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LA REVOLUCIÓN BOLCHEVIQUE DE JOHN REED



Cuando en Rusia se cocía una Revolución, muchos norteamericanos soñaban con una insurrección del mismo nivel que transformara sus vidas, su sociedad, su forma de vida hacia un sistema más humano. Muchos soñaban, en definitiva, con la dictadura del proletariado: la toma del poder de los obreros de la Industria y la apropiación de la tierra para los campesinos mediante la Reforma Agraria.

John Reed, corresponsal de guerra y dirigente obrero, fue un hombre con espíritu bolchevique que conoció a Lenin y que siguió de cerca los acontecimientos revolucionarios desde Petrogrado, el actual San Petersburgo. La película Rojos de Warren Beaty retrata la pericia de este gran hombre, que se convirtió en un héroe en los círculos intelectuales estadounidenses, y no solamente por su trayectoria político-revolucionaria, sino por su trayectoria periodística.

John Reed, en su estancia en Rusia, tuvo una gran actividad, colaborando con el gobierno soviético en nombre de la Revolución. En la película Rojos se ve cómo tenía una gran amistad con Emma Goldman, una anarquista que dio de qué hablar en el movimiento obrero norteamericano. En ambos se podía ver la decepción por Rusia, tanto por lo que estaba representando como por lo que se estaba desencadenando debido a la Revolución: paredones, hambre, pobreza, dictadura... aunque John Reed nunca perdió la esperanza y lucho hasta que tuvo fuerzas como para levantar la bandera revolucionaria y contestar con sus ideas la amenaza capitalista.

Yo siempre me he preguntado qué hubiera ocurrido si hubiera tenido éxito una Revolución Bolchevique en EE.UU. Al final, los poderes del capital aplastaron toda esperanza. Sin duda alguna habría sido el mejor espacio, pues es el país más rico del mundo, donde existe una mayor industria... Sin duda alguna la historia se habría escrito de otra forma y las atrocidades habrían sido distintas. De todas formas, durante la Guerra Fría convivieron dos hegemonías mundiales y se vio cómo en muchos casos actuaban de la misma forma ante un mismo problema: mediante la violencia.

Las ideas solamente suenan bien en los intelectuales, aquellos que rara vez gobiernan; son el germen y la conciencia de todo gran acontecimiento. Los políticos, sin embargo, no son intelectuales, a pesar de las excepciones, pero les gusta utilizar esa palabra para encubrir sus rarezas, sus extravagancias, ¡sus torpezas!, algunos ni siquiera las encubren, pues son idiotas por formación. Se parapetan detrás de los intelectuales, malinterpretándoles y manipulándoles, pues no son originales, miran de frente y a su bolsillo. El político está más hecho a la medida de la palabra guionizada, de la televisión, del protocolo, de los consensos y de las ataduras que constituyen los documentos firmados, y si eso no funciona, sus voces suenan mejor en la guerra, pero desde sus despachos, pues los reyes, los grandes líderes y hombres no son como los de antaño, que luchaban junto a los suyos dando la cara. Y si cazan a un intelectual vivo y lo esclavizan, pues mejor, porque así parece que dan más credibilidad a su estupidez.

Aún así, John Reed era más que un político, era un idealista (que son los más realistas por darse cuenta de los verdaderos problemas y de los grandes engaños) que fue arrastrado por una oleada de acontecimientos, por su propia trayectoria y por sus propios principios, sueños e ideas que quería hacer algo pro la gente humilde. A todos nos gusta soñar y parece que al final de cada sueño hay alguien que te engaña. Parece que lo que distingue a un intelectual del político es que el segundo va cegado por el poder y el primero se desilusiona por la locura del segundo. Y no digamos la diferencia entre intelectual y político-intelectual-verdadero, son astillas de una misma madera y ambos acaban desilusionándose, aunque el segundo ya pierde un poco de credibilidad. Y como siempre digo, ahí están también las excepciones, porque un intelectual puede tomar una decisíón política en el sentido de que su idea puede afectar en la forma en que los demás pueden ser gobernados.

En conclusión, no creo que exista nada más digno que luchar contra la injusticia y a favor de la igualdad, pero no en manos de un político, que hace de ello un programa y empieza a jugar con la ilusión de los demás. Los políticos deben ser servidores, no portavoces, me parece sumamente negligente otorgarles tanto poder. Aún así, parece que alguien debe gobernarnos, y parece ser que nunca acertamos. Gente responsable y comprometida es lo que necesita nuestra sociedad, ¡cualquier sociedad!, no charlatanes de eslogan y foto que solamente sirven para estar colgados en una farola.■

Para saber más:
http://es.wikipedia.org/wiki/John_Reed
http://www.antorcha.org/galeria/reed.htm
http://www.upec.cu/noticias/mayo07/17/07.htm

El Viento que Agita la Cebada

(The Wind that Shakes the Barley)

Era una época oscura, en ella no era extraño ver a los hombres empuñar un fusil para defender sus ideas. No es que estuvieran locos, simplemente eran unos tiempos deslumbrados por la emotividad, por impulsos que llevaron a hombres cegados por la utopía o la barbarie hacia un delirio de destrucción. No hablo de nadie en particular, ni de irlandeses, ni de republicanos españoles, ni siquiera de fascistas o de nazis, sino que hablo de todos ellos. Alguien como yo, desde su cómodo sillón en pleno año 2007, puede que no sepa nada de lo que sufrieron aquellos hombres y mujeres en realidad, pero desde aquí imagino a unos seres que creían que todo era posible y que, por lo tanto, podían cambiar el mundo.

¿Cuánta sangre se derramó en aquellos años? Fue calamidad tras calamidad, parecía que el hombre no sabía hablar, las armas eran mejores consejeras. Hoy en día, en esta sociedad del bienestar, todo es fingido, porque en realidad no hemos cambiado. Los fusiles se sustituyen por otras armas, aunque en otros lugares (en demasiados) del mundo continúan los fusiles... Los paredones de la sociedad del bienestar se encuentran ante el televisor, las neuronas se ponen nerviosas, se agolpan, salta la chispa y adiós inteligencia y cultura. En otras tierras, los paredones siguen como antaño: barro bajo los pies, nervios exacerbados, manos atadas, ojos tapados, el cuerpo erguido; detrás, un grupo de hombres uniformados ponen en su punto de mira al futuro cadáver; suenan los disparos y la víctima cae al suelo agujereada. ¿Sirvió para algo? Mártir le llaman: es el rango de los desgraciados y de los héroes; asesinos llaman a los otros: ese es el rango de los culpables o de los vencedores.

Si algo tengo claro es que no existe memoria histórica que pueda dignificar una pérdida ni homenaje que pueda glorificar a héroes y castigar a villanos. La guerra es el pecado de todos, el hombre no encontrará paz jamás si antes no aprende de sus errores. A mi entender, lo que hay en las sociedades desarrollados no son sino paraísos artificiales a costa de los desheredados, y ya no de la tierra, sino de la dignidad, de los derechos, de la propia libertad, la cual parece no encontrar su lugar en este mundo.

El Viento que agita la Cebada es el título que Ken Loach ha dado a su última película. Este director, mediante un guión elaborado por Paul Laverty, nos traslada a los años veinte de nuestro anterior siglo. Un grupo de campesinos irlandeses se unen para combatir contra las tropas de ocupación del vasto imperio inglés. Se inicia una tremenda lucha a favor de la libertad de los irlandeses y de la independencia de Irlanda. Después de sangre y más sangre y la victoria, los irlandeses empiezan a matarse a sí mismos en una Guerra Civil provocada por el desacuerdo suscitado ante la firma del Tratado de Paz anglo-irlandés que culminó en la consecución del Estado Libre de Irlanda, aunque con ciertas concesiones. Después la sinrazón se totaliza, ¿y valía la pena luchar? Los que antes compartían trinchera caen en la estupidez de emparedarse a balazos los unos con los otros: se vive la paradoja de que toda utopía es imposible porque los hombres son incapaces de ponerse deacuerdo.

Ken Loach es un director con una trayectoria muy clara, en sus películas la denuncia social es inherente. Títulos como Tierra y Libertad, abordando la Guerra Civil española, son un fiel reflejo de su mira política y atrevida. No es un cine espectacular, ni de palomitas, por lo que cada fotograma de sus obras requiere una mirada distinta, una razón verdadera, un imparcialidad absoluta en lo posible.

Ahora mismo es probable que en algún lugar del mundo estén muriendo personas en un paredón; y mientras, todos nosotros, inmutados (algunos con sensación de indiferencia), con cara de idiotas en nuestro paraíso artificial, embotados de bienestar, sin saber cómo actuar ni qué decir. ■

Fragmentos de Don Juan, una historia de Daniel Aragón Ortiz incluído en su libro de relatos Escorias y Cenizas



Ser fiel es algo difícil, frenar el deseo siempre lo ha sido, sobre todo si se es adicto a todos los cuerpos generosamente conformados que no son el propio o el de nuestra pareja. Siempre existe el consuelo del cuerpo prestado gratuita y libremente, el de la amada o el del amado, al cual se debe volver para no enloquecer. Los menos afortunados pueden acudir a aquellos cuerpos que por unas pocas monedas te dan fuertes calores y un orgasmo divertido y placentero. Si la fidelidad no fuera un asunto harto complicado de llevar a cabo sin duda alguna no tendría mérito, ni el amor, que es siempre un sacrificio, no poseería ese gran coste trascendental. Quienes son libres saben donde empieza el placer y el amor y donde se conjugan los dos paraísos a la vez. El placer se encuentra en el gemido, en el alborozo, en una erección o en una vulva húmeda; el amor, o lo misterioso, no se encuentra en nada de eso. Sin duda alguna pueda adivinarse en el gemido, en el alborozo, en la erección o en una vulva húmeda, pero siempre se descubre sin palabras, sin insinuaciones… Las palabras lo corrompen todo, he ahí el peor pecado del hombre: hablar de lo que no sabe explicar, de lo que cree que sabe. (...)

(...) Una mañana de tantas, Don Juan se despertaba porque aún estaba vivo. Se apeó de la cama y se plantó puntualmente en el cuarto de baño para emperifollarse minuciosamente. Poco después, su reloj de oro le dijo que eran las ocho de la mañana y se sintió bien porque era más puntual que sus relojes. Solía despertarse al mediodía, pero hoy tenía una reunión con sus asesores financieros. Delante del espejo se cubrió la cara con espuma para afeitarse con su cuchilla de triple hoja, con la que siempre se daba cuatro pasadas, con tanta precisión y soltura que un corte era un asunto poco probable. Mientras esquilaba su cara percibió una cana que se erguía tiesa y pálida en su cogote. Las demás canas se escondían debajo de un tinte, y Don Juan las odiaba, lograban que se considerara viejo, y cuando se sentía así maldecía al tiempo y el encarcelamiento al que le sometía su deseo imbatible. Luego se bañó con fragancias muy caras que compraba en establecimientos donde únicamente podían entrar personajes con más de dos tarjetas de crédito y con trajes de más de seiscientos euros, lugares donde se le prohibía el paso a perros y cuyos precios enrojecían a más de uno por serle inalcanzables. Se bañaba en esos aromas como una Cleopatra andrógina con su leche de burra, pensaba que así podría vencer al tiempo y que su juventud volvería. Cuando salió de la ducha se engominó el pelo y embadurnó su cara con crema para después del afeitado. Mientras se vestía pensaba en pasar cerca de alguna de las facultades universitarias de la ciudad, por si alguna jovencita era absorbida por el convincente resplandor y la suntuosidad de su porche negro, su traje italiano y su fragancia de barbilampiño. Sólo ellas podían conseguir que Don Juan se sintiera más lozano, más lúcido, más… le encantaba pasearlas y ver cómo llevaban su carpetita con las fotos de sus ídolos, escucharlas hablar de su último móvil, de la minifalda que se compraron, de la canción de moda… pensaba que las jóvenes eran de esa manera, era así como se las imaginaba, así como las vivía. A Don Juan le encantaba formar parte de ese arquetipo de juventud que había inventado; ese era realmente su paraíso, una pubertad ingenua, alegre y sin preocupaciones, pero siempre con forma de mujer, con la forma más digna y pomposa de belleza que el ser humano puede engendrar. Y aunque anhelaba su juventud, aunque deseaba el amor, bien sabía que eran cosas que no podía comprar en ninguna tienda; y a pesar de todo, a pesar de cómo se sentía, sólo tenía cuarentaitantos y aparentaba ser mucho más joven; en cierto modo, sus padecimientos estaban injustificados, si alguien podía presumir de ser joven a su edad era él. (...)

(...) ...a ella no le gustaba sufrir, no estaba preparada para ser poseída por el endemoniado deseo de un enfermo por el sexo. Fue agarrada por la cintura suavemente y arrastrada a una habitación, pero ella, huyendo de intenciones maliciosas, se resistió, por lo que ya no fue agarrada tan mansamente y sí tomada por los pelos o por el cuello, por la ropa… vio su pañuelo de seda destrozado, su falda hecha jirones y su camisa con los botones esparcidos, vio su cuerpo desnudo y sus menudos pechos moverse como la ropa tendida en una terraza bajo la dulce brisa vespertina, pero ella se resistía, intentaba defender su dignidad de mujer, su virginidad… Fue poseída por un deseo inexpugnable, por algo contra lo que ella carecía de fuerzas para vencer. Don Juan entró en las entrañas de Eros desde arriba, desde allí podía ver sus ojos negros como pozos esbozar el salado aroma de la tristeza y sus labios ilustrados con angustia no disimulada; María se resistía, escupía… hasta que llegó un momento en el que ya no tenía fuerzas y se desvaneció. Pero Don Juan seguía tiritando de placer sobre el paraíso carnal que poseía su cuerpo mientras su entrepierna sangraba y dejaba escapar a su virginidad, a su pureza, al premio que aguardaba con recelo para su príncipe después de una magnífica boda gitana, o paya, como fuera. (...) ■

LA BATALLA DE LAS TERMÓPILAS

¿Resuenan los Ecos en la eternidad? ¿Puede el eco perdurar en cada generación e inmortalizar a nuestros héroes? ¿Podemos oír los gritos de guerra de nuestros antepasados para que nos sirvan de energía frente a las amenazas venideras? ¿Cómo se siente un héroe? ¿Qué es y cómo sería estar a la altura de los Dioses?

Leónidas, Alejandro Magno, Aquiles... todos ellos soñaban con ser recordados eternamente, toda acción mala o buena, toda virtud o defecto, me la imagino destinada a ser inmortal. El olvido es estar enterrado en la nada, por ello la vida solamente tenía sentido si aún podías llevar a cabo la acción que te condujera a la gloria; pero para ello debían ser vigorosos, luchar como gigantes o pensar como sabios. ¿No tenía más sentido la vida en aquellos tiempos, donde las vidas de los hombres podían ser memorables y luego ser engrandecidas por los demás, que forjaban la leyenda y la exageración?

Servir a Esparta, un honor, morir en el campo de Batalla, el final más glorioso. Fuertes, firmes, obstinados e impíos, así se levantaban nuestros héroes espartanos, que se hacen mucho más grandes de lo que fueron en realidad gracias a nuestra fantasía, a nuestra adulación, a nuestras ganas de hacer grandes a aquellos que sin duda eran una guardia infalible de nuestra antigua cuna ideológico-filosófica europea. Y con ello me refiero a ese concepto de civilización egocéntrico de justicia y de democrática que se llenaba de legajos de legalidad; tal y como hacen hoy en día nuestras democracias, haciendo uso de su poder e imponiendo sus legalidades, incluso sus sistemas de corrupción, e impartiendo su justicia, sin importar nada más que el beneficio (en lugar del honor) de la acción.

Actualmente, aquellos hombres que luchaban por unos ideales serían tachados de temerarios y de locos, cuando eran unos auténticos nacionalistas, defensores de su patria frente a un invasor extranjero que sin duda los espartanos no habrían dudado en invadir antes si hubieran tenido un contingente mucho mayor de hombres.

Los espartanos no lucharon solos, es decir, había 300 espartanos pero también otros 1100 griegos, 700 de Thespies y 400 tebanos, que lucharon junto a Leónidas, que era quien estaba al mando. Sin embargo, la gloria se la llevaron los espartanos y el traidor Efialtes (quien gracias a Heródoto también se ganó un latido en la eternidad).

Los persas, sin embargo, a pesar de liquidar a todos los griegos que allí se sacrificaron menos (supuestamente) a dos supervivientes, Alejandro y Antígono de Esparta, han quedado mal parados en la historia contada por Heródoto. No conozco ningún escritor persa que narrara los hechos desde su propia óptica; así, si hubiera tales escritos persas, tal vez los trescientos podrían ser cinco mil y el supuesto ejército de entre 250 mil y un millón de efectivos de Jerjes podría resultar que solamente era de 100.000. ¡La historia la escribe los vencedores y en aquella guerra la victoria fue para los griegos!.

De todas formas, supongo que en estos casos vale más la leyenda que la propia realidad. Aún seguimos recordando las hazañas de nuestros antepasados y por ello creo que pueden sentirse felices. Nos seguimos emocionando y estremeciendo por la épica de nuestros héroes; desgraciadamente, hoy en día es difícil de encontrar a alguien que luche por honor, o por amor, o por lealtad. Hoy en día los hombres no son de palabra, no son nobles: su acción se destina únicamente al dinero. Por ello, supongo que los hombres de antes eran más grandes que nosotros, eran mejores, pues al menos ellos tenían un espíritu más fuerte, más sacrificado y abnegado. Pero ya se sabe, en aquella época el oro también tenía su curso y con ello surgían la corrupción y las traiciones. Al final, lo único que ha perdurado es lo malo de nuestros antepasados (se ha demostrado que lo malo siempre es más sostenible por requerir a nuestra naturaleza un menor esfuerzo o sacrificio, es como si el hombre tuviera una inclinación natural hacia lo inmoral y de dudosa justicia), ¡esas prácticas espúreas!, en lugar de ese espíritu fuerte y heroico que daba a los hombres esperanzas y que demuestra que todo podía ser afrontado y vencido, ¡pero con voluntad!.■

Para saber más:
http://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_las_Term%C3%B3pilas
http://www.dearqueologia.com/hoplitas.htm

CIORAN, SU BREVIARIO Y LOS FANÁTICOS



Mi admiración por el filósofo rumano Emil Michel Cioran no es por estética esnobista o por extravagancia, sino por complicidad, por tener en su voz mi propio mensaje pero con una lucidez plena. Tal vez suene petulante lo que ya he escrito pero no puedo evitar que sea así. Aún recuerdo un día en el Instituto, tendría unos dieciocho años, cuando mi profesor de filosofía se dirigió a mí y me dejó un libro, diciéndome: «léetelo, esto deja a Nietzsche en ridículo en cuanto a contundencia». Así fue como conocí a Cioran y su libro Breviario de Podredumbre. Reconozco que no lo leí entero, era demasiado para mí entonces, tan claro, tan esclarecedor…

En él encuentro a un guardián de la desesperanza, la voz de un hombre que es “un destructor de valores”, de lo establecido, del propio hombre. Su desprecio por la vida es la antítesis de la vitalidad nietzscheana y sin embargo los dos son estandartes de un nihilismo que para mí, como para Nietzsche (o así creo), debería suponer una forma de destruir los valores establecidos para luego, mediante la voluntad de poder, crear unos nuevos valores (la transvaloración) que devendrían de la mano del hombre nuevo, del superhombre, que no se deja esclavizar y que es dueño de sí mismo. Sin embargo, Cioran basa su nihilismo en su esencia más pura, no como un camino, sino como una forma de vida por sistema y una certeza, pues en ella se basa toda su filosofía, que a la vez es existencialista porque nace de su propia vivencia. No es escéptico, ni relativista, Cioran derrumba todo, cuando dice NADA es nada, es negar todo, hasta negar la negación, hasta negar el propio nihilismo; su teleología es el propio vacío: la esencia de todo nihilismo auténtico.

Siempre he sentido inquietudes y he tenido ganas de conocer. Mi curiosidad me llevaba a la reflexión desde fechas muy tempranas en mi vida, creo que antes que adulto ya fui un aprendiz de filósofo forjado en el noble ejercicio del pensar. Y no es vanidad, ni estoy auto-biografiándome, simplemente supongo que solamente un ser solitario puede adentrarse en las palabras de Cioran, que en un principio pueden resultar vertiginosas, sin sufrir demasiado.

Pero adentrémonos en el texto, palabras con las que se inician Breviario de Podredumbre. Está parcialmente y por eso tantos puntos suspensivos. Nunca olvidaré su contundencia, el impacto que supuso en mí en una primera lectura, ¡Cioran es el único escritor-pensador que me ha dejado con la boca abierta!

Genealogía del fanatismo

En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas. (…)

(…) Incluso cuando se aleja de la religión el hombre permanece sujeto a ella; agotándose en forjar simulacros de dioses, los adopta después febrilmente: su necesidad de ficción, de mitología, triunfa sobre la evidencia y el ridículo. Su capacidad de adorar es responsable de todos sus crímenes: el que ama indebidamente a un dios obliga a los otros a amarlo, en espera de exterminarlos si rehúsan. (…) No se mata más que en nombre de un dios o de sus sucedáneos: los excesos suscitados por la diosa Razón, por la idea de nación, de clase o de raza son parientes de los de la Inquisición o la reforma. (…) Los verdaderos criminales son los que establecen una ortodoxia sobre el plano religioso o político, los que distinguen entre el fiel y el cismático. (…)

Me basta escuchar a alguien hablar sinceramente de ideal, de porvenir, de filosofía, escucharle decir «nosotros», con una inflexión de seguridad, invocar a los «otros» y sentirse su intérprete, para que le considere mi enemigo. (…)…los fanáticos torturan y los «idealistas» arruinan. (…)

(…) El fanático es incorruptible: si mata por una idea, puede igualmente hacerse matar por ella; en los dos casos, tirano o mártir, es un monstruo. No hay seres más peligrosos que los que han sufrido por una creencia: los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a los que no se ha cortado la cabeza. Lejos de disminuir el apetito de poder, el sufrimiento lo exaspera; por eso el espíritu se siente más a gusto en la sociedad de un fanfarrón que en la de un mártir; y nada le repugna tanto como ese espectáculo donde se muere por una idea... Harto de lo sublime y de carnicerías, sueña con un aburrimiento provinciano a escala universal, con una Historia cuyo estancamiento sería tal que la duda se dibujaría como un acontecimiento y la esperanza como una calamidad...

E. M. Cioran. Breviario de Podredumbre. Suma de letras, S.L., enero de 2001, págs. 29-34. Traducción de Fernando Savater.

El fanatismo es un tema que hoy en día resulta de una actualidad clamorosa. Pero… ¿Qué es el fanatismo? ¿Tal vez una tendencia del hombre hacia la violencia provocada por el uso exacerbado e indebido de los ideales?; ¿Y cómo se forja a un fanático? ¿A través del significado que el hombre establece a un ideal que requiere de la violencia para tener sentido y ser defendida? En el primer párrafo del texto ya nos advierte Cioran del génesis de toda religión o doctrina y, sea dicho de paso, de todo vehemente: el fanático es en sí mismo el creador de toda doctrina o ideología, o así se podría interpretar a través del texto. Pero las ideas no pueden hacernos daño por sí mismas, no son ellas las fanáticas, sino que es el hombre quien hace de ella un arma de fuego que acaba finalmente manchándose de sangre, dando lugar al fanatismo y a la barbarie: «En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo», diría Cioran.

En nuestros días vemos como en todo el mundo árabe y en otras zonas de nuestro orbe se están creando los caldos de cultivo para la generación de exaltados con la voluntad de perder su vida si es necesario: no existe arma más mortífera, ni más peligrosa ni más letal que aquel ser que no teme por su vida. ¿Pero quién contribuye a todo ello? No solamente unos hombres volcados en lucrarse y defender sus propios intereses, para lo que proyectarán en ella sus llamas y sus demencias, sino un drama humano donde convergen la pérdida, el hambre, el sinsentido y la tristeza, que obligan a muchos hombres y mujeres a esa lucha sin cuartel, a esa lucha fanática por curar su dolor y perpetrar su venganza. La Yihad no es otra cosa que una venganza del mundo árabe a nivel popular, sentida y deseada por muchos, y una lucha de intereses petrolíferos y de carácter energético a nivel de élites que luchan por un trozo del pastel. Son esas élites las que forjan a los fanáticos, los que provocan la desgracia para que los inocentes luchen por ellos. Y en estos términos, tanto Occidente como el resto del mundo tienen mucho que decir, mucho de culpables y seguramente muy poco perdonable.

Sin más, que sirva el texto de Cioran como una invitación para reflexionar sobre el fanatismo y la propia barbarie y sin razón que emerge, se crea y se proyecta a través del ser humano. ■