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Reflexiones en el tanatorio

Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño,
así una vida bien usada causa una dulce muerte.

Leonardo Da Vinci

Una mañana cualquiera me llamaron por teléfono y no lo cogí. Estaba en el paro y aún vivía con mis padres, me dejaba llevar por los senderos de la gran vida y de la falsa felicidad, siempre de juerga, de manifestaciones y fumando y bebiendo como un auténtico Cosaco en las estepas rusas. Mi edad… ¡eso no se pregunta!, mi nombre… ¿y a vosotros qué os importa? Volvió a sonar el teléfono e insistí en no cogerlo porque siempre te dicen malas noticias. En casa no había nadie, eran las dos de la tarde y yo seguía en mi cama, tumbado, dejando pasar el tiempo, esperando a mi madre para que me pusiera un buen plato de comida en la mesa y luego la próxima fiesta.

El teléfono seguía sonando y por fin decidí salir de la cama y emerger al mundo de los vivos para dirigirme al salón, donde descolgué el aparato y me dijeron: tu abuelo ha muerto. Era la voz de mi padre, un poco tartamuda por los convulsos gestos que se manifiestan cuando uno está a punto de llorar. Al instante lamenté haber cogido el teléfono, siempre te dicen cosas horrorosas para luego rematarte con la factura del teléfono.

Colgué y me dirigí a mi cuarto. Abrí el armario y observé mi estúpida materia corpórea reflejada en el espejo de una de las puertas. Estaba extremadamente delgado, se me veían las venas de los brazos, mis piernas parecían palos de fregona y yo no me lo explicaba porque comía por cuatro personas o más.

A mi abuelo le habían dado ya tres infartos, una angina de pecho, una trombosis, le insertaron un paipás y dos prótesis en brazos y piernas y, a pesar de todo, no dejó de fumar y de comer todo lo que no debía comer hasta el mismísimo día de su muerte. ¿Tenía que llorar?, ¿debía estar triste? Yo creo que no, me alegré y sonreí porque mi abuelo había conseguido su objetivo, él no quería vivir, fue una especie de suicidio, es más, en cierto modo para muchas religiones y legislaciones de otros países era todo un hereje o criminal. Pero a mi abuelo le daría igual la legislación, y más la religión: a un Dios tan benevolente y piadoso que es todo misericordia y bondad no se le puede tener miedo y menos respeto.

Cuando llegué al tanatorio entré un poco nervioso porque no conocía a nadie y estaba un poco arruinado anímicamente porque sabía que no iba a poder salir con mis amigos por la noche que se avecinaba. Fui a la sala uno y nada, a la dos y nada, a la tres y nada, a la cuatro y nada, finalmente mi abuelo estaba en la última, en la quinta. Allí vi a toda mi familia llorando junto con un montón de desconocidos. Cuando me vieron se arremolinaron a mi alrededor y me dieron un millón de pésames, y les dije que no los quería, que miraran a mi abuelo, que se estaba riendo de todos nosotros. Todos le echaron un vistazo y contemplaron su rictus y su gesto sereno.

En estos lugares no suelo abrir mucho la boca, pues mis ideas ofenden. Creo que la muerte debe festejarse, no esconde en sí misma nada trágico, es tan natural como el parto, solo que irreversible: la muerte debe hacerse o bien o mal a la primera. La tragedia existe en el modo de morir, no en la muerte. De hecho pienso que la gente llora porque no sabe enfrentarse a la expiración, temen su propio final, en el fondo envidian al cadáver. ¿Si tanto se quejan de la vida por qué no se alegran del difunto?, ¿por qué debo llorar si no me duele? Estas cosas las comentaba porque me preguntaban, y encima se enfadaban conmigo, diciéndome que era un nieto cruel e insensible. La muerte es una despedida, la mayor y más grande de todas, la sublime, y sin embargo y por eso debemos festejarla como uno de nuestros mejores regalos divinos, pues la mortalidad es una virtud, el consuelo de que todo sufrimiento, toda amargura y dolor pueden encontrar un fin: todo miedo a la muerte surge allí donde se ha sobrevalorado la vida cuando ambas, vida y muerte, tienen un papel igualmente importante en nuestra existencia.

Muchos decían qué pena cuando miraban a mi abuelo en cristianísima postura y gesto. Esas palabras provocaban una risita en mí, pero a pesar de todo respetaba sus visiones trágicas, sombrías y lacrimógenas. Mi abuelo tenía ochenta y nueve años, pesaba ciento veinte kilos, ¡le tenían que poner como mínimo cinco medallas por sobrevivir tanto después de todo lo que se buscó por sus excesos!; y a pesar de todo, por todo ello, sentían pena por él. Mi abuelo se reiría de ellos, ¿pena?, ¡pena! Ese es el peor homenaje a su nombre, pues la pena sirve para hacer más débil al débil y al fuerte piadoso, no tenía ninguna utilidad en el hombre de voluntad, y mi abuelo era un hombre de voluntad, un ser que no sentía pena por nada ni nadie y que siempre que se caía y podía levantarse se levantaba sin ayuda, como debe ser, porque dejar que los demás te hagan todo es muy fácil y un hombre de voluntad nunca permite que hagan cosas por él si él mismo es capaz de arreglárselas. Aún así, nunca le negó a nadie un apoyo siempre que este fuera necesario y merecido. Recuerdo unas palabras de mi abuelo que definen muy bien lo que pensaba al respecto: dale de beber al que no tenga brazos, lleva de paseo en su silla al que no tiene piernas y guía al ciego de un lado a otro de la carretera, pero nunca hagas de comer a aquel que tiene dos manos para hacérsela.

Como vi que mis ideas no les gustaban a mis familiares tomé la decisión de callarme y sentarme en un sofá para no ofender y observar toda la calamidad que allí se cocía. Me esperaban todo un día y toda una noche haciendo compañía a los míos. Era un acto masoquista, estúpido, una auténtica pérdida de tiempo y de desgaste físico. Pero allí estaba, debía ser políticamente correcto, majaderamente considerado.

Mi abuelo se encontraba en un pequeño cuarto, yo podía verlo tras un cristal muy ancho del que salía aire frío. El féretro era de buena madera y espacioso, pero mi abuelo cabía ajustado, como si estuviera en el metro los días de mucha afluencia, donde todos los seres, metidos en alguno de esos vagones parecidos a latas de conserva, se ensardinaban. Habían decorado su estancia con anillos de flores y ramos y más ramos: TUS NIETOS NO TE OLVIDAN, TUS HIJOS NO TE OLVIDAN, ETC. ¿Y qué misión tenía todo eso? Yo no se la encontraba, pero tal vez así algunos demostraban lo que no pudieron demostrar cuando mi abuelo estaba coleando. Sin embargo, pienso que un acto de verdadero amor no debe demostrarse con objetos, y menos en una despedida de tal magnitud, donde cada ser emprende un viaje a lo desconocido, a la nada. El féretro, las flores, las lágrimas, ¡todo tenía un coste tan alto!… ¿y merece la pena pagarlo?, ¿no es absurdo que después de tantas generaciones y de tanta historia del hombre no seamos capaz de encajar la muerte con más dignidad y con la cabeza bien alta?, ¿de qué tenemos miedo y qué nos preocupa realmente?

La noche hizo acto de presencia, así que fui a la cafetería y me comí un bocadillo. Luego volví al sofá. Me di cuenta de que era sábado y que la sala estaba llena de arriba abajo con gente riéndose y charlando de cualquier cosa menos de los fallecidos. «¡Qué hipocresía», me dije, «¡me censuran por mis ideas porque al parecer faltan al respeto y ahora ellos se ríen y hablan de lo que se compran y de sus proyectos, incluso insultan y critican a escondidas a sus familiares y qué vergüenza esto y lo otro!». El tanatorio parecía un botellón, de verdad, una cosa absurda en el  lugar equivocado. La cafetería estaba abarrotada y solamente las personas más mayores se encontraban cerca de los fallecidos, porque ellos sabían perfectamente que les tocaba pronto su turno y por ello tenían más miedo que nadie. ¿Pero de qué tenían miedo?, ¿del olvido? El olvido es un ataque contra el egocentrismo de cada uno, pues nos damos tanta importancia que nos parece algo terrible no tener un lugar en la eternidad del mundo que se consume entre los hombres. Es tal el miedo… en realidad es impotencia porque una vez en las fauces de la muerte tus manos ya no podrán obrar y harán de tu nombre y de tu cuerpo inerte lo que otros quieran.

La noche ocupó su debido tiempo en el espacio y se hizo larga y soporífera, aburrida y frustrante. Mis ojos se caían una y otra vez y yo debía levantarlos y relevantarlos constantemente. El sueño era tan fuerte que parecía darme sacudidas, zarandeando mi cuerpo hacia los lados, hacia el frente o hacia atrás. Pero aguanté, porque puestos a ser masoquistas, puestos a castigar el ánima y el cuerpo, no iba ser el que menos, sino el que más para reafirmarme en mi idea de que era absurdo, grotesco, una pérdida de tiempo permanecer toda una noche velando.

Desayuné a las ocho de la mañana, poco después de que abriera la cafetería, y a las diez ya estábamos en una capilla donde un cura iba a homenajear con su oratoria a mi abuelo y a los mártires que le habían velado estoicamente como si fueran héroes de la fe. Escuché las palabras sórdidas e impuras del presbítero, aguanté sus modales de escuela y su oratoria aprendida y repetida en miles de lugares distintos para muertos distintos, me aguantaba en silencio para no ofender a nadie, para no hacer pensar a nadie. Porque seamos sinceros, a las mayorías se las entiende muy bien aunque no lleven razón, son simples y digeribles, pero a las minorías se las machaca en lugar de comprenderlas y respetarlas.

Cuando terminó la oratoria del sacerdote me di cuenta de que no mostré mi pésame a nadie, luego me di cuenta de que me lo debían mostrar a mí y que muchos lo hicieron, y aunque para otros no mostrar condolencias es una falta de consideración para mí resultaba un acto correcto, una opción distinta y se acabó. Yo no sentía la muerte de mi abuelo, no me dolía, y sin embargo no soportaría que me dijeran que le faltaba el respeto a la familia por no mostrar mi pésame. Supongo que el velatorio, esas palabras de pésame, toda esa parafernalia y protocolo que rodea a la muerte no son más que estética, una especie de moda y de pasos a repetir como en una pasarela y que si no cumples pues te acusan de falta de consideración o de respeto.


Por último, llegamos al cementerio. Allí metieron a mi abuelo en un boquete y lo taparon con una lápida aguantada con cemento. Me despedí de él, en silencio, con respeto, con auténtico cariño, como debe ser, pero sonriendo, porque él lo habría querido así y así intuía que debería ser.

Cuando salí del cementerio me acordé de todas las cosas que me había dicho mi abuelo. Pensaba en que ya era hora de hacer algo de provecho, de que ya bastaba de autodestruirme y malgastar mi vida entre fiesta y fiesta, puesto que la juventud no iba a durar para siempre. Debía encauzarme en la vida, ser un hombre de voluntad, fuerte, firme, obstinado pero flexible en el oído para aprender de los demás. Y eso me propuse, estaba decidido a ser mejor, a cultivarme, a buscar nuevos retos.

Casi llegando a casa, veía a mis familiares tristes, caídos, eran como chatarra, hombres despedazados por el dolor y la pérdida. Sin embargo, yo me encontraba alegre, casi florecido, como si no hubiera pasado la noche en vela, porque sabía que mi abuelo estaría orgulloso de mí por haber escogido un nuevo camino, otro modo de vivir. A partir de ahora sería un hombre de voluntad, un hombre de pensamiento, un hombre, en definitiva, nuevo que se haría a sí mismo con sus propias manos. ■

JOHNNY COGIÓ SU FUSIL



Trumbo quiso que Johnny Cogió su Fusil fuera dirigido por Luis Buñuel, o así tengo entendido. De haber sido así, ¿cómo habría sido esta gran película? Al final la dirigió el propio Trumbo, adaptando así su novela de mismo nombre, viendo la luz el año 1971. Trumbo fue perseguido por el macartismo, es uno de Los diez de Hollywood.

La película nos relata la historia de un joven que presta su vida en La Primera Guerra Mundial, encontrando allí un trágico destino. Debido a una explosión, el personaje principal sufre severas heridas que le privan de la vista, de la audición, del rostro, de las piernas, de los brazos... convirtiéndose así en un mero trozo de carne que es desahuciado prácticamente por las autoridades. Escondido en el cuarto de algún hospital militar, es cuidado por una enfermera que piadosamente ofrece su alma y su voluntad en dar consuelo al pobre Johnny. Los médicos pensaban que no podía hablar, que no podía razonar, pero la enfermera se daba cuenta de que hasta podía comunicarse.

La película transcurre en gran parte en el mundo interior de Johnny, una mezcla de realidad y sueño que se confunden entre sí y que sirven de una forma de supervivencia bajo unas condiciones vitales precarias y poco favorables para la realización personal. Sin embargo, conservando el tacto, pudo sentir las manos de la enfermera y las letras que le dibujaba invisiblemente en su pecho, sus caricias, sus besos... la enfermera constituye en sí misma la imagen de la piedad, un ser bondadoso que sacrifica su propia alma -pues Dios podría no perdonarla- para ayudar a Johnny y hacerle la existencia más dulce.

La carga moral es frenética, ya sea por la aptitud de las autoridades, las inclinaciones en lo referido a la eutanasia... Yo, personalmente, sentí gran impotencia. Imaginarme en su lugar o imaginarme a un ser que esté en su lugar y tenerlo cerca de mí... me resultan imágenes tan crueles, tan drásticamente injustas... No hay fe ni creencia que pueda sostener algo así, todo se cae por los suelos, la vida se reduce a una crudeza sin precedentes, el hombre se ve así mismo como lo que puede ser: UN TROZO DE CARNE, UN SER INCOMPLETO, MUTILADO... El interior se desvanece de cara al exterior, aunque permanezca dinámico e incluso alocado: es como estar enterrado vivo bajo la tierra.

Para concluir, avisaros de que Johnny Cogió su Fusil es una película que no puede dejar indiferente a nadie, es un título de esos que, como El Hombre Elefante o Cielo Sobre Berlín por poner dos ejemplos, debería emitirse en los colegios para despertar conciencias, sensibilizar, dar una perspectiva cruel y REAL de la vida, que puede ser injusta y jodidamente frustrante. La existencia se muestra absurda y la guerra como un elemento que no hace hombres, sino víctimas e infelices: porciones de hombre. Me parece algo digno de enseñar, de mostrar abiertamente, tanto hedonismo nos ciega y hace que nos volvamos insensibles, incluso inmortales. Sea esta película una obra para ponernos los pies en su sitio, es decir, sobre la tierra: UN SER HUMANO QUE VIVE AJENO AL SUFRIMIENTO DE EL HOMBRE NO PUEDE SER UN SER HUMANO. ■

REFLEXIONANDO SOBRE ANDALUCÍA Y SU FUTURO ESTATUTO

Estos días nos están bombardeando con el tema del Estatuto, pero nos llaman a votar si o no y nadie nos informan con efectividad de lo que dice el texto: todo esto es una desinformación a los cuatro vientos. A mi entender, es un estatuto mejor que el aún vigente, es tan bueno que ha conseguido aunar la maquinaria electoral del Partido Popular, del Partido Socialista y de Izquierda Unida. Solamente el Partido Andalucista se queda al margen defendiendo el NO, por el hecho de que el estatuto pone realidad nacional en lugar de nación, junto con otros grupos más minoritarios. Así que a mi entender, ningún partido político defiende a Andalucía como es debido.
Pero el punto fuerte es la financiación. Si lo comparamos con el estatuto catalán Andalucía pierde. Teniendo Andalucía un millón de habitantes más y un mayor territorio los andaluces van a recoger menos fondos. Andalucía sigue con un 16% de paro, aguantando colas enormes en la Seguridad Social y un largo etcétera de precariedades y encima recibimos menos recursos para infraestructuras y otros elementos cuando necesita más. ¿Por qué? Muchos me dicen porque Andalucía es un pueblo generoso y solidario con el resto de la geografía española. Son unas opiniones irrisorias, ¿el espíritu de mártir de la Semana Santa?; y no se trata de ser humilde en estos asuntos, y menos en política, se trata de conseguir lo que nos corresponde y el nuevo estatuto ofrece unas garantías insuficientes para el futuro de Andalucía, que necesita una mayor financiación para construir una mejor educación y una mejor política de desarrollo industrial y económica; pero sobre todo lo que los andaluces necesitan es más orgullo de ser lo que son, no ser nacionalistas, sino quitarse esos complejos, esa humildad falsa que no es otra cosa que un sentimiento de inferioridad.

No creo que sea justo que Andalucía deba ser una discoteca, una jaula de camareros, unos sirvientes. Son oficios que a mucha honra deben defenderse y dignificar aún más, pero Andalucía no puede basar su vida económica en el turismo, aunque sea una gran industria y dé muchos beneficios: una industria que contamina (o si no mirad los problemas de saneamiento), que ocupa y destruye suelo (especulación urbanística), etc.

Creo que no podemos seguir a la cola. Andalucía necesita unos políticos decididos a querer transformarla, a querer dar un paso más allá que se aleje de la servidumbre a España y de la espera del cheque de los fondos europeos. Y no se trata de nacionalismo, sino de diferenciar un pueblo con una identidad propia y singular, de que esta reciba el trato que se merece y no un trato de esbirro, de bufón o de niño obediente.

Andalucía debe enseñar los dientes, no debe permitir que su identidad sea aniquilada por los intereses de otros, los de Madrid, porque si lo consiguen perderán todos, y no sólo los andaluces.

CAPITALISMO Y ESQUIZOFRENIA (III): San Valentín

Después de la catarsis viene la ataraxia. Son dos palabras que encontré por casualidad en el diccionario y que me fascinaron, tanto que, después del período de rebajas y de haber soportado la flojera mental de mi novia, de mi familia y de las demás gentes y sus conversaciones vacías y presuntuosas, tomé una decisión contundente: «Os voy a mandar a la mierda porque ya no os quiero aguantar más». Pero para ello necesitaba un itinerario, una especie de guión, y después un plan para ejecutarlo con inteligencia, asentando así lo que serían los patrones de mi revolución individual de alcance colectivo. Primero me encargaría de mi novia, luego de la familia y finalizaría con los consumidores y el centro comercial donde trabajo. Pero este plan deberá esperar porque me ha tocado de nuevo salir de compras, esta vez por motivo del catorce de febrero, una fecha donde las joyerías, floristerías y confiterías hacen su pequeño agosto, poniendo a disposición de la masa apetitosos y atractivos productos que ablandarán, seducirán y comprarán más de un alma, más de un polvo, más de una sonrisa, más de una...

Solamente tengo tres días para pensar un regalo, un estúpido regalo si no quiero perder a mi novia, porque ella me deja, y ya le ha puesto el ojo al vecino de abajo, que se ha comprado un coche alemán biplaza de más de cincuenta y cinco mil euros. Mi novia es lo más parecido a una puta, pero a una muy cara, de más de una hora, ¡de años!, una de esas que les gusta chuparte todo, empezando por la sangre, y que luego va de buena y de víctima por la vida. No la quiero, no siento amor por ella, de verdad, si no fuera por su culo y sus grandes pechos no me interesaría. Piénsenlo, mi vecino tiene que invertir mucho dinero en mantener su coche alemán, que seguro que traga tanto como mi novia, y yo debo hacer lo mismo aunque sea con una mujer. Ahora que me doy cuenta, soy igual de superficial que los demás, igual de estúpido, a pesar de odiar las compras, los centros comerciales… Me siguen dando una alergia horrible esas actividades, mi cuerpo y mi espíritu sufren demasiado y llego a casa deprimido, casi moribundo, realmente hundido y agotado; y esas sensaciones se multiplican por mil cuando me analizo y me doy cuenta de que soy igual de borrego. Mientras tanto, aguantaré un poco más, hasta que tenga completado mi plan maestro y dé pie a mi transformación, a mi liberación.

Cuando voy de compras debo soportar comentarios infames, esquivar a mujeres armadas de bolsos con el sueldo de sus maridos dentro, o a maridos que van a comprar sus caprichitos, porque todo sea dicho, esto de la igualdad entre los sexos ha traído igualmente marujones y víctimas del consumo y de los escaparates. La metrosexualidad va a igualar al hombre con las mujeres en sus defectos al igual que la lucha por la equiparación de derechos para las mujeres frente a los hombres está trayendo algo muy insólito, que no solamente consigan equipararse en cuanto a los derechos, que está muy bien, sino que las mujeres se comporten como hombres e imiten nuestros defectos, pensando que son sinónimo de respeto, a pesar de ser aberraciones para su naturaleza, más pulcra que la de los hombres.

Pero mírenme, allá iba yo por la calle mirando escaparates buscando un regalo para una muñeca hinchable que habla y tose y que está mejor callada o saltando encima de mi regazo. Voy hacia arriba y hacia abajo y están en todas las direcciones, ¡no hay piedad!, ¡no hay tiempo para un suspiro!, ¡lo mejor es quedarse en casa con la tele apagada y echarse a llorar! Espero que no hagan escaparates en el cielo, porque es el único lugar donde mi retina no ve cristales, donde no ve zapatitos, pulseritas, ropitas, maniquíes… ¡Y pensar que debo enfrentarme a esos monstruos de cristal! Los mercaderes han invadido nuestra presencia en el mundo, el comercio se ha convertido en un modelo de vida, en algoritmo vital y triunfador que nos ha programado y envuelto en un bucle infinito de «compra, venta, pago, compra, venta, pago, compra, venta, pago, pago, pago…» y de falsa felicidad. Miré al cielo y me encontré una avioneta surcando entre las nubes, en su cola había una pancarta que se agitaba como una bandera en su mástil durante los días de viento. Leí lo que ponía y me di cuenta de que me querían vender un coche, un maldito coche alemán, el de mi vecino, y me fui corriendo a un bareto en busca de su servicio mugriento y de dimensiones reales y ciertas, hecho a la medida del hombre, para vomitar: tal era la náusea que me provocaba tanta lujuria del capital.

Cuando salí del bar, caminando calle arriba me imaginaba en una pocilga, revolcándome entre los cerdos, atiborrándome de bellotas y jodiendo con las cerdas, ese era el mundo que sospechaba detrás de los muros de los sentidos y que veía tan real como la vida misma cuando salía a la calle y me unía al mundo con estilo disconforme y amargado, aparentemente resignado. Pensaba que era un ser tremendamente idiota porque iba a gastarme conscientemente una tercera parte de mi sueldo en una nimiedad de regalo y sin embargo la gente lo vería como algo romántico y sensible, todo un detalle de amor. El romanticismo es una mercancía, una más, sólo que tan volátil, tan ligera, que no podemos abordarla con las manos pero sí simbolizarlo en una compra, en un objeto. ¿En qué estamos mudando los seres humanos? Comprar para ese día, el catorce de febrero, se ha convertido en una obligación, en un deber cuya violabilidad consigue que los demás te señalen con el dedo y te pongan de rácano, de insensible, de poco caballero. Este mundo está loco, esquizofrénico, y yo tenía que ir al psiquiatra más tarde, aunque antes debía comprar ese regalo miserable para quitármelo de encima.

Me senté en un banquito de madera que se encontraba enfrente de una joyería. La gente pasaba ante mis ojos pero apenas podía distinguir sus rostros del brillo que desprendía el escaparate. Cuarenta por ciento de descuento era el reclamo, el anzuelo, y sin duda sería cierto, pero yo me preguntaba: ¿si incluido ese descuento conseguían beneficios cuánto más nos sacaban a los consumidores sin descuento? Era realmente ofensivo, una burla, un insulto. Me levanté del asiento de madera y me dirigí decidido a la joyería a gastarme un tercio de mi sueldo, o el cincuenta por ciento, a saber.

Los dependientes eran un viejo y una jovencita. El viejo era muy viejo y la jovencita era muy joven. Ambos eran marido y mujer, una combinación extravagante de amor entre vejez y juventud, entre las arrugas y la tersura. Para muchos el amor debe tener un límite, unas normas, unas edades, pero qué más daba, eso era un negocio más, a esa chica le daba igual estar con el viejo, apenas se le levantaba, solamente debía de cuidarlo hasta el día de su muerte y luego se quedaría con todo lo suyo, con todo lo de sus hijastros, con todo. Y aquel anciano lo sabía, y no le importaba, a su edad la soledad es el mayor de los males y aquella chiquilla era su guía y su único consuelo en su última etapa vital, y qué menos que dejarle todo lo que era suyo, incluida la joyería.

Elegí una pulsera de oro bastante bonita que me recomendó la dependienta. Me gasté una tercera parte del sueldo y salí de la tienda con cara de idiota, blanquecino, con ganas de morirme. Más tarde fui al psiquiatra y como siempre no sacamos nada en claro, excepto que estaba loco y un montón de recetas de pastillas, además de su correspondiente pago por el noble ejercicio de escucharme, un ejercicio demasiado bien pagado, más sabiendo que debería ser gratuito. Pero nada es gratis, todo cuesta dinero, hasta la bondad. El psiquiatra o el psicólogo son una amistad de pago que se sirve por horas.

Llegó el catorce de febrero y mi novia recibió su regalo. Ella me dio una alianza de oro bastante pesada que me hizo temblar pues ella compra las cosas con mi duplicado de tarjeta de crédito y se habría gastado otro tercio de mi sueldo o más. Este mes llegaría asfixiado, con deudas, pero de peores agujeros he salido. Se puso muy contenta y yo intenté imitar a alguien que se pone contento y supongo que me salió bien. Ese día hicimos el amor y se le veía muy activa y animada. Cuando salimos a dar una vuelta le enseñaba a todo el mundo el regalo que había recibido y me obligaba a mostrar la alianza de oro, le gustaba presumir y todas y todos decían «qué envidia» y se suponía que yo debería estar complacido y alegre, pero cada vez me sentía peor y la náusea reaparecía.

De vuelta a casa de mi novia, pues tenía el deber varonil de acompañarla hasta la mismísima puerta de su hogar, la realidad surgió de repente sin su velo. Yo era un cerdo y mi novia me cogía las manos son sus pezuñas de cerda. Las calles eran toda una pocilga y por las carreteras circulaban grandes jabalíes. Los centros comerciales eran contenedores de bellotas y todos los cerdos iban a comérselas, mientras que algunas cerdas y cerdos se revolcaban por el suelo y se rozaban, o juntaban sus hocicos o simplemente caminaban. En los baretos de mala muerte había grandes abrevaderos, en él los cerdos no eran cerdos, sino personas, y supuse que eran lugares tan miserables que la realidad se expresaba por sí misma sin complejos sin necesidad de cubrirse de velos. Cuando salían de esos baretos, las personas se convertían en cerdos y la realidad seguía su curso. Este arrebato de verdad duró más de lo convenido, dejándome bastante trastocado.

La locura hace que mi cabeza de un vuelco hacia la razón, y cada vez son más los monstruos que me atormentan y los impulsos que debo contener. Pronto mi plan estará cerrado, así que cada vez falta menos para que respire tranquilo. Empieza la cuenta atrás, ahora me toca a mí mover ficha.■

CELESTINO ANTES DEL ALBA, del escritor Reinaldo Arenas


«No sé con certeza cuáles son las intenciones de Delsadf, y es que no sé qué interés puede tener una vida tan miserable como la mía. Pero bueno, ya se sabe cómo son los escritores, o los que van de escritores, a todo le sacan poesía, a todo (incluso a lo más trágico) lo adornan de la más sutil y delicada exuberancia, belleza y sensibilidad».
Daniel Aragón Ortiz, La Vida en el Parque

El escritor cubano Reinaldo Arenas (1943-1990) es uno de los grandes de la literatura latinoamericana y, para mí, Universal. Y solamente me he leído Celestino Antes del Alba (1964). Creo que es suficiente para dedicarle tales palabras de halago, sinceras ante todo. Es una obra inteligente, fresca, preciosista, una fábula de una imaginación prodigiosa que me hizo sonreír y decir a gritos dentro de mí: «¡¡¡GRACIAS!, ¡GRACIAS REINALDO POR ESTE RATO TAN BUENO QUE ME ESTÁS HACIENDO PASAR CON LA LECTURA!!!».

Es una obra más que recomendable, en ella el personaje principal ve a Celestino en su reflejo, es su alma gemela, juntos escribirán por todas partes, por lugares inimaginables. Todo lo imposible se hace posible, y si leen esta novela poética, no tengan miedo en soñar, porque invita a la fantasía, a un mundo sano y a veces absurdo, pero divertido, muy divertido, y a veces trágico, trágico como la vida de Reinaldo Arenas, represaliado por las autoridades cubanas por su condición sexual y hallando la muerte lejos de su patria por culpa del SIDA.

Hay que destacar que esta novela fue escrita cuando su autor solamente tenía veinte años, y, sin embargo, su madurez literaria era evidente. También son claras sus influencias en esta novela, como dice Juan Abreu: «Cuando escribió su primera novela a los 20 años, Arenas da un ejemplo de madurez extraordinaria. La gran influencia de “Celestino antes del alba” es la poesía. La novela es de hecho un gran poema, en prosa ciertamente, que está atravesado por corrientes poéticas muy exóticas».

La vida de Reinaldo Arenas fue llevada al cine con
Antes de que Anochezca (2000), dirigida por Julian Schnabel y protagonizada por un sobresaliente Javier Bardem. En ella vemos a un Reinaldo que nació en la pobreza, a un poeta que tuvo una vida difícil, una vida marcada por la represión, el exilio y la tragedia. Es una película recomendable, ya no sólo por la calidad interpretativa de los actores, sino porque nos acerca a uno de los grandes escritores del Siglo XX y nos enseña cómo la voluntad y la creación pueden ser más fuertes que cualquier dolor y que el hombre siempre puede remontar el vuelo.

Y no hay mucho más que decir, lean esta genial obra y sumérjanse en el mundo del niño Celestino, tal vez se queden atrapados dentro de su fantasía. ■