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Nuestra vida es un molde, un molde existencial. Hemos llenado de cosas todo el vacío que existe en la propia vida y nos hemos creído nuestras propias mentiras. No creer es lo más parecido a ser libre; no vivir… es ser libre. La vida es un suplicio, el mundo se hincha los pulmones para expulsar quejidos pestilentes y el aliento putrefacto de sus sueños. La vida no vale nada, somos el cáncer de un vacío infectado, una extraña anomalía aislada de la naturaleza con pretensiones de deidad.


“Nihilista” es el epíteto atribuido a los cínicos modernos. Irreverentes y sarcásticos no tienen más remedio que vivir con desprecio, incluso con el de su propia vida. Rechazan al hombre, rechazan cualquier cosa, hasta a la nada, que es nada. Emisarios del sinsentido, existencialistas virtuosos y solipsistas por derecho propio, pasean su yo con un claro desencanto y una iluminada desesperanza con cierta consciencia del sinsentido y del vacío oculto en todo lo que nos rodea, siendo forzados a vivir en la infelicidad de cierta verdad.


No hay mayor condición en un nihilista que el desprecio por la vida, que es lo mismo que decir su desprecio por el Hombre; por ello, no hay más condena para un ser de tal naturaleza que tener que vivir como hombre, como hombre en sociedad, siendo cómplice de todas las quimeras y de todas las estupideces vacuas por las que el ser hombre libra una batalla sin cuartel a cada segundo y aniquila sus vidas. El mundo se pudre, somos materia orgánica en descomposición y nadie lo sabe.■

CICLO "UNA TORMENTA DE LUCIDEZ" (PARTE VI/VI): EL «PERRO CELESTIAL»



Para leer el texto completo, pincha en el siguinte enlace: EL «PERRO CELESTIAL»

«No puede saberse lo que un hombre debe perder por tener el valor de pisotear todas las convenciones, no puede saberse lo que Diógenes ha perdido por llegar a ser el hombre que se lo permite todo, que ha traducido en actos sus pensamientos más íntimos con una insolencia sobrenatural como lo haría un dios del conocimiento, a la vez libidinoso y puro. Nadie fue más franco; caso límite de sinceridad y lucidez al mismo tiempo que ejemplo de lo que podríamos llegar a ser si la educación y la hipocresía no refrenasen nuestros deseos y nuestros gestos. (...)

(...) Somos todos ridículamente prudentes y tímidos: el cinismo no se aprende en la escuela. El orgullo, tampoco. (...)

(...) «Sócrates enloquecido», le llamaba Platón. «Sócrates sincero», así debía haberle llamado. Sócrates renunciando al Bien, a las fórmulas y a la Ciudad, convertido al fin en psicólogo únicamente. Pero Sócrates -incluso sublime- es aún convencional: permanece siendo maestro, modelo edificante. Sólo Diógenes no propone nada; el fondo de su actitud y la esencia del cinismo, está determinado por un horror testicular del ridículo de ser hombre. (...)

(...) Que el mayor conocedor de los humanos haya sido motejado de perro prueba que en ninguna época el hombre ha tenido el valor de aceptar su verdadera imagen y que siempre ha reprobado las verdades sin miramientos. Diógenes ha suprimido en él la fachenda. ¡Qué monstruo a los ojos de los otros! Para tener un lugar honorable en la filosofía, hay que ser comediante, respetar el juego de las ideas y excitarse con falsos problemas. En ningún caso el hombre tal cual es debe ser vuestra tarea. Siempre según Diógenes Laercio: «En los juegos olímpicos, habiendo proclamado el heraldo: "Dioxipo ha vencido a los hombres", Diógenes respondió: "Sólo ha vencido a esclavos, los hombres son asunto mío".» (...)

(...) Tenemos que agradecer el azar que le hizo nacer antes de la llegada de la Cruz. ¿Quién sabe si, enjertada en su desapego, una malsana tentación de aventura extrahumana le hubiera inducido a llegar a ser un asceta cualquiera, canonizado más tarde y perdido en la masa de los bienaventurados y del calendario? Entonces es cuando se hubiera vuelto loco, él, el ser más profundamente normal, porque estaba alejado de toda enseñanza y toda doctrina. Fue el único que nos reveló el rostro repugnante del hombre. Los méritos del cinismo fueron empañados y pisoteados por una religión enemiga de la evidencia. Pero ha llegado el momento de oponer a las verdades del Hijo de Dios las de este «perro celestial», como le llamó un poeta de su tiempo.»


Texto titulado El «perro celestial», extraído de Breviario de Podredumbre (Una Tormenta de Lucidez), de E. M. Cioran. Suma de letras, S.L., enero de 2001, págs. 140-144. Traducción de Fernando Savater.

Por fin terminamos este ciclo dedicado a Cioran, Una Tormenta de Lucidez, con esta sexta parte. Hablar sobre Cioran y su obra no ha sido nada fácil, al menos no para mí. Supongo que la profundidad de su pensamiento ha quedado muy poco remarcada en todos los comentarios y ni siquiera me he asomado (ni de refilón) a lo que realmente es Cioran, ni he sabido explicar ni comunicar lo que significa Cioran en sí mismo y para mí, ni lo que supone una filosofía como la de él para el mundo y para la propia filosofía.

Escribir sobre él y el haberme sumergido en sus lecturas desde hace años es una especie de batalla metafísica en la que uno lucha constantemente contra sí mismo, contra los monstruos propios que escondemos en nuestro interior. Después de leer a Cioran uno no puede sino salir a la calle, agacharse al suelo, ponerse delante de unas cucarachas y disculparse ante esos pequeños animalillos, pues nosotros somos igual de insignificantes que ellos, igual de aplastables e igual de escatológicos. Y es que nuestra realidad la hemos llenado de pijotadas, de remilgos burgueses exportados de la vida palaciega, creyéndonos reyes... ¿de qué? Mírense al espejo, vean lo ridículos que somos... Sean conscientes de sus actos, analícenlos y desen cuenta del ridículo tan inconmensurable que hacemos ante la propia existencia. ¡¡¡El Hombre es el único animal capaz de hacer el ridículo!!!; ¡¡¡si algo de nosotros pasa a la eternidad no será otra cosa que nuestra estupidez!!!.

Sin más, he ahí que seleccioné un texto dedicado al cínico Diógenes de Sínope, aquel gran griego, aquel gran perro bípedo, más humano que muchos. Y es que el texto de Cioran me cautiva porque me parecía casi inimaginable que alguien como él, tan proclive a desmontar toda convención y toda norma, fuera capaz de admirar a alguien. Claro, Diógenes enamora por su desprecio por la vida y por las convenciones, por su negativa al lujo y a la zalamería, por tratar a todos por igual y por todo lo escrito sobre él, ya sea leyenda o no. Casi podría decirse que Diógenes era un anticipo de lo que sería Cioran, un primer plato de pureza, es decir, de filosofía sin artificios y sin divagaciones engañosas. Tanto Diógenes como Cioran son cirujanos del alma (o del espíritu, llamémosle de mil formas), hombres que practicaron el nudismo filosófico, mostrándonos al hombre tal como es, desnudito, sin ropajes, tan ridículo como pestilente, tan efímero como glorioso, tan megalómano como… Y claro, para adentrarse en una filosofía que va a desnudarte, que te va a desmontar por completo, se necesita una gran fortaleza, pues parece que no todos están preparados para escuchar sin remilgos ni eufemismos la verdad que se esconde tras el Hombre y tras uno mismo.■

CICLO "UNA TORMENTA DE LUCIDEZ" (PARTE V/VI): COSMOGONÍA DEL DESEO



Habiendo vivido y verificado todos los argumentos contra la vida, la he despojado de sus sabores y, enfangado en sus heces, he sentido su desnudez. He conocido la metafísica postsexual, el vacío del universo inútilmente procreado y esa disipación de sudor que nos hunde en un frío inmemorial, anterior a los furores de la materia. Y he querido ser fiel a mi saber, constreñir los instintos a amodorrarse y he constatado que no sirve de nada manejar las armas de la Nada si uno no puede volverlas contra sí mismo. Pues la irrupción de los deseos, en medio de nuestros conocimientos que los invalida, crea un conflicto terrible entre nuestro espíritu enemigo de la creación y el trasfondo irracional que nos une a ella.

Cada deseo humilla la suma de nuevas verdades y nos obliga a reconsiderar nuestras negaciones. Sufrimos una derrota en la práctica; sin embargo, nuestros principios permanecen inalterables… Esperábamos no ser ya hijos de este mundo y henos aquí sometidos a los apetitos como ascetas equívocos, dueños del tiempo y enfeudados en las glándulas. Pero este juego no tiene límite: cada uno de nuestros deseos recrea el mundo y cada uno de nuestros pensamientos lo aniquila… En la vida de todos los días alternan la cosmogonía y el apocalipsis: creadores y demoledores cotidianos, practicamos a una escala infinitesimal los mitos eternos; y cada uno de nuestros instantes reproduce y prefigura el destino de semen y de ceniza adjudicado al infinito.

Texto titulado Cosmogonía del Deseo, extraído de Breviario de Podredumbre (Una Tormenta de Lucidez), de E. M. Cioran. Suma de letras, S.L., enero de 2001, págs. 152-153. Traducción de Fernando Savater.

Resulta difícil imaginar que el deseo fuera el origen de la vida y de todo el Universo, porque entonces toda nuestra existencia se reduce a un momento de debilidad de alguna deidad desconocida, de una deidad que en medio del vacío deseaba martirizar la Ausencia Eterna con la ponzoña vital. Y dicho esto no pienso que la vida sea necesariamente ponzoñosa, aunque si lo fuera para una remota e hipotética ausencia (haciendo metafísica cualquier licencia imaginativa es legal y hasta coherente); para ponzoña, el hombre para la propia vida, la cual no sabe vivir por ignorancia, por no entenderla, por desconocer lo esencial de su naturaleza.

En el texto de Cioran el deseo se revela como enemigo de la Nada y de las Ausencias. Cuando uno desea la No Vida se ve posteriormente sometido a la existencia vital por medio del deseo, siendo esclavizado por las condiciones de debilidad de la naturaleza inherente al ser humano y por los caprichos de los sentidos: la vista desea tocar, el tacto desea ver... Los sentidos, grandes murallas que emparedan la ausencia en un cerco de Vida, nos atan a la existencia irracionalmente. «(…) la irrupción de los deseos, en medio de nuestros conocimientos que los invalida, crea un conflicto terrible entre nuestro espíritu enemigo de la creación y el trasfondo irracional que nos une a ella.», nos dice Cioran. Visto así, todas las religiones son poco vitalistas, siempre condenando el deseo, incluso deseando (y he ahí la contradicción) el no desear mediante la meditación o la austeridad. Pero eso son pretensiones humanas, porque queramos o no, quien está atado a la vida es por puro deseo de algo, una atadura que puede adquirir mil nombres pero que se rigen por el mismo medio: vivir por ambición: deseo de poder; vivir por amor: deseo de poseer a alguien... Pero incluso el suicidio es un deseo, un deseo de no desear o el deseo de no vivir, y he ahí otro motivo de absurdo, otro motivo de calificar la Vida como locura, pues hasta en el más grande de los actos honorables y de aparente libertad, el deseo hace acto de presencia para invalidar precisamente toda honorabilidad y todo resquicio de libertad; llamemos al acto de no desear el Antideseo. Entonces, ¿cómo ser libres? Pues no deseando; y ¿cómo despojarnos del acto de desear? Pues haciendo todo nuestro obrar consciente, así vislumbraremos toda nuestra impulsividad e irracionalidad; así nos daremos cuenta de si obramos por propia voluntad o por deseo a.

El deseo, en definitiva, nos invalida como seres libres. Reduce la inteligencia al instinto y al Hombre al animal que es. Pero no piensen que el deseo es malo por necesidad, un deseo consciente nos puede atar a la vida como borregos a la hierba pero a la vez hacernos relativamente libres en este mundo demencial e ilógico. Así es como funciona la existencia, así es como la Vida se defiende para evitar un colapso generalizado: el deseo es, en definitiva, el instinto de supervivencia. Como dice Cioran: «Esperábamos no ser ya hijos de este mundo y henos aquí sometidos a los apetitos como ascetas equívocos, dueños del tiempo y enfeudados en las glándulas». Dicho esto, el suicidio, que ya planteamos con anterioridad, parece un problema, pero no es así: el antideseo es un deseo en sí mismo, la antimateria de la Vida, que también se recicla.

Concluyendo, tanto la Vida como la Muerte formar parte del puro hecho de vivir, y como tales, están constreñidos a las cadenas del deseo.■

CICLO "UNA TORMENTA DE LUCIDEZ" (PARTE IV/VI): LA CONSCIENCIA DE LA INFELICIDAD



Elementos y actos, todo concurre a herirte. ¿Acorazarte de desdenes, aislarte en una fortaleza de asco, soñar con indiferencias sobrehumanas? Los ecos del tiempo te perseguirán en tus últimas ausencias… Cuando nada puede impedirte sangrar, las ideas mismas se tiñen de rojo o se invaden como tumores las unas a las otras. No hay en las farmacias ningún específico contra la existencia; sólo pequeños remedios para los jactanciosos. Pero, ¿dónde está el antídoto de la desesperación clara, infinitamente articulada, orgullosa y segura? Todos los seres son desdichados; pero, ¿cuántos lo saben? La conciencia de la infelicidad es una enfermedad demasiado grave para figurar en una aritmética de las agonías o en los registros de lo incurable. Rebaja el prestigio del infierno y convierte los mataderos del tiempo en paraísos. ¿Qué pecado has cometido para nacer, qué crimen para existir? Tu dolor, como tu destino, carece de motivo. Sufrir verdaderamente es aceptar la invasión de los males sin la excusa de la causalidad, como un favor de la naturaleza demente, como un milagro negativo…

En la frase del Tiempo, los hombre se insertan a modo de comas, mientras que, para detenerla, tú te has inmovilizado como un punto.


Texto titulado La Consciencia de la Infelicidad, extraído de Breviario de Podredumbre (Una Tormenta de Lucidez), de E. M. Cioran. Suma de letras, S.L., enero de 2001, págs. 77-78. Traducción de Fernando Savater.


Las palabras de Cioran me parecen siempre una especie de maldición contra el Hombre y un manifiesto sobre su asco a sí mismo, una oda a su Náusea. También son un toque de atención a lo irracional de nuestra naturaleza y a la superfluidad de nuestras vidas.

En esta ocasión, qué podemos responder a la duda de Cioran: Todos los seres son desdichados; pero, ¿cuántos lo saben? Nadie lo sabe a ciencia cierta, algunos lo sospechan y los que se dan cuenta duran poco; solamente unas escasas almas son capaces de sobrevivirse y mortificarse en este cautiverio existencial (conscientemente); tal vez por miedo, tal vez por no querer hacer el ridículo. Cioran, en este caso, consciente de su desdicha, arrepintiéndose (es una suposición) de haber perdido las fuerzas para suicidarse cuando lo planeó con veintipocos años, vivió con mayor mortificación que nadie; fue un monje de la desdicha.

El tiempo, aparentemente eterno, rebosa con toda su densidad en nuestra existencia y nos convierte en seres efímeros e insignificantes. Cuántos nacimientos y muertes en vano guardados en el cajón del olvido... Tanto para nada... Cuántas comas y cuántos puntos, cuántas mayúsculas para empezar las frases... Al final, nos inmovilizaremos como un punto y algunos se preguntarán para qué ha servido su vida, incluso habrá quienes se den cuenta de la Inconsciencia de su Felicidad y de lo desdichados que han sido realmente.

La Consciencia de la Infelicidad es en sí el único estado consciente que podemos alcanzar plenamente si nos lo proponemos, por una razón muy simple y que a mí se me antoja cierta (a otros, tal vez, les resulte ridículo): todo atisbo de felicidad es irracional, por lo que no es consciente en su ejercicio hasta que no se ha vivido y pensamos detenidamente en la dicha; al contrario, la Infelicidad se vive a cada segundo, en su ejercicio, se pega como una lapa en la sien y nos martillea hasta que dormimos (quien pueda dormir). En definitiva, ser feliz en este mundo equivale a reírse en un Tanatorio. Yo uso el «¡ja!», suena a risa y a amargura, a ironía y a desdén, y no va tan desatinado con nuestra existencia, nuestra naturaleza demente.■