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EL INCREÍBLE HOMBRE MENGUANTE


El Increíble Hombre Menguante es una maravillosa película en blanco y negro que ensalza al arte cinematográfico como todo un arte con todas sus letras. No sólo su realización resulta maravillosa por su sencillez aparente y trabajadísimos efectos especiales para la época sino igualmente por su calado filosófico. Calificada como de Serie B, fue dirigida por Jack Arnold y proyectada por primera vez durante el año 1957. Está basada en una novela de Richard Matheson, autor de otra gran novela calificada por muchos como esencial y que yo no he tenido el placer de disfrutar, Soy Leyenda, título que también ha sido adaptado al cine. El propio autor de la novela fue el encargado de guionizar El Increíble Hombre Menguante.

La verdad es que no veo mucho cine en blanco y negro pero siento una gran debilidad por el mundo del bicolor cinematográfico. El blanco y negro ensalza más al cine como un arte, ¡¡el cine siempre tenía que haber sido en blanco y negro!! Sin duda exagere, y seguro que sí, pero dicha apreciación cromática no deja de ser ese halo que rodea a cada historia de fotogramas de su piel fantástica, de su piel romántica, de su aura de irrealidad. El cine en blanco y negro, con toda su sencillez, me resulta, en definitiva, entrañable, más divertido y sobre todo menos superficial que el cine contemporáneo, dando más importancia a lo esencial que a la mera estética, lo que no quiere decir que la estética no fuera importante, sino que prevalecía el mensaje, el contenido esencial de la historia que se pretendía contar.

Sin más, creo que debo profundizar en la película. Y lo haré no contándola paso a paso a modo de resumen sino ciñéndome a su esencia, a su mensaje. Y este mensaje no deja de ser otra cosa que una llamada de atención al Hombre sobre su pequeñez; sí, la película trata de la pequeñez del ser humano como tal y en todo su proceso de empequeñecimiento. Un hombre sin trabajo y abrumado por la realidad, Scott Carey, interpretado por Grant Williams, de repente vive la desgracia de encoger debido a los efectos de una extraña niebla. Dicho encogimiento no es solo físico, sino mental y respecto al resto de la sociedad. No existe por tanto mucha diferencia entre La Metamorfosis (a la cual ahora llaman La Transformación, no sé si por distinguir la obra de Kafka de la de Ovidio o porque ésta es la traducción correcta) y la película de J. Arnold, puesto que Gregorio, "convertido en un monstruoso insecto", no dejaba de ser cada vez más insignificante, más abrumadoramente pequeño y “sobrante”. ¿Y cuántos nos sentiremos así de pequeños? El Hombre Menguante está de plena actualidad, más en un mundo de victoriosos y de fracasados, donde los perdedores son apedreados y los triunfadores venerados como faraones; ahora muchos victoriosos que se la prometían felices y sumamente enormes en su vida material menguan y ven cómo hasta su plato de comida les aplasta y tienen que luchar contra las ratas para no ser arrebatados de su último aliento, de su último céntimo.

El Hombre que Mengua es la metáfora de muchos que no saben cómo afrontar la vida, ni saben cómo luchar contra la multitud de obstáculos que se les presenta entre otras muchas cosas. Y no crean que el peligro de menguar no es real, vemos todos los días cómo muchos se rebajan (menguan) en esta sociedad, en este peligroso complejo social lleno de trampas que hemos creado… ¿para qué? ¿Y cómo sucede ese rebajamiento? Sucede de mil formas distintas y a todas horas: a la hora de despertarse, a la hora de ir a trabajar, en el trabajo, etc. En los supermercados vemos a los amansados seres humanos andar con aparente libertad como guiados por un amo invisible, como si fueran perros que van allá donde una mano porte un hueso. ¿Y a caso no hay mayor rebajamiento para el sobrevalorado ego humano que equipararse al olfato de un perro? Y que me disculpen los perros, ellos no son ni grandes ni pequeños, son lo que son y nada más y hacen lo que es debido, lo que se les ha dictado por capricho biológico. En definitiva, el hombre es un ser pequeño y amaestrado, pero un ser que no se abruma, que se llena de delirios de grandeza para paliar el frustrante sentimiento de insignificancia.

Pero ahondemos con mayor análisis en el concepto de empequeñecimiento. Dicho concepto representa la vía del fracaso sin fin: cuando uno piensa que no puede encoger más, que no puede rebajarse más a las obligaciones e imposiciones diarias, ve cómo aún puede caer más hondo, cómo puede ser más estrujado, aplastado y explotado. En la película vemos que representa la presión de la vida sobre el individuo, cómo ésta ejerce fuerza contra el ego humano y cómo a éste (el ego humano) le cuesta mucho más enfrentarse a los obstáculos del día a día. Es como si la vida (social) quisiera que te rindieras y tiraras las armas, como si quisiera que se abandonara la lucha, por eso tanto estrujamiento, tanto obstáculo, para que te canses, para que depongas tu ego y formes parte del mecanizado mundo social.

Siendo concluyente, El Hombre Menguante representa muchas ideas y exige muchos puntos de análisis, pero sin duda alguna es una clara metáfora sobre la insignificancia del género humano, sobre la nimiedad de todo ser viviente y sobre el heroico enfrentamiento del hombre ante, por y contra la vida, ésta última como sustentadora, cobijadora y también enemiga del hombre: sea esta conclusión la mayor de las paradojas existenciales.■


Enlaces de interés:
- Cinefanía: El Increíble Hombre Menguante
- Blog de Cine: "El Increíble Hombre Menguante", una película grandiosa
- Cine Fantástico: El Increíble Hombre Menguante
- La insignificancia del Hombre en el espacio
- La insignificancia de un Ser Humano
- Richard Matheson

CRÍTICA A Y AFIRMACIÓN DE LO REAL: Conociendo a Nietzsche


(…) si Nietzsche es, en primera instancia, afirmador y, en segunda, crítico, ¿cómo armoniza lo segundo con lo primero? ¿En qué medida la empresa crítica llevada a cabo por Nietzsche es compatible con el principio nietzscheano de aprobación incondicional de lo real, con la confesión muchas veces repetida de no acusar jamás ni a nada ni a nadie, ni siquiera a los acusadores, como dice en concreto el aforismo 276 de La Gaya Ciencia? La solución de esta aparente paradoja reside en una distinción entre dos sentidos cercanos pero diferentes de la noción de “crítica”. Criticar significa hoy ante todo poner en duda, contestar, atacar, acusar; en este sentido, Nietzsche no es crítico en absoluto. Pero criticar significa también, y en primer lugar, según la etimología griega y latina del término (Krinô, krittikos, cernere), observar, discernir, distinguir. En este primer sentido, que excluye toda idea de lucha y de combate (“demasiado bien educado para luchar”, decía Nietzsche de sí mismo), Nietzsche es crítico: observador despiadado, pero sin ninguna mala intención, o sea, sin otra intención que la que consiste en ver y en comprender, y de manera accesoria en hacer ver y hacer comprender. (…)

Clément Rosset. La Fuerza Mayor, Notas sobre Nietzsche y Cioran. Acuarela Editorial, año 2000, pág. 95. Traducción de Rafael del Hierro.


La afirmación de lo real en sentido nietzscheano es asumir todo lo que ocurre y todo lo que vemos, todo lo que constituye toda materia (viva o inerte), como expresión propia e inevitable de la vida. Parece un conformismo, pero no lo es: es como asimilar que nos llamamos de tal manera o que somos bajos o altos; no es un conformismo con lo que acontece (pues todo acontecimiento está sujeto a una valoración moral y ética), sino de un asimilacionismo de la realidad para bien o para mal, una realidad que es así porque sí. La vida es irreductiblemente de una forma y cuanto antes asumamos tal situación nos hallaremos en la vida con la cabeza más alta y con una mayor consciencia percibiremos la realidad, de forma que nos podremos defender mejor: es como prepararse para la guerra, la Gran Batalla de la Vida. Y de toda esta percepción de lo real podemos deducir el objetivo mismo de toda la crítica de Nietzsche, que descarta todo tipo de pugilato o de careo, pues todo combate o confrontación constituyen una negación de lo real; así que toda acción activa debería consistir en “observar”, en “discernir” y en “distinguir” con la idea de conocer la realidad en lugar de negarla. Así, toda la crítica de Nietzsche se presenta como una gran labor detectivesca cuyo objetivo es “hacer comprender”, “hacer más consciente o visible lo verdadero”: las cosas pueden cambiarse en medida en que se conocen. En definitiva, Nietzsche no “duda” porque ve la vida con claridad y no “contesta” porque la vida habla por sí sola: él solo mira, observa y escribe, es el auténtico terror de lo aparente.

Si se vislumbra conformismo es por pura incomprensión o por un simple malentendido semántico o contextual. Todo espíritu de crítica, sea de la calaña que sea, es de por sí una postura inconformista y transformadora. Toda la labor de Nietzsche ha radicado en la consecución de la verdad y en el esclarecimiento de las concepciones de la vida para desvelar toda la falsedad en la que hemos vivido y en la que aún vivimos. Y aún así Nietzsche no niega toda voluntad negadora, ni lo falso ni la mentira, pues forman parte de lo real, pero de la misma forma que la alegría yace como superación de la desdicha, lo real y lo verdadero son superación de lo falso y de la mentira. Definitivamente, la labor de Nietzsche supone un camino hacia la verdad, una verdad que aspira a ser absoluta en lo real: el espíritu de Nietzsche no deja de ser en todo momento Voluntad de Poder, una Voluntad transformadora.

Quisiera hacer cierta matización sobre la antítesis conformismo-asimilacionismo que he dado a entender y que creo existe. El conformismo consiste en dejarse llevar por y adaptarse a la realidad tal como se presenta, por lo que si se muestra verdadera o falsa da igual, el individuo la acatará sin contestación. Sin embargo, el asimilacionismo es comprender la realidad, tanto en lo falso como en lo verdadero. Y esto último tiene mucho de transformación, pues a mayor asimilación mayor espíritu de crítica podrá tenerse; ¡y qué gran arma transformadora y de transvaloración!, ¡qué gran arma frente a los censuradores y eliminadores de toda crítica feroz, siempre empeñados en que no pensemos, en que no veamos, en que no les veamos a ellos!

Para concluir, hacer especial hincapié en que la crítica de Nietzsche no es apta para el combate ni para la lucha, su forma de crítica es demasiado sutil, demasiado peligrosa como para constituir un arma idóneo para una guerra convencional. La violencia es producto de pasiones cegadoras que enturbian la razón, por lo que debe eliminarse para que toda crítica sea veraz e imparcial. Alguien con una pistola podrá matarnos de un tiro pero qué vergüenza pasará después cuando se vea desnudo (y quién sabe si opta por la bala por haber sido desnudado antes), esclarecido, desenmascarado por una crítica feroz, cuando escuche los resoplidos y las rugientes onomatopeyas de un león, dentro de las fauces de la verdad.■

Enlace con texto relacionado:
Meditando sobre Nietzsche:
de lo «VERDADERO», lo «APARENTE» y lo «REAL»

CICLO "LA FUERZA MAYOR" (PARTE IV/IV): RESENTIMIENTO

«(…) según Nietzsche, hay dos tipos de rumiantes: los que rumian sin cesar, pero sin lograr digerir (caso del hombre del resentimiento), y los que rumian y digieren (caso del hombre dionisíaco). Malos y buenos rumiantes. Generalmente se interpreta así: el mal rumiante no tiene acceso a la dicha porque está atado al pensamiento de la desdicha, mientras que el buen rumiante accede a la dicha porque supera el pensamiento de la desdicha, porque logra digerirla. Pero no es eso lo que exactamente lo que piensa Nietzsche en materia de rumia. Mirándolo más de cerca, el reparto de los papeles es bastante diferente: el buen rumiante tiene acceso a la vez a la dicha y a la desdicha, mientras que el destino del mal rumiante radica en no tener acceso ni a la una ni a la otra, pues ignora la dicha porque no logra digerir la desdicha, pero ignora también la desdicha precisamente porque no logra digerir su pensamiento. El hombre dichoso tiene acceso a todo, y en especial al conocimiento de la desdicha; el hombre desdichado no tiene acceso a nada, ni siquiera al conocimiento de su propia desdicha. Del mismo modo que el pensamiento de la vida incluye el pensamiento de la muerte, así también, en general, el pensamiento de la dicha –la beatitud- implica un profundo e inigualable conocimiento de la desdicha (…)»

Clément Rosset. La Fuerza Mayor, Notas sobre Nietzsche y Cioran. Acuarela Editorial, año 2000, pág. 51. Traducción de Rafael del Hierro.


Como bien dice Rosset “el buen rumiante tiene acceso a la vez a la dicha y a la desdicha”. El buen rumiante es la imagen del superhombre o del sabio, de aquel que ha superado algo y puede ver con anchura y holgura el paisaje del obstáculo, ya detrás. Qué imagen más lastimosa la del mal rumiante, y ya no sólo porque no supere en este caso la desdicha (ciñéndonos al texto, aunque podría ser cualquier otra cosa), sino por el hecho de que ni siquiera tiene acceso a ella. El mal rumiante es un toro perdido en la dehesa, sin pastor, sin perro… es un ser sin brújula sumido en una confusión y en una barahúnda de emociones que no entiende, ni sabe cómo afrontar. El mal rumiante es en definitiva aquel que no es consciente, aquel que vive en el martirio, aquel que o bien es feliz de esa forma o no quiere ser libre: vive en el infierno sin conocer a sus demonios. Porque seamos realistas, hay quien se siente cómodo en la incomprensión de su desdicha. En este caso la desdicha no se supera, sino que se acepta la no superación: es la abnegación del pusilánime.

En definitiva, el sí a la vida (principio del buen rumiante) se divisa como una confrontación con y posterior superación de la existencia, mientras que el no a la vida (característica del mal rumiante) es un estado de pasividad donde los acontecimientos pasan por encima de su cabeza, aplastándolo, sin conocer el significado de nada.

Pero hablemos del resentimiento. Éste es una emoción característica del mal rumiante, emoción que bien podría calificar a multitud de débiles y de pusilánimes. Es en consecuencia una palabra que describe al hombre de mala conciencia. Éste tipo de hombre se define a sí mismo como un mal, como una razón mala, puesto que representa una moral reducida. Bien haríamos si nos despojáramos de toda emoción negativa, de toda carga: ¿queréis ser un camello?


El hombre resentido es un ser de la espera, un ser de contención y de ebullición de odios. Es un rosal descolorido y sin pétalos, todo un tallo lleno de espinas. No afronta la vida, pues se calla y deja que el odio y la desdicha le corroyan por dentro. Esta aptitud es muy delicada, de hecho constituye todo un peligro, pues éstos, maltratados por egos superiores, encontrarán en su resentimiento los argumentos necesarios para una venganza desproporcionada, o lo que es peor, se convertirán en mártires o sádicos envueltos en sotana o en traje con corbata. Ejemplos hay muchos, de los cuales mejor no decir demasiado: muchos de ellos son venerados y reverenciados, por muchos de ellos se erigen monumentos grandiosos, ¡la mala conciencia se contagia, no entiende de "beatos"! Pero que quede bien claro que la historia está llena de personajes que han llevado sus neuras provocadas por la mala conciencia a términos insoslayables, incluso hay pueblos enteros que viven en el martirologio y licitan acciones inhumanas con argumentos de pobrecito de la historia. Y he ahí que derivamos a la culpa: arma para hacer más grande el pecado, arma del sacerdote y del débil, hoy en día tan bien utilizada por todos y todas, por poderosos y no poderosos. Todo esto ha provocado odios y desconfianzas, pues el hombre no se mira al espejo, prefiere su sombra. Somos alumnos de pusilánimes, no veo rastro de luz, ¡veo mala conciencia y carencia de fuerza por todas partes! Y lo peor de todo es que todo este hilo de estupideces, desde el resentimiento a la culpa, es por no afrontar las cosas, por pura incomprensión, pues como diría Rosset, el hombre del resentimiento, el hombre de la mala conciencia, no tienen acceso a nada, ni a la dicha ni a la desdicha, ni al bien ni al mal… su moral es nula, es un ignorante, ¡y he ahí el mal!

Para concluir esta entrada y este ciclo sobre Clément Rosset señalar que el filósofo francés no dice nada nuevo, como ningún filósofo actual. O eso creo, pues leyendo a Rosset casi interpreto sus palabras como una hermenéutica sobre Nietzsche. No creo que haya que tomar ni a Rosset ni a Nietzsche literalmente, pues la vida se puede afrontar de muchas formas, pero si algo queda claro es que lo importante es no rendirse y que debe tomarse la vida como un juego, como una especie de deporte donde el rival es uno mismo: el peor enemigo.■

CICLO "LA FUERZA MAYOR" (PARTE III/IV): LA ESPERANZA



«(…) Hesíodo, a lo largo de Los trabajos y los días, asemeja la esperanza al peor de los males, a la peste que ha quedado en la caja de Pandora a la libre disposición de los hombres, que se abalanzan hacia ella en la creencia de que ahí encontrarán la salvación y el antídoto contra el resto de los males, cuando se trata de un veneno entre los demás, si no del veneno por excelencia. Todo lo que se parezca a la esperanza, a la espera, constituye de hecho un vicio, o sea, una falta de fuerza, un defecto, una debilidad. Un signo de que el ejercicio de la vida ya no marcha por sí solo, de que se encuentra en una situación crítica y comprometida. Un signo de que falta el gusto por vivir y de que la continuidad de la vida debe en lo sucesivo apoyarse en una fuerza sustitutiva: ya no en el gusto por vivir la vida que uno vive, sino en el incentivo de una vida distinta y mejor que nadie vivirá jamás. El hombre de la esperanza es un hombre que se ha quedado sin recursos y sin argumentos, un hombre vacío, literalmente «agotado»; semejante a ese hombre del que habla Schopenhauer en un pasaje de Parerga y Paralipomena, que «espera encontrar en los consomés y en las medicinas de salud y el vigor cuya verdadera fuente es la propia fuerza vital». Por el contrario, aunque sólo fuerza porque dispensa precisamente de la esperanza, la alegría constituye la fuerza por excelencia –la fuerza mayor en comparación con la cual toda esperanza parece irrisoria, sustitutiva, equivalente a un sucedáneo y a un producto de recambio-. (…)»

Clément Rosset. La Fuerza Mayor, Notas sobre Nietzsche y Cioran. Acuarela Editorial, año 2000, págs. 32, 33. Traducción de Rafael del Hierro.


Bien hace Rosset en recurrir al sabio poeta griego Hesíodo para decir con sus palabras en nuestra era que la esperanza es “el peor de los males”, una especie de fuente en la que muchos beben “en la creencia de que ahí encontrarán la salvación”. Qué fino y qué brusco a la vez, qué sutileza en el verbo y qué abrupto con el ataque hacia el hombre débil: sin piedad, sin temor… pero con certeza de lo que es la fuerza y de lo que es la debilidad. Y qué bien saben los gobernantes, aprendices todos ellos de sacerdotes, de que la esperanza es un arma, un arma de la fe, una especie de promesa sobre algo que no existe: el ofrecimiento de un crédito que todos pagarán con su esfuerzo pero por el que no recibirán a cambio beneficio alguno, pues en eso se queda la esperanza: en la promesa de algo, en un arma de demagogia y de aprovechamiento.

El hombre débil, sin armas, es incapaz de luchar si alrededor merodea el aroma putrefacto de la esperanza, la promesa de que el futuro les aguarde el gran fruto: la felicidad. Hoy en día, más que nunca, nos venden la esperanza como una especie de pócima mágica, una panacea para nuestra existencia material e insípida: seguid adelante, nos dicen, sed optimistas, dicen también, tened esperanza en el futuro, insisten, vuestro gobierno trabaja por vosotros, bla bla bla, no os dejaremos en la estacada, apuntillan magistralmente. Y así habla el político, así hace uso de la esperanza. Son sacerdotes, se aprovechan de los débiles; y aunque no reparten hostias y vino si hablan en un púlpito y a veces dan cerveza gratis en una barra.

La esperanza es la parálisis de la voluntad, es la espera interminable, un esqueleto en representación de un hombre vacío y desecho, una especie de invalido: es el pusilánime por excelencia, un hombre que sustituye la vida, el sí a vivir, por la perspectiva de una felicidad: no es activo, sino pasivo. Sentenciando drásticamente, el esperanzado es un cobarde, un hombre que o bien hipoteca su vida en las ilusiones que cualquier mercader de utopías le vende (político, sacerdote…) o un hombre que espera inmovilizado en un punto la resolución de todos sus problemas, la salvación.

Lo que Rosset nos dice es sumamente importante, la Vida hay que vivirla, hay que ir hacia el objetivo, esforzarse, luchar hasta el final: la felicidad no es gratuita. En una Voluntad fuerte y vigorosa debe residir la mejor de las virtudes humanas.

Pero no crean que estoy sumamente convencido de lo que he dicho, si bien es cierto que me suscribo a cada una de mis palabras, no por ello siento cierto recelo al ver cierta heroicidad en las acciones de personas que viven con esperanza toda su vida (supongo que si veo cierta incoherencia es por una incompatibilidad del significado convencional entre las palabras). Pero hablo de una esperanza activa, no pasiva, de una especie de Voluntad que empuja a ciertas personas hacia la resolución de un problema que todos dan por imposible y que está por encima de toda naturaleza de debilidad. Es más, es en grado sumo una demostración de fuerza, un espíritu de lucha, de guerrero, que solamente atesoran aquellos que no dejan el campo de batalla hasta el final. Para el Hombre de tal esperanza no existe la rendición: no espera inmovilizado ni se vende a las fábulas de los mercaderes, no agarrota sus músculos en una silla ni deja pasar el tiempo sin evolucionar, sino que con resolución y vigorosidad se yergue ante la adversidad para desafiar al destino. Un destino que si bien está determinado no está escrito, es solamente el resultado de las sumas, restas, divisiones y demás aplicaciones matemáticas que se conciben entre multitud de acontecimientos.

En definitiva, lo que nos viene a decir Rosset es que la esperanza, al igual que la alegría, son dos fuerzas, y que ésta última es la fuerza vital por excelencia, al ser el elemento indispensable para hacer la vida soportable. La esperanza es una fuerza sustitutiva de la vida, un aletargamiento del ser: «…la alegría constituye la fuerza por excelencia –la fuerza mayor en comparación con la cual toda esperanza parece irrisoria, sustitutiva, equivalente a un sucedáneo y a un producto de recambio-. (…)»■

CICLO "LA FUERZA MAYOR" (PARTE II/IV): LA ALEGRÍA ILUSORIA Y LA ALEGRÍA PARADÓJICA


«(…) O bien la alegría consiste en la ilusión efímera de haber acabado de una vez con lo trágico de la existencia: en cuyo caso la alegría no es paradójica, sino ilusoria; o bien consiste en una aprobación de la existencia considerada como irremediablemente trágica: en cuyo caso la alegría es paradójica, pero no ilusoria. No debería sorprender que, por mi parte, prefiera el segundo término de la alternativa, persuadido como estoy no sólo de que la alegría logra adaptarse a lo trágico, sino también y sobre todo de que no consiste más que en ese acuerdo con él y gracias a él, pues el privilegio de la alegría, y la razón del especial contento que dispensa -contento único porque sólo él se da sin reserva-, radica de hecho en que ésta permanece a la vez totalmente consciente y totalmente indiferente hacia las desdichas que conforman la existencia. Esta indiferencia hacia la desdicha, sobre la que volveré más adelante, no significa que la alegría no se dé cuenta de ella, menos aún que pretenda ignorarla, sino al contrario, que ésta atenta en ella en grado sumo al ser la primera interesada y a la que primero le concierne; y ello en virtud precisamente de su facultad aprobatoria, que le permite conocerla más y mejor que cualquiera. Por eso, resumiendo en una palabra, diría que sólo hay verdadera alegría si, al mismo tiempo, resulta contrariada, si ésta en contradicción consigo misma: la alegría es paradójica o no es alegría.

De este carácter paradójico de la alegría pueden deducirse tres consecuencias principales:
Primera consecuencia: La alegría es, por su misma definición, ilógica e irracional. (…)
Segunda consecuencia: La alegría es necesariamente cruel, por la despreocupación con que se enfrenta al destino más funesto y a las consideraciones más trágicas.
(…)

Tercera y última consecuencia: La alegría es la condición necesaria, si no de la vida en general, al menos de una vida llevada de forma consciente y con conocimiento de causa, pues consiste en una locura que paradójicamente permite –y es la única que lo permite- evitar el resto de las locuras, mantenerse a salvo de la neurosis y de la mentira permanente.
(…)»

Clément Rosset. La Fuerza Mayor, Notas sobre Nietzsche y Cioran. Acuarela Editorial, año 2000, págs. 28-30. Traducción de Rafael del Hierro.


Esta navidad puede que haya sido la menos navideña de todas las que he vivido. En mi entorno, en las calles, en la gente, en los comercios o en cualquier lugar no veo alegría, solamente un leve quejido en el labio, una especie de tic sonriente, al apoderarse un alguien de cualquier objeto con un valor relativo, pues la mercancía también es perecedera en cierto modo parcial o absoluto: se devalua como la propia felicidad de este siglo, una felicidad de tanatorio, una felicidad de papel moneda.

También parece que la crisis económica ha crispado la consciencia (y la conciencia) de más de uno; se ha propagado una especie de rabieta existencial generalizada por la coyuntura actual y ha abierto los ojos a bastantes personas, es como si se hubiera entrado en una especie de nube o estado alterado de conciencia: «¡Vaya!, empieza a darse cuenta de cosas, razona, piensa... ¡si es que le ha dolido el bolsillo!» Es decir, después de estos años de bonanza y de optimismo que cegaban el previsible futuro turbio, muchos han vuelto en sí y se han encontrado con que ya no pueden seguir el mismo tren de vida, con que su felicidad vale menos: a menor capital, menor felicidad y a menor felicidad, menor alegría.

No crean que felicidad y alegría sean lo mismo. Como todo significante, cada palabra tiene un significado concreto y unos matices únicos: el sinónimo perfecto “no” existe, los sinónimos son semejanzas entre palabras mellizas. La felicidad es un estado de conciencia o de ánimo más bien físico que se manifiesta con el placer de los objetos y con la cercanía de las personas. Por otro lado, la alegría es más eléctrica, es un sentimiento vivo que se estereotipa con la gracia de cada cual mediante gestos, desmesuras, júbilo… La alegría es en definitiva una consecuencia parcialmente intrínseca en la felicidad; elemento éste último detonante del primero, aunque no necesariamente, de ahí el carácter parcial. Cómo no, hay diversos tipos de felicidad, unos de envoltorio, otros de caramelo.


Centrándonos en el texto de Clément Rosset, que creo haber titulado acertadamente, nos imbuiremos de lleno en el término alegría, analizando la dicotomía que distingue el filósofo francés en dicho término: la alegría ilusoria por un lado y la alegría paradójica por otro.

Para Rosset la alegría ilusoria consiste en «la ilusión efímera de haber acabado con lo trágico de la existencia», mientras que la alegría paradójica consistiría en «una aprobación de la existencia considerada como irremediablemente trágica». Ambas definiciones son claras e ilustran el primer párrafo del texto que comentamos.

La perspectiva que ofrece el filósofo francés no es muy conciliadora: o ilusión o asunción pero no una alegría plena; pues lo paradójico de la alegría paradójica (valga la redundancia) es que en su apariencia de alegría total no existe ninguna alegría, debido a que ese tipo de alegría es consecuencia de la superación de lo trágico. Como ejemplo, podría servir la imagen de un soldado pisoteando a su enemigo mientras pasa de un estado inicial de desasosiego a una sonrisa, que sería el estado final de alegría paradójica; el fin es alegre, pero el medio es nefasto. Como diría el propio Clément Rosset, cita que podéis leer en el texto transcrito de La Fuerza Mayor en la primera parte de este ciclo: «(…) Sólo hay alegría total o no hay ninguna alegría (y añadiría (…) que sólo hay alegría total y, a la vez, en cierta forma, no hay ninguna alegría) (…)» A su vez la alegría es una locura que te aleja del resto de las locuras, como bien diría Rosset.

Rosset llega a sentenciar el segundo párrafo de la siguiente manera: «la alegría es paradójica o no es alegría». Parece deducirse que para Rosset la alegría es solamente paradójica en un plano verdadero y que la alegría total está asumida como paradójica en cuanto que ésta (la total) no existe como tal, sino exclusivamente como alegría paradójica. Este tipo de alegría aprueba lo trágico, mientras que la alegría ilusoria (que quiere aspirar a una alegría total) se enfrenta a la realidad de lo trágico, ya sea pasivamente o de una forma más activa. Una es sumisa mientras que la ilusoria vive sumida en la espera: en la esperanza. En el mejor de los casos la alegría ilusoria toma color en ciertos hombres o mujeres que pelean por la utopía y por la felicidad, una felicidad donde solamente existirían las alegrías. Pero según Rosset, esto sería imposible, pues solamente existe la alegría paradójica como única elegría posible.




La alegría paradójica logra adaptarse a lo trágico y solamente es posible gracias a su contradicción con la desdicha, por lo que la alegría es conocedora de su opuesto como dos enemigos se conocen entre sí. Ambos polos se sopesan, ambas se dan significado mutuamente. Pero esa indiferencia a la que nos hace referencia Rosset de la alegría paradójica no impide que ésta no sea consciente. Así pues, y en primera instancia, consciencia e indiferencia son los dos ingredientes esenciales de este tipo de alegría, tal y como se indica en la parrafada dos del texto de forma tan elocuente. En definitiva, vemos cómo existe una influencia hegeliana en la manera de confrontar el filósofo francés los dos tipos de alegría discutidos aquí, aunque parece no existir una síntesis concluyente. Digamos que la alegría paradójica es antítesis de lo trágico pero síntesis en sí misma y de sí misma como única percepción posible de alegría total.

Poco más puedo decir sobre las palabras de Rosset puesto que el propio texto ya habla por sí solo y mi comentario sobraba. Aún así, me atreveré con una última profanación (por hoy) que me servirá como conclusión. La alegría se muestra como condición necesaria para vivir la vida sin caer en la locura y como medio para conocer la realidad de forma consciente con los ojos bien abiertos mediante la insensibilidad, la indolencia y la sangre fría que este tipo de felicidad proporciona. La alegría paradójica es, en definitiva, el punto clave que debe definir a un hombre fuerte emocionalmente, que aún siendo consciente de lo trágico, por lo que no es ajeno a la barbarie (tiene moral), es capaz de asumir la realidad de forma que logra imponerse y sobreponerse a ella para vivir alegremente. Es un sí a la vida, es Voluntad de Poder.■