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CICLO "NIETZSCHE Y EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA" (PARTE I/IV)

DE LO MORAL Y LO AMORAL Y
DE LA RAZÓN A LA IRRACIONALIDAD
Por encima del bien y del mal


Me reafirmo aquí en que Nietzsche es en lo concerniente a la vida un verdadero entusiasta, un soplo de aire fresco, un pájaro con vuelo firme e impetuoso en la tempestad, un AFIRMADOR con mayúsculas cuya lectura da como resultado una orgía dionisíaca intelectual y una gratificante y rehabilitadora sensación de bienestar consigo mismo.

¿Qué es la moral? Pues la distinción entre el bien y el mal; ¿y qué es lo amoral? Pues una perspectiva crítica de lo moral; amoralismo ciertamente: la visión de que no hay principio de bien ni de mal moral determinable, y que la vida es irracional en sí misma y decir lo contrario es negarla absolutamente: entender esto es entender a Nietzsche. Por ello el cristianismo es negación de la vida (y no sólo el cristianismo, sino toda visión teológica o ideológica de cualquier índole), pues es sustancialmente moral, e yendo más lejos, moralmente tendenciosa y aniquiladora; ¿y por qué aniquiladora? Pues como diría Nietzsche en su prólogo para la tercera edición de El Nacimiento de la Tragedia (escrito en 1886 de forma tardía, pues dicho título fue publicado en el año 1872) atacando el cristianismo:

(…) la incondicional voluntad del cristianismo de admitir valores sólo morales me pareció siempre la forma más peligrosa y siniestra de todas las formas posibles de una «voluntad de ocaso»; al menos, un signo de enfermedad, fatiga, desaliento, agotamiento, empobrecimiento hondísimo de la vida, -pues ante la moral (especialmente ante la moral cristiana, es decir, incondicional) la vida tiene que carecer de razón de manera constante e inevitable, ya que la vida es esencialmente algo amoral, (…) ¿cómo?, ¿acaso sería la moral una «voluntad de negación de la vida», un instinto secreto de aniquilación, un principio de ruina, de empequeñecimiento, de calumnia, un comienzo del final? ¿Y en consecuencia, el peligro de los peligros?... Contra la moral, pues, se levantó entonces, con este libro problemático, mi instinto defensor de la vida, y se inventó una doctrina y una valoración radicalmente opuestas a la vida, una doctrina y una valoración puramente artísticas, anticristianas. ¿Cómo denominarlas? En cuanto a filólogo y hombre de palabras bauticé, no sin cierta libertad -¿pues quién conocería el verdadero nombre del Anticristo?- con el nombre de un dios griego: las llamé dionisíacas.

Friedrich Nietzsche. El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, año 2004. BA 0616, pág. 33, 34. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

¿Y por qué despojarse de toda moral? ¿Por qué tener una sensibilidad de artista nietzscheano? ¿Por qué encumbrarse a las alturas, tan alto que pueda vislumbrarse lo bueno y lo malo como una masa homogénea, donde la bondad y la maldad, en consecuencia, sean indistinguibles? ¿Cómo entender todo esto? Pues asumiendo que la vida es irracional y que toda conjetura moral es, por lo tanto, una especie de mala hierba que pretende desprender a la realidad de su propia esencia irracional, irracional en cuanto que la existencia (la vida) no tiene ninguna justificación de ser, ni la necesita, pues existe porque ella misma es existencia; en consecuencia, lo moral es siempre la negación de parte de algo, mientras que lo amoral es asentarse en el placer de la vida, un placer que podríamos calificar de libertad nietzscheana, donde todo constituye un elemento positivo para la vida, ya sea aparente o sensible, (ni) bueno, (ni) malo...

(…) tan sólo un dios-artista completamente amoral y desprovisto de escrúpulos, que tanto en el construir como en el destruir, en el bien como en el mal, lo que quiere es darse cuenta de su placer y soberanía idénticos, un dios-artista que, creando mundos, se desembaraza de la necesidad implicada en la plenitud y la sobreplenitud, del sufrimiento de las antítesis en él acumuladas. (…)

Friedrich Nietzsche. El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, BA 0616, pág. 32. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

Nietzsche califica toda valoración artística como anticristiana pero a la vez como opuesta a la vida. Lo hace refiriéndose a El Nacimiento de la Tragedia. Dicho prólogo, del que ya hice referencia más arriba, es ante todo una crítica a esta primera obra de Nietzsche, un Nietzsche aún inmaduro, donde él mismo se regaña por su desliz romántico contagiado en aquella época Goethiana: «Contra la moral, pues, se levantó entonces, con este libro problemático, mi instinto defensor de la vida, y se inventó una doctrina y una valoración radicalmente opuestas a la vida, una doctrina y una valoración puramente artísticas, anticristianas». Para mí supone una contradicción a priori, aunque no me atrevo a aventurarme en este aspecto por mi conocimiento parcial de Nietzsche y asumiendo que este artículo es toda una profanación de su palabra: no quiero ni pretendo hablar como el que sabe, siempre escribo para ver si me entero de algo.

Pero vayamos a la cuestión morbosa, más o menos respondida. ¿Es la vida racional o es irracional? Y respondida esta pregunta, qué menos preguntarnos: ¿Es la vida moral o amoral? ¿Y dónde se encuadra lo inmoral?

Si la vida puede explicarse sin caer en la metafísica o en la especulación (o incluso cayendo en las dos) ésta debería tener por lo tanto un principio racional. ¿Pero toda explicación racional es racional? Esta pregunta parece absurda, pasarse de rosca, pero hasta Nietzsche insinúa que toda moral carece de razón: ante la moral (especialmente ante la moral cristiana, es decir, incondicional) la vida tiene que carecer de razón de manera constante e inevitable, ya que la vida es esencialmente algo amoral; cuando la razón misma (el intelecto) se supone que racionaliza (hace entendible) una acción o la realidad. Esta visión puede aplicarse a la misma naturaleza de la existencia: la razón misma de la vida reside en su irracionalidad, en su incomprensible ser. Sea ésta la filosofía paradójica de Nietzsche.

Asimismo, creo que la perspectiva amoral constituye una moral por encima de la moral y de lo inmoral, que visto desde la postura amoralista constituyen lo mismo sin distinciones. ¿No es en definitiva lo moral e inmoral dos vertientes de a favor o en contra sobre una acción determinada sin posibilidad casi de autocrítica, elemento que si se vislumbra en toda aptitud amoral? ¿Acaso no nos dice Nietzsche que nos despojemos de toda la basura que nos han inculcado, de toda la mala conciencia y odios y hagamos nuestra propia transvaloración, que seamos artistas y creadores? ¿No es en definitiva la transvaloración la manera amoralmente constructiva de acercarse a la verdad de lo aparente, de la mentira, de lo falso, etc. para clarificar la realidad? ¿No es en definitiva Nietzsche un diseccionador moral, un Darwin catalogador de especies morales, un científico de la filosofía? ¿Científico? Pues claro, ¿no parten a caso ambos de la misma realidad?

Pero ante todo hemos de asumir la paradoja de que nadie puede escapar de la moral, ni siquiera el propio Nietzsche; nadie puede estar por encima del bien y del mal en la vida, solamente la vida misma en sí puede estar a esa altura: así de insignificantes somos los seres humanos. Nadie puede ser tan insensible, ni permanecer tan apartado del mundo social como para no tener cierta tendencia a moralizar o ser moralizado (ser objeto de un juicio moral) hacia un lado u otro. Pero aún asumiendo esta paradoja nos encontramos en que una perspectiva amoralista nos sirve como autocrítica, como una forma de ver clara e imparcialmente las cosas, una especie de herramienta de análisis, que lo es, que nos ayudará a tener los ojos abiertos y saber a ciencia cierta que en realidad nada es bueno ni malo, sino que nos parece bueno y malo. La vida es Dionisíaca por ello, y por ello debe tener la Vida nombre de un Dios, pues tan elevado está, tan por encima del bien y del mal. Solamente siendo artistas podremos acercarnos a él, solamente siendo alegres podremos soportar las contradicciones, pero sin olvidar que hasta Dioniso mira Apolo a los ojos y a veces éste último intenta advertir a Dioniso de sus excesos y travesuras.■


ESQUEMAS PREPARATORIOS DE EL CICLO "NIETZSCHE Y EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA"

De Esquemas


De Esquemas

NIETZSCHE Y EL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO


“Nosotros los que conocemos somos desconocidos para nosotros, nosotros mismos somos desconocidos para nosotros mismos: esto tiene un buen fundamento. No nos hemos buscado nunca, - ¿cómo iba a suceder que un día nos encontrásemos? Con razón se ha dicho: «Donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón»; nuestro tesoro está allí donde se asientan las colmenas de nuestro conocimiento. Estamos siempre en camino hacia ellas cual animales alados de nacimiento y recolectores de miel del espíritu, nos preocupamos de corazón propiamente de una sola cosa -de «llevar a casa» algo. En lo que se refiere, por lo demás, a la vida, a las denominadas «vivencias», - ¿quién de nosotros tiene siquiera suficiente seriedad para ellas? ¿O suficiente tiempo? Me temo que en tales asuntos jamás hemos prestado bien atención «al asunto»: ocurre precisamente que no tenemos allí nuestro corazón -¡y ni siquiera nuestro oído!Antes bien, así como un hombre divinamente distraído y absorto a quien el reloj acaba de atronarle fuertemente los oídos con sus doce campanadas del mediodía, se desvela de golpe y se pregunta «¿qué es lo que en realidad ha sonado ahí?», así también nosotros nos frotamos a veces las orejas después de ocurridas las cosas y preguntamos, sorprendidos del todo, perplejos del todo, «¿qué es lo que en realidad hemos vivido ahí?», más aún, «¿quiénes somos nosotros en realidad?» y nos ponemos a contar con retraso, como hemos dicho, las doce vibrantes campanadas de nuestra vivencia, de nuestra vida, de nuestro ser -¡ay!, y nos equivocamos en la cuenta... Necesariamente permanecemos extraños a nosotros mismos, no nos entendemos, tenemos que confundirnos con otros, en nosotros se cumple por siempre la frase que dice «cada uno es para sí mismo el más lejano», en lo que a nosotros se refiere no somos «los que conocemos»...”

Friedrich Nietzsche, La Genealogía de la Moral, Alianza Editorial, Madrid, 1986, octava reimpresión, Prólogo, 1. Páginas 17-18.


“Nosotros los que conocemos somos desconocidos para nosotros, nosotros mismos somos desconocidos para nosotros mismos: esto tiene un buen fundamento. No nos hemos buscado nunca, - ¿cómo iba a suceder que un día nos encontrásemos?”

Afirma Nietzsche que los conocedores no se conocen a sí mismos. ¿Qué puede suponer esto sino que sólo vertemos nuestra mirada hacia lo exterior? El modo de conocer occidental es un modo de conocer para el manejo del mundo; es un modo del conocer práctico para el trato con la ciencia y la técnica y sólo con lo productivo; es un modo de olvido y huida de lo interior.

El universo interior, nuestro más preciado tesoro, queda así olvidado y postergado sine die. El único haber auténtico que transportamos con nosotros mismos, que supone nuestro propio ser, el único haber que no podemos dejar atrás queda olvidado y despreciado: mañana intentaré pensar, mañana analizaré qué me pasa; mañana veré por qué no soy feliz a pesar de tenerlo todo. Así el haber interior, nuestra alma, lo que nos hace felices o desgraciados, queda desatendido por siempre.

¿No es penoso que verdades tan simples e importantes tenga que recordárnoslas un autor que ha sido calificado de ateo o al menos de agnóstico? ¿O será que Nietzsche era más auténticamente espiritual y hombre interior de lo que muchos de sus intérpretes y superficiales conocedores piensan? Alguien que proclamó la “muerte de Dios” o, al menos, de lo que supone la palabra “Dios” -pues también afirmó que creería en un Dios que cantara y bailara- ¿no proclamaría más bien la muerte de lo que supone “Dios” como metafísica, como falsa espiritualidad, como hipocresía de las iglesias y de los religiosos, como odio hacia la vida, como positivismo científico, como abstracción y mundo de sombras intelectuales que se aleja de la vida?

Es aparentemente penoso que nos recuerde estas verdades un autor como Nietzsche; pero no, pienso que Nietzsche era más auténticamente hombre profundo (interior) y amante de la verdad –aunque se equivocase como todo humano- que muchos de los tomados y proclamados como hombres espirituales por aquellos que no se conocen a sí mismos ni a los demás y no piensan con cierta profundidad; por aquellos que toman la vestimenta y los modos por la realidad, el continente por el contenido.

Afirma Nietzsche a continuación que este olvido del conocimiento de nosotros mismos por parte de “los que conocemos” tiene un buen fundamento, el que “no nos hemos buscado nunca” ¿Cómo se va a encontrar el que no se busca? Y añade luego “Con razón se ha dicho: «Donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón»” citando a Jesucristo. ¿No es curioso? ¿No nos hace pensar esta cita que Nietzsche no fue tan despreciativo del mundo interior como algunos autores piensan? Y ello a pesar de que clamase frecuentemente en contra de toda religión constituida y de sus hipócritas representantes.

¡Ah! ¡qué verdad es que “nuestro tesoro está allí donde se asientan las colmenas de nuestro conocimiento”. De este modo nuestras búsquedas están ya lastradas desde el principio por el lugar donde hemos puesto nuestro corazón y por las creencias e intereses previos que nos mueven. ¿Quién negará la formidable intuición hermenéutica que subyace en todo escrito nietzscheano?

Dice nuestro autor a continuación: “no nos entendemos, tenemos que confundirnos con otros”. En efecto, al ser extraños para nosotros mismos, al huir de nosotros mismos, no nos queda otro remedio que tratar de confundirnos con la masa. Tratar de ser masa. Si no, nuestra soledad, al estar solos con nosotros mismos -que somos extraños para nosotros mismos-, sería extrema y todo el mundo huye de la soledad extrema.

¡Qué diferencia con aquel que se conoce a sí mismo, y que, del cuidado, solidaridad y sacrificio por los otros extrae el propio aprecio, de tal forma que no se siente solo cuando está a solas consigo mismo, sino acompañado de la persona que ha querido ser y que está plenamente llena de este cuidado y atención a los demás. Porque quien se da a los demás sin esperar nada a cambio posee el afecto que da, centuplicado en sí mismo.

No sabemos lo que vivimos en cada situación, nos dice Nietzsche. No meditamos sobre nuestra vida. No poseemos ninguna técnica de conocimiento verdadero de nosotros mismos y de conocimiento de los demás; ningún conocimiento de la constitución interior para poder estudiarnos a nosotros mismos. ¿No hay aquí material de sobra para reflexionar seria y profundamente? Bueno, si no lo hacemos se cumplirá siempre en nosotros lo que Nietzsche denuncia: “Nosotros los que conocemos somos desconocidos para nosotros…

GEERT WILDERS O UNA FORMA INCORRECTA DE DEFENDER EUROPA

(Comentario a partir del discurso de Geert Wilders, diputado holandés y líder del Partido para la Libertad de los Países Bajos, en Four Seasons, Nueva York, el 25 de septiembre de 2008, y reproducido por el diario Minuto Digital en http://www.minutodigital.com/actualidad2/2008/10/13/geert-wilders-israel-es-nuestra-primera-linea-de-defensa/. Todas las citas corresponden a este discurso).

A Geert Wilders hay que reconocerle la valentía, pero esta gran virtud debe ir acompañada de otras para que los europeos alcancemos la victoria en el desafío que se nos ha planteado por parte de enemigos poderosos y, sobre todo, más conscientes y organizados que nosotros. El discurso de Geert Wilders, que prefigura una estrategia y una táctica, adolece de errores importantes, hasta el punto de llegar a confundir, en ocasiones, las causas de la decadencia europea y de aquello que nos amenaza, con las posibles respuestas ante ella.
El asimilacionismo es una falsa solución para afrontar la inmigración masiva. Y Wilders lo plantea como solución posible, al menos para inmigrantes no musulmanes.

"Un total de cincuenta y cuatro millones de musulmanes viven ahora en Europa. La Universidad de San Diego recientemente calculó que un asombroso 25 por ciento de la población en Europa será musulmana dentro de 12 años a partir de ahora. Bernhard Lewis ha pronosticado una mayoría musulmana a finales de este siglo.
Ahora estos son sólo números. Y los números no serían una amenaza si los inmigrantes musulmanes tuvieran un fuerte deseo de integrarse"
.

Esto es falso. Si se integraran los musulmanes, el problema seguiría ahí, quizás agravado por un mayor mestizaje. La presencia permanente de estas masas inmigrantes en suelo europeo supone una alteración de hecho del sustrato biológico europeo, y este sustrato biológico forma parte de la identidad europea tanto como su cultura y tradiciones. No comprender eso es no comprender nada del problema al que nos enfrentamos. Hay que considerar a la ideología liberal (económica y política), promotora de la falsa solución asimilacionista, parte del problema y no parte de la solución para Europa. El asimilacionismo le vendrá muy bien a la burguesía para obtener mano de obra barata o para incrementar el ejército industrial de reserva y provocar un desplome de los salarios y un empeoramiento de las condiciones laborales, pero no al pueblo europeo, víctima doble en este caso de la inmigración y del asimilacionismo.
Pero la ideología asimilacionista en Wilders es firme.

“París ha sido testigo del levantamiento en los suburbios de bajos ingresos, el banlieus. Algunos prefieren considerar que se tratan de incidentes aislados, pero yo lo llamo una intifada musulmana. Denomino a los autores “colonos”. Porque eso es lo que son. Ellos no vienen a integrarse en nuestras sociedades, sino que vienen a integrar nuestra sociedad en sus Dar-al-Islam. Por lo tanto, son colonos”.

Los musulmanes son colonos se integren o no en nuestras sociedades. Son colonos porque están aquí, porque son distintos y porque han venido para quedarse. Al igual que los colonos no musulmanes. Pero los primeros, precisamente, en tanto en cuanto no se integran y no renuncian a su cultura, son algo más dignos que otros colonizadores venidos de otras partes. Dignos enemigos, que no significa que sean enemigos honorables (en el Islam el honor es un concepto desconocido, por lo tanto no podrían ser enemigos honorables), algo que hay que tener muy presente al plantarles batalla. Antes al contrario, su religión les enseña el disimulo como táctica provisional mientras constituyan una minoría en el territorio a colonizar. Disimulo que les lleva a no plantear claramente sus pretensiones hegemónicas o a presentarse como una comunidad más en la sociedad que pretenden dominar.
Fuera de esto, tampoco tienen sentido las disquisiciones de Wilders acerca de la bondad o la maldad del Islam. A los europeos es algo que, en sí, no les debería importar. El Islam no es una religión europea. Lo que hay que hacer es dejar de entrometerse en las creencias ajenas y resolver el desorden migratorio que se ha instalado en nuestros países gracias a colaboracionistas de todo tipo y a gobiernos de ocupación que se suceden uno tras otro en su alternancia, pero no en una política alternativa. En la resolución del desorden migratorio y en la defensa de las fronteras europeas de toda inmigración y colonización, no sólo de la musulmana, es en donde hay que mostrarse enérgico e inflexible. También en la promoción de un cambio radical en la esencia del hombre europeo actual, sumido en el nihilismo, y que dé lugar, por ejemplo, a superar el actual cataclismo demográfico. La inmigración masiva y la consiguiente colonización es el más urgente de nuestros problemas como europeos, pero ni mucho menos es el único.

Y, ni el judeo-cristianismo, ni la alianza con Israel son parte de la solución para Europa, sino parte del problema.

“Para defender siglos de civilización. Para defender nuestra herencia. Para honrar nuestros eternos valores judeo-cristianos que han hecho de Europa lo que es hoy”.

Europa ya era Europa antes de la irrupción del judeo-cristianismo en nuestro suelo. ¿O donde queda entonces el legado de Grecia y Roma, por ejemplo? El judeo-cristianismo supone, por el contrario, un elemento religioso e ideológico extraño, llegado de Oriente Medio, y que es uno de los responsables de la situación en la que nos encontramos. Una Europa con valores más aristocráticos, de honor y lucha, precisamente los que casi extinguió el judeo-cristianismo, se defendería mejor que la actual Europa de ideología caritativa, “buenista” y “progre”, de amor irrestricto a cualquiera. Por otra parte, los valores judeo-cristianos no son eternos para Europa. Una Europa judeo-cristiana, es decir, débil, no durará ni cincuenta años más.

“Estamos organizando este evento en Israel para hacer hincapié en el hecho que estamos todos juntos en el mismo barco, y que Israel es parte de nuestro patrimonio común”.

Israel es una entidad estatal cuya existencia actual, como es de sobra conocido, depende de lobbies judíos situados muy lejos de su territorio. Estos lobbies son promotores de la globalización y de la inmigración masiva hacia Europa, como modo de debilitarla, al convertir las sociedades de los distintos países europeos en, por definición, poco cohesionadas sociedades multiculturales. Igualmente promueven la entrada de Turquía en la Unión Europea. También se dedican a perseguir y anatematizar a cualquier fuerza europea que trate de hacer frente a la colonización de Europa. ¿Cómo es posible pactar con ellos? Son parte del problema y una parte no menor. Quizás entre los habitantes judíos de Israel, entre sionistas no internacionalistas, haya algunos que quisieran romper con los poderosos lobbies judíos y acceder por primera vez a una soberanía real, y no delegada, sobre el territorio que habitan, conformándose así un estado que se parecería en algo al resto de estados del planeta. De momento, guardan silencio. Pero, ¿sería factible para el estado de Israel mantenerse sin la ayuda de los lobbies judíos en todo el mundo? Tampoco es posible para Europa llegar a algún acuerdo con organizaciones que tratan de debilitarla desde hace mucho tiempo, ni con el estado que mantienen.

ALBERT CAMUS: El Extranjero


El Extranjero fue publicado por primera vez el año 1942 y supone la obra que coloca en escena al franco-argelino Albert Camus, que posteriormente recibiría el Premio Nobel en el año 1957, tres años antes de su muerte en un accidente automovilístico.

El Extranjero pone bajo relieve el vacío y el absurdo de la existencia, es una expresión de lo meramente material de la vida y de lo superficial de las cosas por muy hondas que estén. Si se atisba cierta profundidad es posteriormente desmitificada, pues no es sino descubrir nuestra superficialidad oculta: lo trascendente debería por lo tanto quedar inaccesible e indescifrable o no quedar al descubierto ante la insípida sensibilidad de un indolente como Mersault, protagonista de la novela que comentamos y a quien todo le da igual. Ni afectos, ni sentimientos humanos, nada, en este libro eso no existe como buena muestra de la deshumanización del Hombre. Todo queda sumido bajo el yugo del absurdo y bajo la premisa “qué más da una cosa que otra” pues nada importa, todo queda bajo el paisaje de la indiferencia. En El Extranjero, la mirada del nihilista es contemplativa, pasiva, casi actúa por mero reflejo corporal, como cuando nos movemos por el susto y actuamos bajo un instintivo manotazo al aire para protegernos de a saber qué cosa invisible. El único sufrimiento apreciable es existir.

Esa prosa clara, concisa, lacónica, no hace más que inquietar al lector de El Extranjero. Te sitúa en un plano de casi atemporalidad, como si los hechos pasaran de un sitio a otro con un chasquido de dedos. Camus nos deslumbra con una prosa descriptiva, brillante en su medida, limpia y sin fisuras. Como buen existencialista, nos adentra en las tinieblas del espíritu humano, un espíritu que actúa sin razón clara, condenado al absurdo de su hacer o a la mentira de un objetivo, de una meta: ensoñaciones del Hombre que quiere darle sentido a las cosas que no la tienen.

Camus representa junto con Sartre una de las más brillantes prosas existencialistas del s.XX y podemos situarlo sin dudar entre los más destacados autores de la Historia Universal de las letras, al ser un referente literario insoslayable y el ojo de una época convulsa no ausente de la famosa Náusea; una época no ausente, en definitiva, de amargura y del sin sabor que deja la sangre. En definitiva, Camus nos muestra en El Extranjero el desencanto, el mismo desencanto de una época que podemos ver reflejada en Sartre o en Hesse, incluso en Cioran y otros más; sus ecos hoy se escuchan con la misma fuerza, sólo que se hace oídos sordos: hoy la esperanza suena con más firmeza que la verdad, y el hombre tropieza una y otra vez... Cada generación lo único que hace es levantarse de nuevo.

Y después de leer El Extranjero quién, con un poco de decencia y de decoro, no puede sentirse un poco extraño entre los hombres, un extranjero en su propia sociedad, una especie de apátrida en el mundo de las ideas; quién puede, en definitiva, resistirse a la idea de que es un extranjero, un hombre un tanto indiferente al obrar común que nos convierte en monstruos ante los ojos de la “normalidad”.■