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CAPITALISMO Y ESQUIZOFRENIA (IV): El desenlace



Eran las ocho de la mañana y mis ojos habían sido conquistados por las legañas. Tuvo que ser mi madre quien me despertara; ese ser malintencionado que dice hacerlo todo por tu bien y que no se da cuenta de que es solamente por el suyo. Me trajo de nuevo a la realidad de la misma forma que me parió, por la vía estrecha, con brusquedad y rudeza, con un testarazo en la cabeza.

Según iba despertándome iba acordándome de que mi novia me esperaba para ir de compras, que mi jefe también me esperaba para darme órdenes y regañarme por estupideces, que mi psiquiatra me esperaba igualmente para que le contara mis problemas y medicarme. Así, progresivamente, iba olvidándome del apacible sueño que me envolvió en un utópico placer repleto de cordura y paz y, por lo tanto, me reencontraba con mi asquerosa vida, que daría un gran giro: me tocaba mover ficha, era el día de La Revolución.

Iba a cambiar mi vida por otra y sin embargo seguiría siendo yo mismo. Ya bastaba de aguantarse con lo que hay, de que todo fuera porque sí o porque siempre se ha hecho, ahora seré yo quien mande, seré yo el dueño de mis decisiones, hasta mis errores serán bienvenidos si son míos, si nacen de mi olvidada independencia. Necesito mi vida, necesito la propiedad más preciada que puede tener un hombre: la libertad y su tiempo.

Desayuné impaciente, deseando quedar con mi novia para llevarla de tiendas y acabar de una vez con su bonita pero detestable presencia. Estar junto a ella era como tener la portada de una revista pornográfica siguiéndote a todas partes o la muñeca hinchable de una despedida de soltero, ¡cuando alguien la contemplaba solamente podía pensar en llevársela a la cama debido al apacible hormigueo que provocaba! Pero yo alcancé a enamorarme de ella y aún me pregunto qué pude ver detrás de tanto brillo y de tanta lentejuela y silicona, de un agujero y de una garganta profunda; supongo que lo mismo que aquel que se compra un coche de lujo con los ojos cerrados, de no ver nada se olvida de cuánto chupa.

A las nueve y media abrimos juntos el gran centro comercial de la provincia, donde lo que no se encontraba era porque no existía. Mi novia sonreía como una tonta y movía sus preciosos pechos al ritmo de sus pasos firmes y medidos, contoneando su trasero igualmente con una cadencia tan hipnótica que podría caerse todo a su paso del placer que irradiaban. Se creía mejor que nadie, la reina del mundo, una auténtica diosa. Y a lo mejor lo era, pues no era humana del todo, puesto que estaba construida en parte con silicona; era un prodigio arquitectónico.

Miraba cada una de las tiendas del centro comercial, una a una, de forma que el tiempo pasaba para mí lento como en una misa, y es que en realidad esto de ir de compras con una mujer compulsiva-consumista tenía mucho de peregrino, de mártir, de simple. Tienda y tienda, tienda y más tiendas, y mientras tanto, mientras pensaba en escabullirme y terminar con todo, me preguntaba: ¿cómo es posible que sobrevivan tantos negocios vendiendo cosas inútiles?

La labor de rastreo y búsqueda de algo para ponerse para lucir de mi novia era concienzuda y aplicada, por lo que aproveché para dedicarme plenamente a mi plan, un plan que no había sido desarrollado pero que tenía fecha de ejecución. Me separé de mi novia en una de esas tiendas del centro comercial, ella por un lado y yo por el otro. Me quedé observando y ojeando con cierta curiosidad la ropa masculina. Era una ropa que evolucionaba hacia la feminidad, hacia rasgos no característicos de la masculinidad y sí de ese nuevo tipo de hombre llamado metrosexual; cada vez todo más marcado, cada vez todo más pegado, es como si los hombres tuvieran que ir de cintura para abajo asfixiados, tal y como consiguen ciertas mujeres, embutiéndose en pantalones de una talla menos sólo para marcar un culo fabuloso, para ponerlo en pie, puesto que sin el dichoso pantalón la estría se manifiesta gloriosa y la grasa hace caso de las leyes de Newton y de Einstein y de toda la física conocida.

Sentí una mano en el bolsillo de atrás. Cómo no, era mi novia, que buscaba mi cartera, donde dormían mi tarjeta de crédito y mi carnet de identidad. Pero de golpe escucho la voz de un hombre:
- ¡Señor!, ¡esa puta le quiere robar!
- ¿Esa puta?, ¿dónde?- me dije en voz alta: «conoce a mi novia a la perfección», pensé.
- ¿Se encuentra bien?- me preguntó aquel señor caído del cielo con gesto de idiota, ese cómplice de mi revolución sin saberlo, al verme pálido y sorprendido.
- Sí, sí, me encuentro bien, gracias, pero un poco nervioso. Me quiso robar pero… ¡por favor, no se quede mirando, quite las manos furcias de esta mujer de encima mía, que me está dando asco!- grité imitando a una maruja horrorizada.
- ¡Pero cariño, qué dices!- dijo mi novia sorprendida, que aún no me había quitado la mano del bolsillo de atrás, cayéndosele al suelo un vestido de doscientos noventa y nueve coma noventa y nueve euros que agarraba con sus zarpas de distinguida aristócrata bastarda.
- ¿Le conoce a usted, señor?- dijo el de seguridad dubitativo.
- ¡No!, ¡pero por favor!… ¿no ve como viste?, ¡debe ser cleptómana o algo peor, seguro que su foto sale en los anuncios de teléfonos eróticos!- dije defendiéndome y un tanto ofendido.
-¡Quite sus manos de ahí ahora mismo!- ordenó el segurata con voz imperativa y fuerte a mi novia, que se quedó inmovilizada, perturbada y con una actitud sumisa ante el hombre de seguridad sin creerse lo que estaba sucediendo.

He de reconocer que ahora siento cierta pena, pues no me gusta ser cruel con nadie, pero en una revolución, en una guerra, a veces se deben tomar decisiones que ayuden a los demás a escarmentar. Mi novia, desde entonces mi ex, empezó a llorar mientras que el hombre de seguridad se la llevó… ¡a saber dónde!. Sigo llamándola mi novia, pero solamente en mis momentos solitarios, pues quiera o no he de reconocer que era un juguete fabuloso y mis manos aún la recuerdan.

El primer golpe culminó en victoria, uno de los frentes había sido sofocado y ahora tenía que dirigirme a otro campo de batalla, esta vez en mi puesto de trabajo, donde me esperaba mi jefe con los dientes chirriantes. Entré a las tres de la tarde y observé cómo todos mis enemigos estaban en su sitio: mi jefe en el despacho vigilando con el rabillo del ojo y los clientes comprando como monos que trepan a los árboles en busca de plátanos.

Cuando me aburro me encanta poner a los clientes caras de animales. Algunos y algunas van con cara de gasterópodo: son los que se quedan babeando con cosas que nunca podrán tener; otros y otras poseen rostro de sanguijuela: son los que se quedan pegados a la ropa y al final parecen que no pueden evitar venir a mi caja y comprárselo, chupando de la visa y del préstamo; los que menos y más divertidos son los de cara de cerdo: gente gordita y sin complejos que quieren vestir como los flacuchos, enseñando los ombligos o marcando paquete; pero luego están los de cara de caballo: que son gente fina y pseudo-opulenta que vive del aparentar, a quienes no les importa gastarse un sueldo entero en un jersey; y finalmente, los más peligrosos, los de cara de hurón: suelen ser muy delgados, escurridizos, la higiene escasea en sus vidas, por lo que su olor corporal es repulsivo; suelen llevar cazadoras de cuello alto en verano y siempre salen corriendo cuando les ve el de seguridad. Y claro, también están los y las de cara de víbora, que suelen estar en las joyerías, o los de cara de perro, que suelen ser los policías, los de seguridad, etc.; pero dejemos para otro momento este juego de las caras, al final a todos se les quedaba cara de idiotas cuando llegaban a fin de mes.

Habría preferido tener a una jefa, porque uno siempre sueña con que le den por culo a su jefe y si fuera una mujer ese trabajo sería más fácil, lo podría hacer yo mismo. Mi jefe no es que fuera malo, con los demás se portaba bastante bien; seguramente la culpa fuera mía, puesto que soy incapaz de pelotear y menos de agacharme para que me dé los empujoncitos: el que haya pasado por el aro no quiere decir que consienta que pasen por el mío. Como pueden imaginarse, mi superior era “persona afecta a su mismo sexo”, lo cual no era un problema; es una condición sexual muy respetable y que siempre defenderé porque así sea, pero eso no quita que no pueda enfrentarme a uno de ellos, que encima resultaba ser mi jefe: una auténtica verdulera de cuidado, que más que un hombre que amaba a los hombres, parecía una mujer con rabo.

Pensaba en cómo joder a mi jefe y a los clientes sin llegar a nada claro. Pero entre las cinco y las siete siempre me quedaba solo en la tienda porque mi jefe se da unas bocanadas de aire fresco y saliva caliente con su novio. Así que no me lo pensé, esta revolución debía ser a lo grande y me lo tomé a la antigua usanza.

El centro comercial donde trabajaba suponía el sesenta y cinco por ciento del negocio en ropa y en cosas inútiles de la ciudad, pues el treinta y cinco por ciento restante pertenecía a otros negocios repartidos por otros lugares u otros centros comerciales más pequeños. Iba a destrozar ese sesenta y cinco por ciento y aunque me quedara sin trabajo iba a resultarme una tarea satisfactoria que me dejaría tal cual, un poco más feliz si cabe, como nuevo. Me fui al cuadro eléctrico de la tienda y provoqué un chispazo echando agua y un líquido muy inflamable, lo que produjo que el almacén se convirtiera en todo un infierno. Salí corriendo de la tienda sin avisar e hice lo mismo en el resto de los establecimientos, siempre con el cuidado de que nadie me viera y con el atenuante de que pertenecía al gremio y en mí, supuestamente, se podía confiar. Ardieron los almacenes de los cuarenta y cinco locales, uno a uno iban apagándose misteriosamente las luces, únicamente respeté las cafeterías por pura desgana. Si el humo ya se notaba al poco tiempo, no fueron hasta la media hora cuando se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo de verdad. Los seguratas no sabían a dónde ir, los extintores no funcionaban porque estaban vacíos y de pega para pasar las inspecciones, ¡las alarmas anti incendios no existían! y los clientes corrían y corrían por todas partes pero se quedaban clavados en la puerta de entrada-salida del centro comercial, puesto que les había encerrado y de allí no podía salir nadie.

Fui a mi casa y puse la televisión. En esa caja se dijeron varias cosas sobre lo que pasó, incluso se barajó la posibilidad de un atentado terrorista, aunque nunca sabrán realmente la razón de todo. Afortunadamente no hubo víctimas y me sentí muy satisfecho por todo el trabajo realizado, pues supongo que aquellos borregos consumistas no volverían por allí en años y sentirían un temor psicológico inevitable al entrar en un gran centro comercial. Pero me cargué el sesenta y cinco por ciento del negocio de moda y cosas inútiles, ¡ese sí que fue un gran golpe! Entretanto, mi jefe y yo nos quedamos en el paro temporalmente porque la empresa no podía hacerse cargo de nuestros sueldos. Según me dijo la empresa, me llamarían de nuevo cuando todo se solucionara y la reconstrucción fuera completada.

A veces pienso en mi jefe, me lo imagino gimoteando como un caniche, consolándose con su rabito sobre su almohada de seda, bebiendo de la saliva caliente de su amado y concibiendo experimentos de proctología. Y no me daba pena, sentía un fuerte placer imaginándomelo.

Apagué la tele porque debía ir al psiquiatra y ya me estaba dando demasiado dolor de cabeza. Él sería mi último objetivo, un objetivo que una vez cumplido supondría mi liberación definitiva y el triunfo absoluto sobre todos los males a destruir señalados en mi plan. Nadie me preguntó jamás sobre lo sucedido en el centro comercial, nadie me molestó con lo que le hice a mi ex novia, salí limpio y triunfador de todas mis batallas y atentados, y así sería hasta el final.


Cogí mi coche y me planté puntual en la sala de espera de la consulta del psiquiatra; una sala cuadrada, sobria, con un suelo cubierto de baldosas claras y una pared tapizada con tonos celestes; y, sin embargo, a pesar de mi puntualidad, no me libré de esperar unos cuartos de hora antes de que llegara mi turno.

En ese pequeño y recoleto lugar otros seres empobrecidos de espíritu acudían al loquero como si éste fuera un mesías que les fuera a aportar la felicidad. Ese licenciado de pacotilla que se llamaba vanidosamente doctor y que cobraba una fortuna por cada una de sus citas se dedicaba a comer la cabeza a esos seres más conscientes que los cuerdos, seres que sabían de los errores de la vida, de un algo más que está ahí, de la propia creación y de esa monstruosa maquinaria que mueve a todo el Universo. Ese doctor estaba siendo un pastor, un domesticador de mentes despiertas, de seres atacados de vida, enfermos por exceso de tiempo acumulado en este mundo a veces insoportable. Incapaces de ser felices, de autoengañarse, iban al loquero a por sus drogas, a embaucarse en una felicidad construida químicamente en los laboratorios, con la única finalidad de ser como los demás.

Aquel doctor tenía la fabulosa tarea de “curar” al ganado, de llevarlo por una buena vereda, de hacerlo sumiso al sistema. Después de tanto tiempo averigüé sus intenciones, entendí sus terapias, supe al fin que no estaba equivocado, sino que los demás, incluido el psiquiatra, me querían dentro de su ramal de borregos para tenerme sin pensar, pasivo y falsamente feliz.

Llegó mi turno y nada más entrar a la consulta y ver al doctor, le dije: «Llevo varios meses sin tomar sus pastillas, unas me hacen ver cosas raras y otras me adormecen, ¡me vuelvo más loco tomándomelas!, así que prefiero vivir siendo un desgraciado, no ser como los demás». El psiquiatra, sorprendido, intentó hacerme sentir culpable alegando que él se desvivía por mí, que estaba preocupado, que aquello que le decía era una noticia horrible y que echaba por tierra toda la terapia que experimentaba conmigo; pero no consiguió nada de mí, no consiguió ablandarme, y menos hacerme sentir culpable. «Veo que es imposible meterte en el buen camino», me dijo el doctor. Le asentí con la cabeza confirmando sus palabras y luego llevé a cabo mi consumada venganza para concluir en un triunfo pleno y definitivo. Me dirigí a él y le empujé contra su silla, luego le tiré al suelo y le inmovilicé con unas cuerdas de tender que había en el maletero de mi coche. Volví a sentarle derecho; levantarlo no fue tarea fácil, pero una vez en esa posición le metí en la boca una a una todas sus pastillas, todas esas píldoras que me había recetado. Al principio se resistía, pero le daba golpes en la cabeza cada vez más fuertes y acababa tragando. Fue divertido verle en aquella situación, escucharle proferir voces con la boca atiborrada sabiendo que nadie le escucharía, pues el muy idiota había cavado su propia tumba insonorizando al cien por cien la habitación para no escuchar los dementes alaridos de sus pacientes que provenían de la sala de espera. Finalmente -tenía poco tiempo porque al rato aparecería la secretaria diciéndole al licenciado que era el turno de otro trastornado mental-, cogí el mejor ron de su bodega personal y se lo mezclé en el estómago junto con los dos botes de píldoras que le obligué a tragarse.

Al principio parecía mareado, luego se quedó absorto y alucinado, finalmente cayó al suelo, convulsionó como unas maracas y murió. Empecé a reírme, pues fue divertido y mi Revolución había sido gloriosa y triunfante. Para no dejar rastro de mi estancia allí borré mi nombre de su libreta, poniendo en su lugar el nombre del cliente anterior. Cuando la secretaria se hizo eco de lo que pasó en el cuarto salí corriendo, robando antes la libreta donde se detallaban las horas y los nombres de todas las consultas y que la secretaría había dejado olvidada en su escritorio. La destruí y nadie supo jamás de mi estancia en aquel lugar aquel día maravilloso, pues el doctor no creía en el milagro de la informática y continuaba a la antigua usanza, con lápiz y papel. El día de mi revolución, sin saber cómo ni por qué, la vida parecía estar de mi parte.

Quizá debiera seguir vengando, tal vez mi revolución requiera de otras purgas, de reventar otros estamentos recios de la sociedad, como la familia, la banca, la bolsa, los seguros, la Iglesia… pero me contendré por ahora, pues la sangre ha manchado mis zapatos y ahora debo limpiarlos. No soy yo el culpable de todo esto, esta sociedad necesitaba un escarmiento, un mensaje de miedo, algo a lo que temer para que se dieran cuenta de sus errores. Desde que los dioses y el propio Dios dejaron de ser aterradores la voluntad del hombre ha declinado hasta llegar a la decadencia de nuestros días, donde no hay grandes hombres y mujeres, donde no existe ese ansía de lucha por la libertad y la liberación, sino un espíritu de sumisión falto de grandes valores. No se trata de volver a ser griegos o romanos en el campo de batalla, no se trata de revolver en el pasado y de resucitar el honor y la gloria tal y como se entendía en la antigüedad y en la Edad Media, se trata de hacernos más fuertes y valerosos, de crecernos como gigantes ante esta oleada de veneno, de decadencia, que nos está catapultando hacia un futuro desolador, yermo y vacío.

Y ahora soy feliz y a pesar de todo me siento absurdo. He conseguido mi objetivo y mi vida ya no tiene sentido, ¡me siento idiota! Es paradójico pero en la felicidad encuentro el final a toda epopeya, a toda gran acción, ¡no existe vida en la felicidad, todo es placer empalagoso y sin profundidad!; y no es que me rinda, no es que no quiera luchar, simplemente este tiempo que me ha tocado vivir no acepta a los espíritus revolucionarios.

Durante los períodos de paz la historia no se mueve, el hombre es un ser cavernario, un ser en estado de vigilia, durmiente, no existe arte en su esencia, no inspira en los hombres los grandes valores. En una vida de felicidad total el hombre perdería todo el interés por lo que hace, por lo tanto el hombre decaería y sería el fin de la historia y de todo arte. ¡Y quién sabe si sería así; yo estoy al menos convencido de ello! En definitiva, no existe nada bello en un hombre feliz, en él todo se para, es preferible sentir el dolor y el hambre, la pérdida y la ausencia de paz y libertad; durante toda la historia del hombre se ha podido entrever cómo han sido las únicas dolencias que han provocado a su vez que se eleve esplendorosa la esencia más bella del ser humano.

Mañana me acercaré a un puente, miraré abajo y me tiraré. Lo de mirar antes abajo no es por miedo a las alturas, sino por no caer encima de alguien que pudiera impedir mi suicidio. Moriré plenamente feliz y dueño de mí mismo; estoy convencido de que un ser es plenamente libre cuando es dueño hasta de su propia muerte, así que me arrojaré y expiraré en esta vida definitivamente en plena orgía de felicidad, en total éxtasis de jolgorio interior para acabar con mi historia. No quiero que me recuerden, la eternidad ya tiene demasiados ecos, así que me conformo con haber quedado bien conmigo mismo. HASTA SIEMPRE.■

A LA DUDA ETERNA

(poema extraído de la primera novela de Daniel Aragón Ortiz, La Nada y El Olvido)

No sé quién dijo:
Hoy me he visto en lo más profundo
y he sentido como encendía muchas luces.
No sé quién dijo:
Dios ha muerto sin haber nacido.

Unos miran engañados hacia sí mismos,
otros avanzan sin fe
¡libres! hacia su verdad.
Quién tiene razón hoy día,
a quién debemos escuchar;
dónde está el redentor si alguna vez lo hubo.

No sé quién dijo:
Tú eres una gran aventura,
no hay fe ni penitencia que te lleve al cielo;
¡Ojos para dentro!:
así grita quien anhela libertad.

Lloro cuando me miro al espejo
y pienso que debo dejar de soñar;
a veces pienso que estoy perdiendo
y que sólo eso, eso nada más, son las manos
que, sin compasión, me corroen y asfixian sin piedad.

No sé quién dijo:
Detesto al hombre
y maldigo al ser humano;
no sé quién dijo:
somos humanos sin ser.

Y aún sigo sin saber,
sin saber quién llegó a la conclusión
de que nuestra existencia es una duda eterna
que veo en mi cabeza a cada instante
como si fuera un sueño perpetuo.

LA GALLETA DE DIODORO

Creyó en virtud del absurdo, pues las conjeturas
humanas hacía mucho que se habían agotado.
Sören Kierkegaard, Temor y temblor



La Alameda del pueblo se encontraría vacía si no fuera porque a través de ella, como cucarachas sobre las paredes, cruzaban unos jóvenes entre correteos y bocinazos con sus disfraces de pirata y si en uno de sus bancos no se encontrara el joven Diodoro, de unos veinti-casi-treinta años, con una galleta sobre la palma de su mano sin la menor intención de comérsela.

Los jóvenes desaparecieron, aunque aún se les podía escuchar en la lejanía, lo que demostraba que la fugacidad de los acontecimientos tenía su resonancia y a veces se recordaban: ¿no es acaso la memoria el eco del pasado que nos martillea? ¿No es el pasado un montón de pisadas muertas, sucesiones de cadáveres? Seguro que Quevedo me contaría mucho sobre estas cosas, solamente las mentes sombrías y los seres solitarios que se hacen amigos de galletas (cuyas mentes, sea dicho de paso, no son menos sombrías) son capaces de entender tal calamidad metafísica.

A Diodoro le habían dicho más de dos veces gilipollas y por eso sabía que era inteligente y que no tenía que temer al resto de las mentes débiles y pusilánimes, carentes de valores, perdidas en un nihilismo árido y apestoso. Mientras tanto, observaba a las personas que cruzaban por las calles disfrazadas un poco aperplejado. No hacía falta ser un psicólogo o estar cuerdo para argüir que quienes se disfrazaban lo hacían de aquello a lo que querían aspirar o de aquel a quien envidiaban. Era poner un velo a la careta de todos los días. Y por eso, Diodoro, irónico, sabía con certeza absoluta que Los Hombres del Mundo no tenían un rostro verdadero, sino un careto que no se quitaban ni a la hora de dormir.

El suelo estaba sucio, el ambiente estaba perturbado por un ruido semilejano y el aroma del aire era espeso y se encontraba cargado de idioteces. Ante Diodoro el mundo se plasmaba tan decadente como una caída al vacío; para él, la humanidad solamente tenía dos destinos: el primero era ser absorbido por el retrete, el segundo ser recogido por el camión de la basura. ¿No son calamitosas las ideas que se rumiaban detrás de la frente de Diodoro? No había ser más patético en el mundo, en todo él solamente convivía la lágrima y el azufre. Decadencia, caos, barbarie… esos eran sus calificativos para la humanidad. Niños mimados, adolescentes idiotizados, padres despreocupados, profesores desquiciados haciendo el papel de padres, capitalistas agoniosos, idealistas captadores de débiles, politicuchos demagogos aprendices de cacique, curas hippies, hippies curas, estrafalarios seres en su vestimenta e ideas y que luego resultan ser unos snobs fetichistas… Diodoro tenía calificativo y despectivo para cualquiera, para él todo contenía un mal, menos su galleta, su única amiga. No creía en las personas buenas, sin embargo las malvadas le parecían más sinceras porque aunque mintieran no podían ocultar su maldad; algo que no ocurre con el bondadoso, que miente por el bien de los demás y al final consigue una calamidad mayor que el malvado, ¡serán perversos los sacerdotes e idealistas!

Pero Diodoro era decadencia en sí misma y él lo sabía. Cuando hablaba era consciente de su imagen y por lo tanto consciente de la contradicción de su discurso, palabras que se dividían en acción y adorno. Y él bien sabía que la acción era el verbo y el adjetivo el ornamento. Lo primero era intrínseco en personalidades profundas, reflexivas y creativas; lo segundo, sin embargo, era propiedad de seres superficiales, banales, jodidamente prácticos y prácticamente jodedores. Diodoro era de los primeros, el verbo predominaba en él y el adjetivo era mera sustancia pegajosa que corrompía la profundidad de su pensamiento, aunque solamente yo y su galleta lo sabíamos.

Antes de que Diodoro se volviera loco estaba enamorado. Para él el amor era un trauma, toda una patología que llegada a un extremo se la podría considerar Síndrome de Estocolmo. Cuando alguien ama sufriendo varios desengaños y resultados físicos dolorosos puede darse la probabilidad de que se ame cada vez más al maltratador, cayendo en un cautiverio, en un placer sufrido, en un amor masoquista de lo más idiota. ¿Y no era todo eso decadencia? Para Diodoro sí, toda irracionalidad era un crepúsculo, un declinar del hombre, y toda emotividad no masticada por la inteligencia era encogimiento, producto de espíritus poco vigorosos que no son capaces de alzarse por sí mismos y que se piensan dependientes de los demás; pues como diría Diodoro, eran auténticos lisiados de la voluntad.

Pero para Diodoro el amor tuvo otras consecuencias, no fue asunto de dos, sino de tres o cuatro. Aunque estaba locamente enamorado y se sabía convencido de que estaba junto a la mujer de su vida, supo enseguida que luchar por el amor verdadero era cuestión de asexuarse de cara al resto de las mujeres, es decir, de mantener el estatus monogámico de la sociedad. Por lo que al final resultó que la batalla no consistía en mantener un sentimiento profundo y sincero hacia lo que consideraba su amor genuino, sino en atesorar apagadas las llamas que se encendían constantemente en su interior, causadas por la voluptuosidad femenina que se tiraba a la calle cada día y que a los ojos de un macho hormonado no se podían soslayar. La irracionalidad se mostraba esplendorosa y mientras tanto la batalla interactuaba en la realidad visible entre su sexo y los cachos de carne bien integrados, entre él mismo y la feminidad que parecía llamarle ocultamente a la procreación como una acometida de tentaciones y pecado donde la voluntad debía de ser fuerte como el acero. Supo que el sexo era un canibalismo sin masticar, un juego de dos o más fácil de desatarse y complicado... ¡imposible casi siempre de frenar! Por las noches, por el día… siempre luchaba por mantenerse fiel a su amor verdadero, pero qué difícil, qué arduo… Al final, en la barra de una discoteca, con la imagen de una pequeña rubia de pequeños pechos y duros pezones pero de glúteos firmes y deliciosos, con unos labios divertidos, sonrientes y simpáticos y con unos ojos suplicantes, se dijo a sí mismo: «¿Qué prefieres: arrepentirte de no haberlo hecho o sentirte culpable toda la vida?». ¿No era una elección complicada? ¿Acaso era mejor arrepentirse de no haberla poseído para luego no sentir culpabilidad? La inteligencia nos dio la ética (¿o fue las ganas de convivir sin violencia y estar tirados en el sofá?), pero dando así lugar a la gracia de sentirnos culpables de nuestros actos, de nuestros instintos, de nuestra propia naturaleza depredadora. No hay nada que nos distinga de los perros, si pudiéramos seríamos igual que ellos, sólo que nosotros razonamos y debido a ello nos hemos privado de un montón de placeres. Al final Diodoro se fue a casa sin llevarse la carne a los labios, sabiendo que había actuado adecuadamente. Pero su novia no tenía la misma fuerza de voluntad y Diodoro fue traicionado. Entonces se volvió loco y empezó a forjarse amistad con las galletas. Desde luego, su patología era mucho mejor que el Síndrome de Estocolmo, pues la locura es un estado mental que, aunque parezca mentira, puede ser alegre.

Loco, cuerdo en su interior y únicamente para sí mismo, Diodoro se veía desde entonces como un ser solitario expulsado a la humanidad, como si fuera un conejo huyendo de un hurón o echado a los cerdos, en medio de un caos imposible de ordenar.

Se levantó del banco donde reposaba la existencia tranquilo y meditabundo y puso rumbo a “casa”, a un lugar al que difícilmente se le podría llamar hogar y del que Diodoro no sabía escapar, aunque cuando lo conseguía volvía sin entender el porqué. Cuando llegó a la verja de dos metros de alto de su mansión de ladrillo y cemento, un montón de mujeres con batas blancas fueron a su encuentro:

-¿Dónde has estado? ¿Por qué te escapaste?- dice una de las mujeres.

-«Te dije que no viniéramos aquí, solamente nos quieren hacer daño»- gritaba la galleta de Diodoro desde el bolsillo de su bata.

No responde, Diodoro nunca habla, apenas mueve la cabeza, solamente anda de frente con los ojos clavados en el suelo. Sus piernas desnudas se mojan, su entrepierna gotea, su trasero empieza a oler mal y las mujeres le agarran del brazo, le guían a su habitación sin que oponga resistencia, donde le desnudan, le lavan y le visten con una bata nueva y limpia; después suena el gatillo del pestillo y le encierran. Diodoro se tumba en su cama y se pone nervioso hasta convulsionarse como un poseído, pero no grita, gime, y no es que esté loco, simplemente tiene miedo y llora, desea ser libre. Vuelven las mujeres, esta vez con un hombre fuerte y peludo. Le inmovilizan y amarran con unas correas, le dejan inmóvil, le meten la medicación por la boca y el agua empapa su cara y su garganta hasta el pecho, de forma que Diodoro casi se ahoga. Finalmente le pinchan con una aguja y Diodoro se duerme mientras se escuchan los alaridos de otros tocados, los absurdos de otras ideas, las voces de los esclavos de la locura.

Ocho horas después Diodoro se despierta alarmado por los gritos desesperados de su galleta. Sigue amarrado y le cuesta levantar el cuello, pero cuando consigue alzarlo ve a su gran amiga siendo masticada por el hombre peludo. «Está buena», le dice. La galleta ya no vociferaba nada, pues estaba muerta, y entonces Diodoro empezó a llorar. «¿Qué te ocurre, Diodoro? ¿Será por galletas?». El hombre peludo sale de la habitación, e impotente, Diodoro gime y se estremece furioso, intentando proferir insultos que sus cuerdas vocales eran incapaces de pronunciar.

Hubo una época en la que Diodoro si podía hablar y se comportaba de forma coherente a la estupidez de todos los hombres todos los días de año. Entonces el amor no le había vuelto loco o demasiado cuerdo ni le había borrado la palabra de los labios. La auténtica locura de este mundo reside en la maldad de los hombres, en su hipocresía, en su obsesión por querer ser mejor que el otro, esa es la auténtica locura, la demencia que está pudriendo lo más noble del hombre, su propia esencia y espíritu.

Diodoro pensaba en su galleta, en su amiga, en ese ser más humano que aquel hombre peludo. «¿Por qué lo hizo?», se preguntaba, «¿por qué se la comió?, ¿acaso me como yo a los amigos de los demás?», se decía retóricamente. Poco después Diodoro fue desgranado de las correas y, acompañado por dos mujeres con batas blancas, fue a la cafetería a desayunar. A partir de entonces no le quitarían el ojo de encima, por lo que no sería fácil volver al mundo exterior, escapar al terreno de los llamados juiciosos y sensatos, donde, aunque resultara paradójico, Diodoro se sentía libre. En la cafetería se sirvió un vaso de leche y unos bizcochos y desayunó solo, pues no tenía amigos.

Desayunaba tranquilo, sereno, triste pero recio, soportando toda la calamidad que le perseguía como si fuera un dique inmortal. Entonces escuchó una llamada, una vocecita que provenía de una cesta llena de galletas. «Diodoro, estoy aquí, me he reencarnado, ¿no es increíble?», decía una de las galletas. Diodoro se acercó perplejo y cogió dicha galleta, metiéndosela en el bolsillo. «Otra vez juntos, ¡qué feliz soy!», se dijo a sí mismo mientras sonreía.

Durante el desayuno tomaron una decisión clara, tenían que escapar de esa casa de hombres peludos y mujeres con batas blancas que les atiborraban a pastillas y a pinchazos. Y lo intentaron varias veces sin éxito, con el consiguiente castigo: encierro, inmovilización y drogas. Esa era la única forma que tenían de hacer escarmentar a los internos, pero con Diodoro no era posible, pues no hay nada más fuerte en el mundo que aquel que lucha por su libertad. Por eso seguía firme y pertinaz en su propósito, con la decisión suficiente como para preferir la muerte antes que el fracaso.

Dos días después de su último cautiverio de correas y sedantes, el cual se prolongó cuarenta y ocho horas, Diodoro pudo robar una de esas batas y pantalones que utilizaban los hombres peludos, más gruesas y resistentes que la ropa de diario del “preso”. Se vistió y, con la galleta en el bolsillo, escapó sin más, sin la menor resistencia, pues la seguridad era nula, ausente; simplemente había que saber al dedillo la hora adecuada, el momento preciso donde ningún ojo, ningún ruido, pudiera delatarle. No sabía a dónde ir, pero de pronto se inventó que tenía padre y madre y que ellos le volverían a acoger. Sin embargo, en el centro no tardarían en saber de su ausencia, por lo que fueron a buscarle.

En cuanto Diodoro vio al hombre peludo que se comió su galleta empezó a correr frenético, con la mala fortuna de que tropezara en medio de la carretera, cayendo rodando al asfalto y siendo atropellado por un coche que le arrastró diez metros. Agonizando, sangrando como una gallina decapitada, Diodoro tuvo fuerzas para hacerse con su galleta rota y le dijo: «Espero que te reencarnes en una galleta de nuevo. Hemos intentado ser libres y al parecer es imposible, siempre te cazan, siempre hay alguien al acecho que te lo impide, ¡no hay escapatoria en este mundo! ¿Pero podré ser libre ahora, galletita mía, podré ser libre al fin, ahora que me voy de camino al infierno? Tú también has intentado ser libre junto a mí y al menos sabes que tienes la posibilidad de volver a intentarlo, pero yo… ¿no hueles el azufre?»

Diodoro dejó de respirar, yéndose de este mundo infame sin que nadie pudiera escuchar sus últimas palabras, sin que él mismo encontrara la fórmula para que sus cuerdas bocales volvieran a dirigirse a los hombres. Nunca sabremos qué fue de él en el otro lado, aunque si podemos decir que su cuerpo fue envuelto y guardado en un depósito, esperando a que alguien lo reclamara, lo cual era improbable. Lo que sí está claro es que al final la materia se enclaustra y se amontona, pero la esencia de Diodoro puede que pulule libremente, aunque eso es algo que nunca sabremos y que nadie en este planeta reivindicará, ni siquiera su familia o la propia justicia.

¡Sé feliz allá donde estés por todos los hombres libres, Diodoro!■

La soledad es al silencio como la tristeza al llanto

(poema extraído de la primera novela de Daniel Aragón Ortiz, La Nada y El Olvido)


Soy producto de las lágrimas
y desecho de la humanidad,
amigo de la amargura
y compañero de la soledad,
resultado de la nada
y desacierto de lo absurdo.

A veces el olvido me busca,
y otras veces soy yo,
yo quien la busca,
anhelando su presencia
como la primavera las flores.
Pero como perro o como amo,
algunas veces gruñe ella
y otras veces ladro yo.

Soledad y tristeza son,
son mi sonrisa y mi llanto,
mi silencio y mi decadencia;
caminos ambas,
¡surcos las dos!,
que me tutelan y que me guían,
¡que me impulsan!,
que incluso me educaron.

Y la soledad es al silencio
como la tristeza al llanto;
y la soledad es como una flor,
como el silencio es su linfa;
y la tristeza es como el otoño,
como frío y seco es su llanto.

Cada vez que lloro
es que la tristeza está copulando en mí;
y cada vez que soy feliz es
que una mentira nubla mi mente;
y cada vez que imagino mi muerte
es que presiento un grado de lucidez;
y cada vez que pienso en lo que dejo detrás de mí
es que el tiempo me somete y esclaviza.

Y la soledad es al silencio
como la tristeza al llanto…