais cuenta de que somos esclavos, de que somos simples voluntades bajo el espejismo de unos falsos ideales desarrollados por el sistema imperante, de que nuestro sacrificio no valdrá nada?! ■