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TORO SALVAJE


Jake La Motta, el "Toro del Bronx", campeón mundial de los pesos medios en 1949, castigo de los legendarios Sugar Ray Robinson y Marcel Cerdan, orgullo de la comunidad italo-americana, es un buen exponente, casi un arquetipo, de un modo de estar en el mundo y de sus contradicciones. Atrapado en un universo inmigratorio, necesariamente fragmentario, miembro de una singular e idiosincrásica comunidad étnica, atrapada esta, a su vez, en el magma de una sociedad norteamericana de dirección anglosajona. Su figura es símbolo de la reafirmación étnica de su comunidad frente a la realidad de la descomposición cultural y anomia social crecientes que esta misma comunidad sufre. Italo-americanos, que viven su realidad nacional a medias como simulacro, a medias como espectáculo; este es el caldo de cultivo en el que la insultante degradación de la mujer llega a ser elemento de reconocimiento y de autorreconocimiento, realidad muy bien plasmada en esta película, en la que la censura hipócrita de la mentalidad wasp contra los excesos latinos queda perfectamente perfilada. Caldo de cultivo que explica también el papel de la Mafia como elemento organizativo de esta comunidad, en la cual llega a desempeñar hasta funciones judiciales, rompiéndose aquí el monopolio estatal de su impartición. Y es que es el propio desarraigo y caída del protagonista, auténtica trama argumental de la película, el mejor exponente microsocial de la evolución de su comunidad. ■

PULP, una historia de Charles Bukowski


Hay historias con las que no puedes parar de reír y Pulp es una de ellas. Te desternillas por lo pintoresco de las situaciones, por lo macabro de ciertos personajes y mucho más, incluso a veces porque te sientes identificado con las inquietudes, ideas, vicios o acciones de algunos protagonistas. Así que si quieren meterse de lleno en una historia amena, léanse este libro porque al menos a mí no me ha defraudado. He de reconocer que es la única obra que he leído de Bukowski y que no puedo hacer un análisis exhaustivo de lo que él representa en su conjunto, pero si todo su bagaje es igual de imaginativo, de divertido y de trasgresor (al menos en el uso del lenguaje) deben tener razón cuando le ponen en el cajón de los escritores malditos; y lo de escritores malditos expresado como un halago, como un rango superior dentro de la literatura, incluso mayor a la categoría de NOBEL o a la de los escritores best-seller. Son escritores sin ningún tipo de remilgo o de restricciones del tipo moral o políticamente correcto, y cuando uno está por encima de todo eso puede hacer un verdadero arte, porque puede juzgar, ver los errores y los puntos débiles de la sociedad en la que se vive, de su familia, de su propia vida, etc., no tiene miedo de derrumbar los cimientos en los que se sostiene el mundo y los provoca, aunque eso implique su destrucción. Tal vez esté equivocado, pero así me imagino a un escritor maldito.

Bukowski ya me empieza a caer simpático hasta en la dedicatoria: dedicado a la mala escritura, escribe. Pero adentrémonos en Pulp, y más concretamente en Belane. Es el personaje central de la novela, un detective fracasado pasado de los cincuenta que se tira los días enteros bebiendo y venerando su miembro viril con prácticas solitarias. Se casó tres veces y se divorció tres veces, no tenía ningún duro y allí a donde iba siempre encontraba problemas, como si nadie le quisiera dejar tranquilo, él mismo sabía que su vida valía una mierda pero que ahí estaba, solamente esperando a que la muerte se le abriera ante los ojos para luego cerrárselos.

Un día le vinieron muchos casos y empezó un periplo que le relacionó con bellas mujeres, desde la Señora Muerte hasta con una extraterrestre, que con la apariencia de un pivón, en realidad era un gusano con un ojo realmente espantoso. La búsqueda de El Gorrión Rojo es la excusa para llevar a Belane por un camino que le conducirá al éxito, aunque a un éxito de dimensiones sombrías.

Pero esta novela no deja de tener su trasfondo filosófico y ético. Desde la soledad de Belane, hasta en el deseo de poseer a una mujer o una copa, o en la necesidad de tener éxito en la vida y en el trabajo, o en sus reflexiones sobre sus vidas matrimoniales anteriores y sobre su situación en el mundo, o en el perfil de su barriga y en su conciencia de vacío, de infelicidad y sobre todo de fracaso, etc., en toda esa desgracia en la que se ve envuelto aveces Belane llega a cotas insospechadas hasta para él mismo, hasta cotas de un verdadero filósofo, o aprendiz de filósofo, pero decidió ser detective. Era tan desgraciado en este mundo que solamente le podía querer o coger cariño un ser de otro mundo, y en cierto modo así fue.

No cuento nada más, creo que este libro merece leerse por el buen rato que te hace pasar. Así que si tienen la oportunidad, aprovéchenla, Belane solamente les cobrará seis dólares la hora. ■

CAPITALISMO Y ESQUIZOFRENIA: El hombre desquiciado

Hoy he intentado comprar un regalo a mi novia, pero me sentía mal, el cuerpo no me respondía, supongo que sería por la resaca. Las tiendas eran demasiado pijas para mí, tan limpias, tan relucientes, con tantos productos para elegir. Pero me encontraba fatal, intentaba entrar en una de las tiendas y algo me echaba atrás, tal vez el tipo de gente que iba a comprar (la de lo políticamente correcto, los que dejan medio filete cuando van a un restaurante por educación), o esas niñas cursis que trabajan como dependientas y que lo empinan todo (muchos tienen que salir del establecimiento con las manos en los bolsillos), o esa música que ponen de fondo tan monótona (por lo repetidas que son, ¡que nó!, ¡que nó!, ¡que no me compro el disco!), o será para evitar esa necesidad de enseñarle al vecino el pantalón nuevo… El mundo se relaciona a través del dinero, qué habría sin él, ¿no habría mundo?.
Aún me encontraba mal, el pecho me hacía cosas raras, me empezó a doler el brazo izquierdo, a dormírseme la pierna, la temperatura me subió, me asusté, me puse blanco, luego rojo, se pasó rápido… ¡vaya mierda de resaca, me va a matar!
Iba andando por la calle y dentro de las tiendas solamente había tías buenorras con sus novios a cuestas, que parecían parte del mobiliario del establecimiento, sí, parte del mobiliario, por eso de que paseaban como perchas. Una mujer solo necesita a un hombre para que le baje las cosas de la estantería, para follar, para la VISA, para que las lleven en coche y… para ser un perchero. Aunque no lo crean no soy machista, pero si ellas dicen que todos los hombres somos unos cerdos (y cuando dicen todos se refieren hasta a Brad Pitt, uno que debe limpiarse y a quien se la deben de limpiar todos los días) yo puedo decir que todas ellas son lo que yo quiera.
Seguía pasando de tienda a tienda y no me atrevía a entrar en ninguna. Todo estaba lleno de mujeres y de sus perchas, y yo seguía sin entender cómo conseguían que siempre fuera la dependienta la que más buena estaba. Desquiciado, hice un alto en el camino y me metí en un bar. Pedí un ron con limón. Los bares son los únicos lugares de consumo donde me siento bien, allí hay hombres feos, el suelo está sucio, eso era más parecido a la humanidad, tener los pies en la tierra de verdad. Me terminé la copa, pagué, salí del local e intenté mirar en otros sitios a ver si encontraba un puñetero regalo. Al final entré en el lugar más cutre de la ciudad y compré unos tristísimos guantes de color rosa, seguramente cosidos con lana de a saber dónde por las manos de una pobre chinita de trece años. Qué calamidad este mundo, me entraban ganas de quemar todos lo centros comerciales. Pero por fin tenía el regalo, gracias a ese establecimiento tan mísero donde atendía una mujer muy grande, es decir, gorda, con la que sabía que podría controlar mis impulsos más triviales.
Fui a mi casa y me preparé la cena, luego me lo comí todo tranquilo. Mis padres gritaban, mi hermano tenía la música alta, yo me masturbaba para despejarme y olvidarme de todo. Pasaron las horas, me acosté, dormí, sonó el despertador a las siete, me desperté, me levanté, fui al baño y me afeite, me duché, después me puse la ropa del trabajo (traje barato con corbata azul, verde y amarilla), me masturbé de nuevo, me limpié las manos, oriné, cogí el móvil, di una pitada a mi novia, cogí las llaves de casa y del coche, bajé andando las escaleras, abrí el coche, metí primera, aceleré, luego puse segunda… a las ocho y cuarto ya estaba en la puerta de mi trabajo, Galerías La Galería, a las y media se abriría al público.
Mi puesto de trabajo se encontraba en la segunda planta, en la sección de ropa juvenil. Siempre me venían adolescentes revoltosos con aires de no sé qué, como si fueran personajes de cómic o algo por el estilo. Ocho y media y ya empezaban a entrar las primaras damas con sus percheros, hay quienes viven para comprar y solo se duermen para pasar mejor el calvario que supone el tener todas las tiendas cerradas. Mi lugar de trabajo era un imán para las tarjetas de crédito, esas luces, ese suelo, esos aseos tan limpios, esas estanterías, esa decoración fotográfica tan sugestiva, la música de fondo, los y las dependientes con sus trajes, yo asqueado y con una sonrisa de tonto para que el cliente no vea quién es el desgraciado que en realidad le está atendiendo y que le daría una patada en el culo y le gritaría «gilipollas enajenado de mierda vete al puto psiquiatra a que te pongan una nueva azotea». Mi primer cliente se gastó trescientos euros en un jersey que parecía una camiseta interior y que tenía un cangrejito a la altura de donde se posa el pectoral izquierdo, el segundo se gastó quinientos euros en una chaqueta de piel marrón y que pagó con una tarjeta muy desgastada que tuve que pasar unas diez veces para que el chisme la detectara. Luego vinieron más y el día pasó tan estúpidamente que me entraron ganas de estrellarme en cualquier farola con el coche.
En mi casa me esperaba mi novia, quería darle el regalo, hacía frío y necesitaba los guantes. Se los di y no le gustó nada, me insistió en que no se ponía baratijas, que ella era toda una mujer y no una niñata barriobajera. Luego hicimos el amor, qué menos podría ofrecerme, ya que no trabajaba al menos su culo debía servir para algo.
Al día siguiente, en el trabajo, me escaqueé con dos de los jerseys que tenían el cangrejito. Los descosí lo mejor que pude y me los guardé en el bolsillo. Fui a la tienda donde me atendió esa chica grande después del trabajo y me hice con unos guantes idénticos a los otros que ya había comprado, sólo que esta vez de un color distinto, amarillo pálido. En mi casa, con los chillidos de fondo de mis padres y la música estúpida de mi hermano, zurcí lo mejor que pude los cangrejitos en los guantes, uno en un guante y otro en el otro guante. Una vez cosidos fui a casa de mi novia y le hice el regalo después de disculparme por tener la osadía de comprarle una baratija. Se puso tan contenta cuando vio los cangrejitos que tuvo que venir la madre para que me soltara del cuello del abrazo tan efusivo que me estaba dando. Así que por fin ella tenía sus guantes.
Este mundo está un poco loco, nos encanta el dinero porque es algo que nos ayuda a aparentar una cosa que no somos. Pensamos que las cosas materiales nos dan caché, que el cangrejito es signo de elegancia y distinción. La gente se cree todo lo que sean promesas, de hecho los seres humanos somos como peces, la publicidad es el anzuelo y como siempre muchos pican de alguna forma u otra. Supongo que el mundo está loco y que mi novia es una auténtica enferma mental o como poco una víctima de su debilidad.
Yo no sé ustedes, pero cuando veo un centro comercial lejos de mi trabajo, huyo, y más si voy con mi novia, porque sé que tarde o temprano conseguirían sacarme la cartera del bolsillo como si fuera un atraco. Pero no termina todo ahí, también me dan miedo las gasolineras porque no quiero que maten a nadie de algún país del quinto culo para que me llenen el tanque, y las navidades porque…
Pasó el día, cené, luego dormí… me desperté a las diez de la mañana, era viernes, mi día libre de la semana, a las doce tenía que ir al psiquiatra, todos deberíamos ir...■

La vida es como una frase entre interrogantes


¿Quiénes somos? ¿Acaso podríamos responder a tal pregunta sin caer en la mentira? ¿Cuántos seres-tipo hay en el mundo? ¿Acaso significamos algo? ¿Somos una nota musical más que da armonía al Universo o un timbal estridente y desafinado del que se podría prescindir? ¿Por qué nos creemos necesarios e importantes? ¿No es un una necedad innata, egocentrismo pintoresco darnos esa importancia? ¿Acaso existe el mundo tal como lo vemos? ¿Es real lo que sentimos? ¿No son las paredes de nuestro cuerpo muros infranqueables que nos alejan de la verdad? ¿Pero es el mundo como es o como lo pensamos? ¿No transforma acaso el pensamiento la materia en idea? ¿No es un paso de lo tangible a lo idílico el noble ejercicio del pensar? ¿No es pensar cómo hacer barquitos de papel? ¿Por qué no una voluntad creadora para salvar el mundo de su necio espíritu arrogante? ¿Y por qué y para qué tanto dolor? ¿Para hacer la vida más heroica? ¿Acaso crece el hombre solamente cuando sufre lo imposible e innombrable o simplemente lo soportable? ¿Es entonces el sufrimiento necesario para crecer interiormente y convertirnos en seres más reflexivos y conscientes? ¿No es el sufrimiento una forma de despertar a la realidad a base de palos? ¿No es absurdo? ¿Pero no es más absurdo la fruición total y vivir en la bruma de polvo que se queda impregnada en los sentidos? ¿Quién ocupará mi cuerpo? ¿Podré ser otro en otro lugar? ¿por qué algunos crecen con madera de sabios y otros, sin embargo, se pierden en la tragedia vulgar de todos los días? ¿Es el sueño despertar de la realidad? ¿Para qué sirven las cosas inútiles? ¿Por qué nos hace ricos la propiedad? ¿Por qué todo es vendible y negociable? ¿Dónde están las cosas sagradas? ¿Merece la pena luchar por algo? ¿Nos seguiremos dejando llevar por el sensual ritual del consumo? ¿Es rentable vivir en un mundo lleno de inseguridades? ¿Somos humanos? ¿Sirve de algo todo lo que hemos creado? ¿Tiene algún sentido encontrarle la razón de ser a la vida? ¿La tendría una vez encontrada?...

El lobo estepario como arquetipo

Toda especie humana tiene sus caracteres, sus sellos; cada una tiene sus virtudes y sus vicios, cada una su pecado mortal. A los caracteres del lobo estepario pertenecía el que era un hombre nocturno. La mañana era para él una mala parte del día, que le asustaba y que nunca le trajo nada agradable. Nunca estuvo verdaderamente contento en una mañana cualquiera de su vida, nunca hizo nada bueno en las horas antes del mediodía, nunca tuvo buenas ocurrencias ni pudo proporcionarse a sí mismo ni a los demás alegrías en esas horas. Sólo en el transcurso de la tarde se iba entonando y animando, y únicamente hacia la noche se mostraba, en sus buenos días, fecundo, activo y a veces fogoso y alegre. Nunca ha tenido hombre alguno una necesidad más profunda y apasionada de independencia que él. En su juventud, siendo todavía pobre y costándole trabajo ganarse el pan, prefería pasar hambre y andar con los vestidos rotos, si así salvaba un poco de independencia. No se vendió nunca por dinero ni por comodidades, nunca a mujeres ni a poderosos; más de cien veces tiró y apartó de sí lo que a los ojos de todo el mundo constituía sus excelencias y ventajas, para conservar en cambio su libertad. Ninguna idea le era más odiosa y horrible que la de tener que ejercer un cargo, someterse a una distribución del tiempo, obedecer a otros. Una oficina, una cancillería, un negociado eran cosas para él tan execrables como la muerte, y lo más terrible que pudo vivir en sueños fue la reclusión en un cuartel. A todas estas situaciones supo sustraerse, a veces mediante grandes sacrificios. En esto estaba su fortaleza y su virtud, aquí era inflexible e incorruptible, aquí era su carácter firme y rectilíneo. Pero a esta virtud estaban íntimamente ligados su sufrimiento y su destino.

El lobo estepario. Hermann Hesse. Alianza, Madrid, 2004, págs. 54-55.